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LA PEDRADA DEL CONDENAU

LA PEDRADA DEL CONDENAU

A las doce horas de un día jueves, Matías caminaba presuroso. Había resuelto no regresar a su casa. Evitaba amigos y vecinos, y huía internándose por el campo, entre árboles, cercos y pensamientos desesperados.

Matías creció rodeado por el cariño de su madre, abuela, tía, hermanos y primos, y de los insoportables “tíos” que llegaban a su casa y le decían: "¡hola, sobrino!", pasándole la mano por su pequeña cabeza. Su madre, con autoritaria voz, le exigía: "¡saluda a tu tío, so malcriau!". El “tío”, muy presto, le regalaba una moneda de medio sol, y Matías salía corriendo a comprar caramelitos de colores, de los que guardaba don Pancho en un botellón de vidrio.

Así había crecido, junto a sus primos, como crecían en número los “tíos”. Así también había aprendido muchas, pero muchas cosas. Por ejemplo, ya estaba enterado de que los visitantes cariñosos no eran sus “tíos”, y de que le decían "sobrino" y le entregaban propinas tan sólo para que se retirara de la casa donde vivía. Y si luego de devorar los caramelos se le ocurría volver, la orden era directa: "¡anda, ve a jugar con tus primos!", y todos salían corriendo, haciendo repicar sus risas y sus gritos inocentes.

A los doce años, sus amigos y él lo entendían todo. Cuando se molestaban entre ellos, los amigos lo insultaban, y él, bajando la cabeza, casi llorando, se retiraba del grupo, limpiándose de un tirón los mocos con la manga de su camisa.

Poco a poco a Matías se le abrieron los ojos, y de las preguntas pasó a las discusiones con la autora de sus días. Llegó algunas veces a correr a pedradas a los “tíos”, que de todos modos ingresaban a su casa, principalmente a altas horas de la noche, cuando ellos dormían.

En la escuelita del pueblo, la mañana de aquel jueves, el profesor Hermógenes había sido muy claro. Habló de enfermedades venéreas; habló de pobreza, habló de miseria, y a Matías se le aclararon las ideas cuando, atando cabos, se enteró de por qué el pueblo murmuraba cuando su madre y su tía fueron “invitadas” por las autoridades para que fuesen vacunadas. Matías llegó a su casa con cólera y vergüenza y, encarándoles lo que sabía, dejó la sopa de huevo que estaba servida y salió corriendo por el campo, perseguido por la voz de su madre que repetía y repetía en su cerebro:

–¡Yo te doy de tragar, so condenau; a mí no me vas a gritar!

Matías corrió lo más que pudo, hasta detenerse a la altura de un maizal. Se sentó sobre una gran piedra, cogiendo entre sus dedos su pequeña cabeza. Se sentía muy atribulado, y trataba de serenarse. De pronto se paró, alzó los brazos, y haciendo puño con las manos, rasgó el silencio mirando hacia el cielo:

–¿Por qué me castigas, Dios mío? Tú, que conoces la verdad, ¿por qué te ensañas conmigo? Dime, ¿por qué? –preguntó desafiante y desconcertado.

Los cerros le devolvieron sus palabras, y Matías caminó como un sonámbulo con dirección a la chacra de maíz que le presentó el destino. Sentía una sed de dragones. Se agachó con cuidado para pasar por entre los alambres de la cerca, cuando sorpresivamente una voz gritó: "¡alto!"

Era un peón guardián que apareció como un fantasma, entre el murmullo: "shalaj, shalaj", de las largas hojas de los maíces.

–¡Alto! –y saltó como un loco enfurecido sobre el indefenso muchacho. Lo atacó de manera vil, con puñetazos y patadas, sin escuchar los gritos ni las súplicas del niño.

No pasó más de una semana. Soportando un dolor intenso, que desgarraba sus entrañas como un puñal, murió Matías.

El pueblo lo sepultó, acongojado. Grandes y chicos estuvieron presentes y acompañaron el féretro hasta su última morada. Pero, a pesar del sufrimiento familiar que aún latía, los “tíos” siguieron desfilando por la casa de Matías.
Los vecinos juran que cerca de la casa se escuchan quejidos de dolor como los que causa una pedrada. ¿Serán las conciencias que pesan a los falsos “tíos”? ¿O será Matías que, con otro nombre, camina por este cuento como un eco interminable de la misma cantaleta?
José Luis Aliaga Pereyra


Texto de palujo agregado el 09-05-2008.
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