Voy caminando; suelo observar todo lo que a mi alrededor tengo, aunque claro, más de alguna cosa se me debe escapar, pues no tengo poderes extraordinarios ni cosas por el estilo, mas sigo caminando, y siento como el viento choca con mi piel, despeina mi liso cabello y hace que mis ojos lagrimeen un poco, pero tan solo fué el viento helado.
Continúo, observo mis pies y me doy cuenta de que mis zapatillas están algo sucias, sí, creo que debo lavarlas, en cuanto tenga ánimo, o sea en un tiempo muy lejano. Nuevamente levanto mi vista, y veo que se aproxima un sr. ciclista; me hago a un lado para no interrumpir su camino y sigo avanzando.
Miro hacia la calle y veo a un pobre perro tirado, reciente víctima de un pedazo de lata soportado por ruedas, conducido por un ser despistado. No me acerco, ya me basta con verlo allí, ensangrentado. Mi cara cambia su expresión, pero nada detiene mi paso.
Al llegar a la esquina, veo una flor amarilla, pisoteada por los transeuntes, y ahí me detengo; rápidamente llegan a mi mente imágenes tuyas, recuerdos de aquel paseo en la plaza, esa flor que cortaste para mí; claro! como olvidarlo... hermosos días de otoño!
Recojo la flor, la observo unos segundos. Quedo algo pensativa; la guardo en mi bolsillo, pues no quiero nuevamente, en mis caminatas, verla ahí tirada y recordar por qué hice eso con ella. Continúo mi camino; ahora sí que no me detendré. |