Estoy en el siglo M A. J.C. y emito ruidos guturales, junto a mi clan en la caverna,
por haber descubierto el fuego.
En el XIII a. J.C hago una reverencia
ante la reina Nefertiti,
esposa del gran faraón Ramsés II;
me mando a buscar,
desea saber detalles
sobre la técnica del embalsamamiento.
En el XII a. J.C observo desde las gradas
del palacio de los príncipes filisteos
cómo un muchacho guÍa de la mano a Sansón, ciego y con el pelo cortado,
hacia las columna centrales.
En el VII a. J.C. aconsejo al rey Nabucodonosor II, el que se dedica a fomentar el comercio y las artes en el Imperio Caldeo-babilónico.
En el V a. J.C. compruebo cómo la agricultura,
la artesanía, la industria, el comercio y el arte promueven el desarrollo
del puerto más importante del Mediterráneo, Atenas.
Estoy en el siglo III a. J.C. y culmino el trecho
que me ha tocado construir
de esta Gran Muralla china.
En el I d. J.C. grito entre la muchedumbre
para que Poncio Pilatos libere a Jesús
y no a Barrabás.
Aún en el I d.J.C., veo detrás de un gran muro cómo Roma se consume
mientras, en su aposento,
Neron tañe su lira.
En el VII d. J.C. subo por la escalinata central
que da acceso al templo
de la gran pirámide maya de Kukulkán,
en Chichén-Itzá.
En el XVI d. J.C. dirimo junto a los demás caciques, luego de haber emboscado
al conquistador Pedro de Valdivia en Tucapel.
Estoy en el siglo XX d. J.C.,
en este día de diciembre de 1997;
solo,
en esta pieza,
concluyendo este poema. |