LA ESCAPADA DE SAN ISIDRO / Cuento /
Eran las tres de la mañana y doña Bondad no podía dormir. Daba vueltas y más vueltas haciendo crujir su cama de estilo virreinal. Algo le impedía conciliar el sueño. Era como un llamado, una necesidad de alguien que esperaba por ella. ¿Quién podía necesitar de su bondad a esas horas de la madrugada? Su preocupación aumentaba. Ahora parecía como si la tomasen de la mano y le dijesen: ¡Bondad ven, vamos, acompáñame! Se vistió y abrigó envolviéndose con un pañolón grueso de color negro y salió.
Doña Bondad, a falta de párroco, era la encargada de hacer oficios varios en la iglesia y sus pasos la llevaron hasta el santuario. Ayudada con una linterna de mano, abrió el portón de ingreso y se dirigió al altar mayor: ¡estaba vacío! No lo podía creer. ¡Ella misma había cerrado con llave la iglesia y cambiado de traje al milagroso sembrador! ¿A quién se le ocurriría robar un santo? Buscó las cosas de valor que podrían ser objeto de hurto y todas se encontraban en su lugar. Era imposible que fuesen ladrones sacrílegos o gente poseída por el demonio. ¡Todo estaba en riguroso orden!
Luego de rezar, por un momento, continuó indagando: se detuvo ante las huellas de unos zapatitos bastante conocidos y, ¡para aumentar su sorpresa!, las huellas bajaban del altar y llegaban hasta la puerta de la iglesia. No salía de su asombro. ¿Qué dirían el pueblo y el señor Alcalde si les contara lo sucedido? ¿Qué opinarían los vecinos si sólo denunciara la pérdida de San Isidro? ¿Cómo la calificarían si les dijera que el milagroso había bajado del altar y se había retirado de la iglesia? ¿Acaso no la tildarían de loca? ¿Acaso no se reiría el pueblo entero de ella?
Nuevamente se arrodilló y rezó resignada. ¿Qué podía hacer? ¿Es que el santo la necesitaba? ¿Cuánto tiempo podía durar la escapada de San Isidro? ¿Cuántos días podría ocultar su desaparición? Todas estas preguntas pasaron en cuestión de segundos por su cerebro. Se decidió ir a buscarlo por todo el pueblo. ¿Por dónde empezar? Pensó en algún enfermo grave o en la gente humilde. Quizás el santo, compadecido, haya bajado del altar para dedicarse a realizar milagros y curaciones. O simplemente quería salir de la iglesia en una fecha que no sea la del mes de mayo. ¿Qué le diría al vecino al tocar su puerta? ¿No está San Isidro en tu casa? ¿No has visto a nuestro patrón, no lo encuentro en la iglesia? Caminó por todas las calles del pueblo sin hallar rastro. Quizás, se dijo, ya fue descubierto y se haya armado un alboroto. ¡Pero nada! Cansada ya, por Minopampa, observó una lucecita en la capilla de San Antonio y allá se encaminó cautelosa, para no ser descubierta. Por suerte, no había un alma ni por las calles, ni por el campo. Bordeando una especie de acequia, se acercó de puntillas a la puerta principal. Casi se desmaya al ver lo que sus ojos se negaban a creer: San Isidro y San Antonio se hallaban sentados, uno frente al otro dialogando como dos buenos amigos. Doña Bondad afinó los oídos.
– Tú debes solucionar eso, Isidro - recomendaba San Antonio -Tienes muchos fieles y tu fiesta se llena en el mes de mayo; te visitan y llegan desde muy lejos todos los años.
– No, hermano – contestaba San Isidro - no juzgues por la cantidad de gente. De los muchos que llegan, pocos son los que ingresan a la iglesia y, de estos, contados los que lo hacen con fe y desprendimiento. Tú no te imaginas, amigo, hay personas que ni en el momento en que elevan sus oraciones dejan de ser mezquinos y me piden favores que me siento tentado de rechazarlos. Hasta los regalos que me hacen, algunos lo dan como si me estarían pagando, para que después les devuelva con algún milagro.
–Un momento, mi querido Isidro – intervino San Antonio – No olvidemos que nosotros somos los milagrosos y que ellos son débiles humanos. Más puede el placer, la vanidad y el egoísmo. Son muy pocos los que sacrifican su vida por los demás. Quizás necesiten de algún escarmiento.
-Aunque mi función es la misma – explica San Antonio – las personas acuden a mí, por lo general, para amancebarse y no creas Isidro, hay muchas pecadoras y todas me piden lo mismo: Novios ricos. Hasta hay de las que tienen su novio rico y su novio pobre. Cuando se acercan a mi capilla, no pueden decidirse con quien ir y se confunden en rezos y ruegos, que me hacen sentir como tu. Comprendo las ganas que tienes de decirles su verdad y a veces hasta su futuro.
Doña Bondad estupefacta, al escuchar la conversación de los milagrosos, no quiso inmiscuirse más en ello, retornando complacida a su casa.
El puntual quiquiriquí del ajiseco, desde su gallinero, despertó sobresaltada a doña Bondad; quien luego de recorrer con la mirada, las paredes blancas de su cuarto, se preocupó en comprobar si todo era fruto de un fantástico sueño. Se calzó las pantuflas de cuero y se dirigió hacia un grande y viejo baúl forrado al cual abrió lentamente: doblado, junto a dos frazadas de algodón y con olor a naftalina, se encontraba el pañolón negro, sin señal de haber sido usado aquella agitada noche. Doña Bondad se colocó de rodillas y, cubriéndose con el pañolón el rostro, suspiró profundamente, pronunciando el nombre de San Isidro El Labrador Milagroso. |