SUEÑO DE RIMBAUD
I
Un tope oculto por la neblina y la maleza provoca que el autobús resople su fastidio, dos, tres veces; casi media docena de pujidos hasta retornar con resignación a la gravitación perfecta.
Al despertar, Jorge escucha la carrocería que sigue crujiendo como una nuez.
Algún pasajero se mece de un lado a otro, en su asiento. Las asas de piel, de plástico y sobre todo de henequén trenzado, chicotean su fragilidad a ambos lados del portaequipaje; animan a reacomodarse a un dichoso que ronca babeante al fondo, junto al letrero sin luz del “BAÑO”, en idéntica posición a la que seguramente lucía la primera vez que se cayó de un columpio, allá, en su lejana niñez.
Los demás permanecen.
Acostumbrado síndrome de volcamiento, señal inequívoca de haber llegado al paraíso; que provoca en la gente síntomas del obrero frustrado, al despertar cuando finaliza la jornada.
Las lámparas de la calle, en los suburbios, iluminan con desgano, semejando la vela complaciente, fastidiada, de un tomador empedernido.
El ambiente del trópico se siente a través del cristal del autobús, producto de un sin fin de exhalaciones de toda clase y magnitud, desfogadas durante las ocho horas de viaje, cruzando la majestuosa sierra; lo mismo en el andar borracho, taciturno de algún perro o el enjambre de insectos, al revolotear cada faro del vehículo; que parecen, por su parte, el menú hollywoodesco para las aves nocturnas al asecho. Entre el nocturnal de jardines, plazuelas que al fin rescatan la avenida, la entraña de la ciudad; escondiendo sorpresas más allá de los arbustos.
Cuando al fin recuerda la razón por la cual se encuentra en tal circunstancia, Jorge quiere estirarse para descansar del largo viaje; pero lo estrecho de su asiento se lo impide. La falta de aire acondicionado lo descubre en tapiz de sudor, del pecho hasta la nuca.
La palanca de velocidades quema al tacto, como el ventilador portátil que se detiene automático cuando el chofer apaga ¡al fin! el motor, después de aflojarse su corbata café, abrir la puerta de semejante armatoste: gente sencilla, feliz de estar de nuevo en casa, desfila automática sus quimeras por el andén; sin perder, a pesar de la fatiga, esa alegría contagiosa del costeño.
Finalmente Jorge también se levanta de su lugar –el último de la fila, por supuesto–, siente un confortable alivio al despegarse la camisa de la espalda dolorida; dejando atrás ese ronco resoplido que se pierde para siempre a la distancia, al lado del “BAÑO”.
Es casi medianoche.
Hay lugares donde, a la medianoche, la aventura no puede fraguar siquiera el esbozo de un plan; mucho menos necesita de una guía turística o cosas por el estilo.
La aventura es una de las pocas alternativas que la vida moderna le obsequia aún al hombre para seguir siendo genuino ante sí mismo; encontrar una verdadera razón de ser; independientemente de su circunstancia.
Pero cuando la aventura es la acompañante de un aventurero nato, toda improvisación suele resultar un simple paseo de tórtolos, escondiendo su pasión en la sombra de un parque plagado de coralillos.
Jorge –como siempre despreocupado– deambuló durante un buen rato por el corredor en penumbra de la central de autobuses; que sirve, como cada rincón de toda central de autobuses por la noche, de acogedora alcoba compartida a señoras e indigentes; también uno que otro hipersensible, amante, niños-adultos y hasta artesanos que carecen del dinero para pagar un techo sin pared; lejos de pelear entre sí, suelen aburrirse pronto unos de otros, respetando la intimidad de su propio infierno.
Más tarde, cerca de la una de la mañana, desilusionado de no encontrar algo a la altura de su expectativa, sus tenis rotos se animaron por los alrededores, en línea recta, aunque no había estado nunca antes en esta ciudad tórrida de peregrinos, de tanto ingenuo encaminado por un guía, ávidos de conocer la mentira más relevante, en el menor tiempo posible, de la historia de este puerto.
A pesar de reconocer perfiles y algún olor que lo inquieta, que le indica el peligro potencial en el que ahora se encuentra, decide terminar de comerse, con parsimonia, el tercero de tres tacos de trompo en un restaurante portátil para perros –los que mejor acostumbran comer son ellos, al caerse del plato el manjar del cliente borracho–, en el cual suele acercarse, de vez en cuando, un ser humano con su mochila embarrada en la columna torcida.
Su deambular se prolonga por el tiempo necesario para sentirse nuevo en casa, una vez más. La madrugada es suya.
¡Bendito sea ese olor que todo lo impregna sin incitar a nada, más allá de una sensación!
Así, al dar vuelta al azar en una esquina cualquiera, el hallazgo es portentoso. Dominando el nerviosismo, su ansiedad lo lleva al límite:
–... ¿Te sirven doscientos pesos?
Ese aliento y hedor axilar besan al instante la nariz –respetando hasta donde le es posible la caricia de los oídos– de una hembra altiva de ojos grandes, cual definitiva puede ser una verdad. Su sencilla elegancia, rematada por el peinado casual de un ayer que se ha esfumado, combina con la discreción propia de los seres elegidos, evitando a toda costa la provocación fantasmal. Parece esperar otro milagro cotidiano en el borde de la banqueta desgastada, que asoma cada piedra lisa de tanto punzante taconeo de décadas; otrora perfecta pista de baile callejera, en tiempos de Agustín Lara.
Al girar sobre los elevados tacones de aguja de sus zapatillas, brillantes de negro, como su seductiva mirada –ella había advertido la presencia de Jorge, quizás mucho antes de que él se animara a subir al autobús–, la mujer le demuestra al intruso que sabe equilibrar, como profesional que es, además del desnivel montañoso de la banqueta, toda situación que se le antoje incómoda, en cualquier momento; caprichosa de soledad en sus pupilas; habituada a la emanación de cada alcantarilla, con cierto tufo a tiburones descompuestos; deseando depositarla en la del tipo con el rostro somnoliento; como limosna otorgada al desconocido afortunado, que luce su camisa a cuadros afuera del pantalón de mezclilla; envidia de cualquier gringo, en extravío al fin, de este Mundo Real.
Una luz tenue brota desde un interior, de lo que de reojo le parece a Jorge una vieja casona de un sólo nivel. Y no puede arrancarse, a primer vistazo, ese modo de mirar, que no es frío, calculador ni mucho menos; a pesar de la edad de la fémina; más bien el reflejo de algo que realmente amenaza... ¿el orgullo?
–¿Es todo lo que tienes? –responde ella al fin, con su voz perfecta acariciante, como quien desea completar el precio de una cena excéntrica; con las uñas platinadas apresando su firme cadera, voluptuosa burla de la menopausia; escondida a la vista bajo el talle de su vestido esmeralda destellante, que apenas le muestran al forastero desconcertado unas rodillas de ensueño, desnudas; manifiesta confesión en un tacto idealizado de las garras de un felino en sus senos insinuantes.
La noche es tibia desde hace un milenio; el barrio inquieto desde hace dos horas. Incautos y alguna espléndida ganga negocian más allá, a través de la clave titubeante de las luces de un triste Falcon de medio siglo; un flamante Cadillac negro dispuesto a arrasar con lo mejor de la cosecha; así como el amoroso taxista, camuflado bajo alguna lámpara rota, ofreciendo, con el tímido voceo del claxon, su servicio al servil proletariado peatonal, a cualquier precio del área metropolitana habilitada.
En la cuadra ellos dos; entre puertas y umbrales de humedad; muros escarapelándose por la brisa que vela el murmullo citadino, distante de los juniors sin ley y sin madre; así como la fauna completa descendiendo su líbido desde los montes. Murmullo espeso, entrecortado por el estruendo de alguna canción hueca, que se acerca grosera por la calle aledaña, en la sincronía del semáforo en ámbar complaciente; neumáticos de alarido en los automóviles de los “mojados”, en busca de más humedad.
Al rescatar sus propios restos en el rugir de la noche, la voz de un barco cansado en alguna parte, a media voz, imita espesa melancolía de un exquisito sax extranjero, derrotado al encallar.
–Créeme que te mereces mucho más de lo que te ofrezco –le dice Jorge con su voz confidencial de aguardiente; evadiendo la silueta femenina hacia el infinito de la calle-. Perdóname, sólo tengo doscientos para ti.
–Pasa –le ordena delicada, ante la sorpresa de Jorge, la mujer madura, con un ligero ademán de su cabeza; y ese acento clásico de quien se fue y regresó; sin perder de vista la figura turbada del cliente.
–Voy a ser sincero contigo –luego de dar unos pasos, titubeante, en el interior de la casa; sin atreverse a verla–, la verdad es que también necesito un lugar para pasar la noche... ¿podría?
–¡Esto no es hotel, cariño! –al tiempo que la pequeña puerta de madera se cierra, prepotente tras los pasos de la reina.
A pesar de que todo lo que ahora observa comienza a cautivarlo, Jorge hace un tímido esfuerzo por buscarla: ese gesto, pese al tono severo de su voz endurecida, encierra cierta finura que lo cautiva.
–¿Están bien cien pesos más?
–¡Eres un...! –enfrenta el cinismo de los accidentes acostumbrados; al matizar su poder con el análisis de cada movimiento, cada uno de los sonidos que Jorge vierte en ella; para ver hasta dónde llega su atrevimiento.
–Malo no eres; pero te falta mucho tacto para tratar a una dama –le sonríe, más confiada, mientras lo recorre de pies a cabeza-. Tal vez se deba al viaje, no te preocupes...
“Tu capricho no te va a costar cien pesos, eso ni soñando. Dame cuatrocientos y no discutas. ¡Y métete al baño –suena su canto irrevocable, evitando a toda costa que escape el pez–, antes de que te corra definitivamente!”
Jorge se siente ingenuo al jugar a las finanzas ante una experta en estos menesteres; sin tener tiempo de pensar en la clase de padrote –¿acaso el cónsul de Inglaterra en el puerto?– que tal fémina podría tener. Reconociendo su derrota, sin asimilar su suerte, paga lo convenido.
Accede a la invitación de la mujer, quien abre otra pequeña puerta de mustia madera cobriza, en el confín de la gran habitación; al igual que la maestra que le da la bienvenida al alumno a su aula. Así, Jorge se sumerge en la tibia oscuridad de un pequeño patio trasero, hasta sentir, tomado de la mano de ella, el apagador de un baño.
Al quedar solo en ese pequeño rectángulo de un metro por tres de largo, se percata poco a poco del abandono de las instalaciones; el lavabo es acaso la imaginación expandida en una toma clausurada en la pared; seguramente el resto de una paradisíaca fuente de deseos durante décadas de exceso; tomando en cuenta el azulejo primoroso de intangible, liso y pardo; limpio de sarro, eso sí, a pesar de cierta huella del cincel y el martillo.
Cuántas buenas razones habrán arrancado el botiquín, el porta jabón y hasta la ventana; asomándose Jorge, a través del gran hueco oval, hacia la oscuridad dantesca en casuchas silentes, que lo ponen a reflexionar en una de las frases de su elegida: ¿Tal vez se deba al viaje?
El canto bonachón y taciturno de los sapos, allá afuera, lo invitan al fin a relajarse.
Al menos encuentra el porta toallas, y sobre él una toalla de medio cuerpo, blanquísima, perfectamente doblada a la derecha apenas del apagador coqueto, junto a la fantasmal puerta de lámina.
Se deja envolver por su tersura; sin saber si lo que se sigue secando es el agua que le escurre o el interminable sudor que sin tregua inunda a cada intento su cuerpo delgado a treinta grados, sintiendo una terrible sed; intrigado del pasmoso silencio que desaparece de sus oídos al hacer varios buches con un enjuague bucal que halla milagroso en el suelo, bajo el escusado, al lado de un Ajax y una piedra pómex, envuelta en un trozo de jerga gastada.
A falta de algún vaso, convierte sus manos en una pequeña vasija que recibe un chorrito de la regadera. Al sentir el frescor de su boca se decide a darle la bienvenida a medio litro del líquido vital dentro de su cuerpo.
Otra vez esa singular quietud; más allá de la ventana; allende la puerta del baño. Definitivamente la tormenta se aproxima. ¿O es la calma posterior al huracán?
II
Lo perpetuo, al principio, suele traducirse en un capricho. Un sueño, develado como capricho sin descifrar, despierta el sentido tan deseado en nuestras vidas.
Jorge ya no observa; ahora lo admira todo a su antojo, estirándose a sus anchas, bajo el mimo, el consuelo de mil manos y una mirada femenina; se emociona ante una pecera enorme, repleta de seres fantasiosos en colorido y combinación de aletas en solemne abanico, que parecen flotar en un aire transparente de burbujas que ascienden en armonía.
Por otro lado, tortugas tan pequeñas que una mano de niña podría capturar alguna en un verde que fascina; maculado por rendijas oculares, que señalan con tino y agudeza a un par de zancudos patinando su descaro, sobre el agua ondulante que las envuelve.
También hay renacuajos, son de un tono en negro que inquieta, a días de la gran mutación; a punto de saltar de otra pecera redonda. ¡Y más peceras!
Ella lo sigue consintiendo sin halago; observa curiosa sus facciones de niño enojado, con la barba cerrada que asoma al tacto.
Jorge se deja arrullar por la entonación, que incluso parece tarareo, de una lagartija transparente, obsequio a quien quiera escucharla; descansando su faena noctámbula sobre uno de los dibujos en papel amarillento de nicotina, en la cal de la pared, al costado de la cama placentera; hechos por ella “hace muchas vidas, más allá del océano”: le fue contando a su invitado, entre el lirismo de su verdad en falacias maternales; mientras él observaba intrigado los orificios en la esquina de cada una de las hojas, alrededor de cada tachuela clavada.
El espejo rectangular que hace de cabecera, en una pared de intemporales emplastos, le muestra su propia desnudez ante el desgano post-sexual. No tiene la menor intención de volver a provocarla, no por inapetencia o fastidio, acaso por una galantería seudo intelectual que deja atrás lo supuestamente frívolo; a pesar del manjar que lo acompaña.
La misma expresión absorta de Jorge, indiferente de su misoginismo no advertido, al encontrarse consigo mismo, al igual que cada mañana, en compañía de alguien, frente al pequeño espejo opaco de su propio baño. El mismo baño, el mismo departamento en el eterno edificio cansado de sus desvelos; la mayoría en soledad; alguno que otro compartido en vértigos con sabor a esa vana promesa de amor eterno; entre tazas de café soluble, mezclado con ron barato y el MTV, que a menudo le hace dudar entre una moderna tesis del sadomasoquismo o acaso una nueva versión de la sensibilidad en las adolescentes actuales.
Es el mismo Jorge de treinta y casi de años; que sin pensarlo mucho, se atreviera a tomar la decisión más importante de su vida, en los últimos seis meses, hace menos de veinticuatro horas: mandar al infierno la responsabilidad de un empleado a punto de la frustración, a cambio de pasar un albur de fin de semana, lejos del porvenir, a costa de su patrimonio.
No le interesa que al regresar a casa, su orgullo tenga que sobrellevar de nueva cuenta la neurosis de esa caricatura de Mussolini, que hace las veces de su patrón.
La verdad, su orgullo se ha convertido, a fuerza de conocer a tantos Mussolinis –y uno que otro proyecto de Anaís Nin, dicho sea de paso–, en una especie de lealtad silenciosa para sí; incapaz de experimentar la humillación; ¿pasmo de la catarsis o arrullo de un dócil sublime?
Ha aprendido, o al menos eso sospecha, que los caminos que se conocen hasta el final nos muestran que no se ha llegado a ninguna meta de trascendencia.
La aventura resulta la mejor de las amantes; al principio se le busca; con el paso del tiempo, estará incondicional a la vuelta de la esquina, hechos el uno para el otro, reconocidos como imprescindibles; como imprescindible nunca será para él ninguna pareja.
–¿Cuántas solicitudes de empleo habrás llenado en toda tu vida? –le pregunta la mujer con sonrisa de atrevida Monna Lisa, intentando enredar en su dedo un pelo que se yergue varios centímetros afuera de la oreja de Jorge.
–No tengo idea. Muchas. ¡Muchísimas! Créeme que es un arte hacerlo, sin que nadie note un sólo dato falso; aun después de las interminables entrevistas e interrogatorios.
–¡Por Dios!, esto significa que puedes convertirte en un verdadero artista.
–¡No te burles!
–¡Te lo digo en serio! –le dice ella–, deberías dar clases al respecto. Al menos así dejarás de soportar a un “maldito jefe cada mañana”. Y no volver a usar esas corbatas, que tanto dices odiar.
–¡Y al fin se callarían todos para siempre! –afirma Jorge, en verdad irritado, al dirigir su grito hasta el par de estereos imbéciles mezclando redobas sin talento, entre chocar de botellas y alguna discusión alcoholizada, que se escucha más allá del muro en el que mantiene fijo su mirar. Descubriendo, al mismo tiempo, en la esquina de la pared, un bote pequeño con alimento para peces; así como la tapadera de un frasco, repleta de lo que a la distancia le parecen moscas muertas con tonalidades en verde metálico, de las conocidas como panteoneras.
–¿Por qué no usas el cabello largo –intenta animarlo un poco, observando entretenida una gota del sudor que resbala de su nuca húmeda–, como todo un rebelde?
–La rebeldía nada tiene que ver con la imagen ante los demás, y tú lo sabes.
–No quiero verte convertido algún día en un simple convencionalista, calvo y con panza de burócrata.
–¿Me imaginas así?
La mujer ríe, quizás al recordar los primeros días de su oficio; equilibrando, con la yema de su meñique derecho, esa gota traspirada, liberándolo de una tormentosa comezón.
–Acabas de hacer por mí más de lo que te imaginas –suspira libertad; invitado impostergable a los juegos que en el fondo tanto desea.
En la esquina opuesta, a diez largos metros de la cama, sobresale por su soledad un enorme refrigerador antiguo de color blanco, de esos que sabían lucir la curva deliciosa en borde brillante, de la época romántica de la mercadotecnia –si es que existió esa época–; así como mesas de lámina con libros sobre ellas, enmarcando de cierta forma el surrealismo de cada mancha en los dibujos en la pared; los cuales parecen cobrar vida cuando el mecanismo del viejo refrigerador quisiera elevar, con síndrome de helicóptero, cada uno de esos viajes.
Los borrachos, allá afuera, se han largado a otra parte.
Jorge se da cuenta, hasta ahora se da cuenta, que es un amplio cuarto con techo de vigas; la polilla las ha preparado, luego de medio siglo, para un pincel seco en insuperable naturaleza intensa; en cada rincón abundan restos ondulantes de telarañas colgando sin tiempo, que sólo un gigante o una gran escalera, o un gran mentecato lograrían bajar. Todo iluminado apenas por ese foco cochambroso, sostenido de un espiral de alambres en matiz carmesí-abandono; desde donde parece colgar un telón preparado por generaciones de arañas, mostrando la escena de la obra.
Los zancudos ya no se ven revolotear el foco como frenéticos satélites de un planeta en decadencia; ni surfean en la pecera de las tortugas; no buscan ya la luz de la única lámpara de la calle, que alumbra parsimoniosa los cuatro cristales grises de polvo de la única ventana sin cortinaje, al pie de la cama; la cual es adornada por un jardín de grandes mosaicos en azul y amarillo marchito, que parecen hacer horizonte ante el vacío de la mayor parte del gran cuarto –¿la mayor parte de la casa?–; resucitando un ligero eco que rebota una vida, una vez a cada paso, en la muda muralla.
Al retornar del baño, Jorge se muestra pleno. Ha extraviado el aturdimiento hermético de los ciudadanos en toda gran urbe.
Ella reinicia la sesión de masajes en la espalda, en las piernas, provocándole que suene alguna vértebra.
Jorge le cuenta –viéndose de frente en el espejo incrustado en la pared, al tiempo que saca por la boca su mala vibra– la desesperación que suele sentir, cada seis meses en promedio, cuando un diálogo de esquizofrenia se confunde con el soliloquio más angustiante, en medio de alguna horrenda sala de espera, tan fría como atiborrada de aspirantes a conseguir un nuevo empleo –“una nueva esclavitud”, afirma Jorge.
–Si preparara un currículum con los trabajos que he tenido durante mi vida –sigue–, créeme que resultaría más versátil que el del Presidente de la República.
–¡Mmm!... y eso que la Primera Dama no conoce mi historia; al menos tan bien como tú; a pesar de que yo podría haber sido tu madre.
Risa de locos amantes chocan al fin en toda dirección, enroscándose su desafío en un mismo grito.
–¡No me hubiera gustado tener una madre de catorce años! –explota su corta carcajada–. El momento que en verdad detesto en el trabajo –prosigue, modificando el tono de su voz– es la tragedia matutina del chequeo de tarjetas. No importa si el reloj es mecánico o electrónico; o si hay que anotarse en ese enorme cuaderno de pasta gruesa, uno tras otro, como si se tratara de celebridades, declarando ser el mejor actor que han aprendido a convivir con semejantes extraños durante la semana, ocho horas al día. Se pelean por confirmar su existencia un segundo antes de lo permitido; compran su pase automático, para regresar al hogar en medio de la guerra.
–En la trinchera se hace lo posible por sobrevivir, cariño. Y un chico como tú, que prefiere a esta mujer madura –masajea los hombros suaves de Jorge–, mucho debe saber de trincheras.
–Creo que mucho sé. Mucho comprendo... ¡No sé de qué!
Ella sigue complaciéndolo, encantada.
A través del espejo, Jorge descubre otra pecera, en cuyo interior nadan en perfecta sincronía unas cinco o seis bombillas brillantes, algo así como focos con trazo de plata, sin chocar entre sí ni con el cristal; inundado el contorno de un multicolor maravilloso.
–¿Quién eres? –le pregunta finalmente, intrigado, al voltear a ver a su hembra; desnudos sobre la cama.
–Eso no te interesa –responde ella, seca. Interrumpe el masaje, evade su presencia.
–¿Has leído todos esos libros? –Jorge señala hacia las mesas.
La mujer ignora la pregunta; fija ahora sus ojos sublimes en el mirar intrigado de Jorge. El ventilador de pedestal, al pie de la cama, refresca su rostro apenas con un zumbido eléctrico: cabello largo, quebrado, en un negro que juega con el aire fresco que en corto intervalo lanza el aparato oscilatorio sobre ambos; contrastante con la piel tan blanca de suave, implacable; perfecta incongruencia de la costa mulata-morena; dispuesta al sexo en un roce de morbo. Anhelante de un hombre de una sola palabra.
En el fondo reconoce que también se siente liberada, un poco, desde hace tanto tiempo, de uno que otro de sus intemporales infiernos.
–¿Qué haces aquí? –insiste Jorge, emocionado, ingenuo; dándose cuenta de que el huracán pasó mucho antes de que sus tenis se sumergieran en este desembarcadero; tan sólo desea evitar que ella siga navegando por otra opción del Infra-mundo–. A primera vista –sigue– se te nota el porte. Tu personalidad. Digamos que la demuestras al verme a los ojos.
–Ésa es la razón por la que te permito pasar esta noche conmigo –responde, con el ánimo de una anciana, al fin comprendida, animosa al ceder–. ¡Tú has visto mis ojos!
Su sonriente ternura esquiva el cuestionamiento; brinca del colchón, hasta saludar al querido refrigerador. Al seguirla con la mirada, Jorge confirma que la exquisita sensibilidad de su cuerpo magnífico sería la envidia de mujeres a las que tal vez les doblaría la edad, en la asfixia de un pantano de manipulación, cuyo único fin es avejentarlas lo más pronto posible, para que la nueva descendencia consuma un año antes que ellas.
Toma una solitaria manzana, grande y roja del interior casi frío, desolado; excepto por un paquete de cartón que contiene un trago de leche y una lata violada hasta su base; cerrando la puerta con delicadeza –con respeto, podría ser–; al reverenciar esa mecánica voz ronca del aparato, traducida en paternalismo, quizás.
Regresa a la cama.
–Estoy aquí porque quiero –responde tardíamente a la pregunta sin el menor enfado–; eso es todo.
Jorge sigue escuchando su argumento; al tiempo que hojea, desnudo de culpa, algún libro sobre las mesas; tan viejos que contienen anotaciones en preciosa letra antigua, color sepia, en un idioma desconocido por él; con ese olor a viejo que fascina los sentidos; uno que otro más conservado, a tal punto que su pasta apenas se mantiene del hilo al abrirlo. La numeración se interrumpe a menudo por un arbitrario arranque de hojas; descubriendo que la mayoría son ediciones en pasta dura, en inglés y francés, de al menos sesenta años de antigüedad.
Extraviado ante tanta opinión escrita sobre los autores; mismas que parecen pertenecer a una sola mano; reconociendo únicamente el nombre de Antonin Artaud, Arthur Rimbaud, entre alguno de oídas; acepta que nada sabe de la verdadera desesperación, del exceso en límite o el hecho de inspirarse, producto del sufrimiento auto flagelante; como consecuencia de todo esto, debates en potencia que decide evadir. Su mente se bloquea:
–¡No me digas que...!
–¡Hey! ¡Qué te pasa! ¿Acaso nunca habías conocido a una mujer que amara a los poetas malditos? –con cierto aire de fastidio en su voz; sin atinar Jorge a interpretar su celo; tal vez por el hecho de estar violando ese tesoro.
–Tú has venido a conocer el puerto –le dice ella–; yo hablo uno que otro idioma. ¿Te das cuenta? Es lo mismo –baja los párpados por uno instante; mastica con la calma de una yegua la jugosa manzana que sostiene su mano desganada–; es la maldita misma cosa, muchacho. No hay diferencia.
Después de un rato de mutismo, se anima a abrir un poco más el ataúd:
–Te has ganado mi confianza, hijo, así que te voy a confesar algo... No sé si me creas, pero un día, un buen día, me convertí en dueña de mi propia vitrina en Amsterdam.
Jorge cree comprender a lo que se refiere:
–Y... bueno... ¿qué sucedió?
La mujer medita su respuesta.
–Creo que sabes perfectamente que aquí, es peligroso intentar ser o hacer ciertas cosas –hace una pausa–. Me fui buscando... ¡buscado tanto! Tú apenas estarías destetándote de tu madre.
“Digamos que allá tuve mucha suerte, y también muy mala fortuna. No preguntes más, por favor. A nadie le he contado esto; ni siquiera a...”
La falta del eco necesario para pronunciar esa última palabra, la obligan a cavilar un instante. Reanuda su confesión:
–No me doy por vencida fácil. En tres meses pienso embarcarme a Europa; cuando llegue mi tiempo. Tengo aún buen cartel; y sobre todo, un excelente plan a futuro. Pero cuando el momento se acerque, sentiré, como siempre, que me deportan, a pesar de que nadie note mi partida.
Al fin lo sentencia todo.
–¿Quieres escuchar algo gracioso? –tira los restos de su manzana sobre el limpio mosaico florido, con un movimiento sobrado de su muñeca; sin renunciar a ese acento mundano mundial– Tú y yo somos paisanos, muchacho –sonríe descarada; busca el cenicero entre la sábana, para apagar otro cigarro. Plena madrota.
Ya no es posible seguir guardando el secreto.
–Nadie ha entrado a esta casa en cinco años, sólo tú y yo. Nadie volverá a entrar nunca en ella.
Jorge siente el deseo de... bueno, tal vez pedirle su autógrafo o algo semejante; actitud propia de un pusilánime más, moldeado en un rincón civilizador, más que civilizado:
–¿Acaso no ves televisión? No tienes aquí al menos un radio de transistores...
Levantando sus párpados de hierba, hacia la fronda naturaleza del techo, la mujer le responde:
–¿Crees que necesitamos esa clase de cosas?
Falta poco para las cinco de la mañana. El silencio se resigna ante la pareja.
Ella vuelve a sonreírle con rara ternura, diferente a la de hace un par de horas. Sabe que Jorge, a pesar de todo, no se merece una fría despedida.
–Me simpatizas, de verdad me simpatizas –lo besa con sus pestañas de medusa, como sólo sus peceras podrían imitarla–; ésta es la única razón por la que sigues aquí. Ahora –le dice, convirtiendo el agua de las peceras en el fango acumulado en su propia historia por cientos de impíos–, lo mejor es que nunca me vuelvas a tocar... –sus ojos se enlazan, en un lejano afán de ella por no tener que encontrarlo de nuevo; al tiempo que le da la espalda, sobre la cama– Éste no es mi lugar de trabajo, por decirlo así. Lo que pasa es que a veces me gusta tener un capricho con mis elegidos; y bueno, si así te puedo hacer sentir mejor, ha sido una agradable sorpresa haberme reencontrado contigo –Jorge no entiende lo que ella intenta decirle. No tiene otro remedio que dejarla seguir–. Digamos que esto que ves es mi casa; mi casa de paso; mi casa del pasado. Otro hospedaje, entre todos los que tengo y que seguramente tendré por delante en más de un lugar, siempre lista para ser estrenada, para olvidarse. Esa ha sido mi existencia; la de cualquier persona –al afirmarlo se complace a sí misma riendo simulada, igual que una tonta soberana–. El día que no me mude de todo, ese día seré una vieja. Vieja como esta casa en la que crecimos juntos. Y ese día, ese día me moriré. Nada más fácil, ¿no crees?
“Los lugares donde laboro no tienen nada que ver contigo ni conmigo. El dinero que me diste te hubiera servido para la propina. Y si quieres una explicación más sencilla –levanta su voz grande, al igual que la terrible mirada–, no regresé a mi país para que cualquier imbécil me abofeteara las nalgas todas las noches.
La paz se atrinchera cuando la mujer empieza a vestirse, abriendo la puerta exquisita, labrada en cedro, de un antiguo mueble pequeño, repleto de prendas finas –la propia delicadeza del armario permanecía discreta desde un inicio, casi invisible por su especial finura, en la esquina opuesta al refrigerador, a unos pasos invisibles de la puerta que da al patio–; cuelga sin prisa el ramaje esmeralda, en uno gancho de discreto brillo caoba.
Finalmente, sin la premura de un cuarto de hora desapercibido, logra una imagen de categoría convencional: maquillaje discreto, modelado, ante el anverso absoluto de la vanidad de una Blanca Nieves del siglo veintiuno; invitando, a la vez, a la mejor de las extravagancias; conjugación perfecta de expresión soberbia; rematada por otro toque casual en su cabellera intacta. Asoma libre el escote, hasta los hombros y la espalda idealizada en ese extraño vestido largo, blanco, veraniego hasta sus tobillos.
–¡Y tú no dormiste, grandísimo tonto! –le dice a Jorge en son de burla, pasando a su lado, al terminar de recoger su ropa íntima del suelo, al pie de la cama; revuelve todavía más el pelo corto de quien ya parece una consumada versión tristemente mundana de El Pensador.
Jorge quisiera decirle todo con sus ojeras habituales a esta clase de tormento. Todo lo que hace es vestirse de prisa; posterior a un rápido chapuzón de agua tibia; sabe que no podrá perder nunca esta madrugada.
–Ojalá me pudiera quedar contigo unos días... –le confiesa con su cabello escurrido; al tiempo que saca de su mochila una camisa limpia, arrugada que da pena.
–¡No me digas esas cosas, por favor! No provoques que cambie mi impresión sobre ti.
La mujer sabe que llegó el momento:
–No quiero parecer desatenta contigo, pero ya debes marcharte.
–Claro... disculpa mi torpeza –se levanta del colchón, como una estatua de carne en busca de su mochila.
–¡Por Dios! ¡No te disculpes! –su voz se ha quebrado, de frente al abismo de recuerdos y promesas en madera exquisita de otro mundo.
Con el chacoteo de sus sandalias de plástico, camina desganada hasta la cama, avienta furiosa al suelo sus lágrimas, la sábana, la almohada, el cenicero repleto, hasta encontrar al fin el billete de doscientos pesos, el de cien y los de cincuenta –tan arrugados como los demás–. Esa poderosa figura de papel recupera en lo posible la simetría entre sus manos impecables; depositándolos, como Cenicienta al cuarto para las doce, y la ternura insufrible de sus pupilas brillantes, en la mano derecha de Jorge:
–No me digas nada. Simplemente vete, por favor.
La vieja puerta de madera se cierra despacio, por fuera, para siempre; resuena el seguro de la chapa en un eco distante, sin retorno.
Un helicóptero se aleja entre la selva, invitando al vuelo a más de una hoja marchita, al pie de un caoba imponente.
El canto de los sapos y la marea no se escuchan en esta mañana de julio; en esta ciudad extraña que despierta en trivial domingo; sin importarle a Jorge voltear a su derecha, al llegar a la primera esquina, para encontrarse con el gran muelle. Se muere de ganas por regresar ciego sobre sus pasos; pero bien sabe que de intentarlo, el sueño desaparecería.
Espera por un taxista desvelado, en el infinito apacible de la calle angosta; lejos al fin del último pataleo de un estereo, sobreviviente a otra burda borrachera. –Los semáforos han recobrado su egoísmo.
Cerca de ahí, en las bodegas del muelle, un artista solitario llena sus pulmones de brisa, de luz; retoma ese sax, entre el salitre y la verdadera bohemia, que apenas fragua el fin; despertando dulcemente a parejas que se preparan a iniciar otro día de caliente ocio en la costa; sin sospechar que horas más tarde, cualquiera podrá toparse accidentalmente con ella; con los secretos de su propio cónyuge.
¡Cómo hacerles entender a esos necios que a su hijo lo guardará siempre en el corazón de un antiguo poeta francés!
Otro milagro está a punto de suceder en el centro de aquella pista de baile callejera. Los tiburones siguen durmiendo en el fondo del océano.
Un andariego se aleja calle abajo, con la hedionda mochila colgante en su espalda de ave; al tiempo que un flamante Cadillac negro se estaciona frente al Hogar.
La puerta trasera del auto se abre, invita a la mujer más bella del puerto a que selle, con sus lágrimas, la Casa de los Peces; un alarido invisible implora por sus hijos.
Esta casa de agua no puede ser el hogar de un ave; a menos que el viento le otorgase la destreza para volar; hasta que ella, el agua, lograra humedecer las piedras, con un salvaje trazo esmeralda.
III
Después de dormir catorce horas sin el menor esfuerzo, para luego darse una ducha helada; llenar tres solicitudes de empleo, ofrecerle un cielo sin estrellas al casero y desahogar su diarrea como un trompo, Jorge decide salir a la calle en busca de su patrimonio.
Al menos esa es su intención; el sujeto que se prepara a entrevistarlo no deja de picar sus encías con un mondadientes, ni de espantarse una aguerrida mosca negra del rostro; haciéndole creer a Jorge que lo ignora.
Parecía que la fila se negaba a avanzar, desde la banqueta, hasta el tercer piso del edificio, a las diez de la mañana. No recuerda si estuvo formado dos horas; acaso el doble. Realmente no puede precisarlo.
A lo largo de la inhumana espera, se puso a reflexionar que ha llenado más veces solicitudes de empleo que a su propio estómago, en los últimos tres meses: “Definitivamente es un arte hacerlo sin que nadie advierta un robo por hambre”, piensa.
“¿Seré un artista?... Debería dar clases al respecto... Al menos me alcanzaría para desayunar... ¡Esta corbata!”
Terminada la entrevista, el interrogador se levanta complacido de un gran sillón –¿de su trono?–; bordea con su tremendo abdomen la espeluznante asimetría del escritorio. Abre la puerta de la oficina; improvisa un grito dirigido a los ingenuos que esperan turno:
–¡Se podrían callar todos un momento!
Definitivamente en esta empresa no existe el anarquismo; el silencio es sepulcral.
El asno, al lado de la puerta, le sonríe satisfecho a Jorge; después de guardar un billete arrugado en la bolsa de su pantalón de vestir; le da un fuerte apretón de manos, diciéndole en voz muy baja –evidenciando el pésimo sazón del pollo frito que acaba de tragarse:
–Mucho gusto en conocerlo, don Jorge. Lo espero mañana a las nueve (¡en punto, por favor!), para presentarlo con su jefe inmediato.
Jorge siente vértigo dentro del elevador que desciende como bala, hasta los cimientos de la verdadera selva, a las tres y tantos de la tarde.
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