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Inicio / Cuenteros Locales / josef / Tan Dulce como Clara.

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Hacía un frío atroz; el cielo, encapotado, presentaba un matiz caliginoso que semejaba la panza de un contrahecho cetáceo. Como estiletes, de las marquesinas de los edificios pendían afilados témpanos que de un limpio y fugaz estoque amenazaban con hender los cráneos de los transeúntes. Debía hacer al menos diez bajo cero, estimó Jorge Vega, mientras a paso apresurado se dirigía a impartir su clase semanal de Narrativa, sin olvidar poner cuidado en afirmarse mientras caminaba sobre el pavimento resbaladizo.

Jorge Vega, hombre de físico delgado, escasa estatura y brazos largos. Manos amplias, con dedos segmentados acabados en finas tenacillas, capaces de apresar la diametral de una estilográfica con absoluta precisión. Unos ojos hundidos en pucheros tutelaban un semblante melancólico y esquivo. Su vida estaba presidida por un acontecimiento trascendental que lo supeditaba a superarse, y pese a sus delirantes afanes, aquel hecho, jamás se había vuelto a repetir en su existencia. Una de sus obras triunfó en un certamen importante, y durante una temporada se hizo merecedora de la atención en titulares de acreditadas revistas de literatura, que descubrieron en él, a una promesa emergente.

En principio Jorge Vega disfrutó de su logro. Se lo tomó con serenidad e incluso cierta presunción. Dicha actitud fue debida a que establecido en aquella idílica cúspide, se sintió no sólo complaciente sino poderoso. Por fin era el hombre considerado que siempre anheló. Por lo demás, entendía, que obtener una nueva recompensa iba a ser ya sólo una ínfima cuestión de tiempo. El éxito de por sí llama al éxito, se dijo. El premio en metálico consistió, aparte de en la publicación de la obra, en un talón importante.
Durante una temporada se deleitó tuteándose con la “jet set” del momento. Así conoció a Clara; la hermosa mujer que lo deslumbró y de la cual se enamoró con pasión. Juntos devoraron noches insomnes de ensueño y derroche, avivaron fantasías sugerentes y solemnes, como aquellas que narran los “Cuentos de las mil y una noches;” explorando brillantes veredas del amor reptaron como hijos libertinos de Dios durante momentos eternos de lascivia, y sin separarse de la mano ni cesar de acariciarse, se abandonaron en bellos parajes. Clara, hija de una familia de desahogada posición, como tal, jamás sospechó lo que uno es capaz de sentir sin poseer una miserable tajada que llevarse a la boca. A su disposición tenía la fortuna y el mundo; pero anteponía el hecho de reconocerse complacida y ensalzada. Clara, la “starlette” caza talentos con más fino olfato del momento, de quien Jorge Vega fue promesa y presa durante el par de meses de un año que se disipó en el miserable olvido de una injusta sociedad.

Descendía por la calle y con la misma cadencia conque sus pasos redoblaban en su sien, se incorporaron los recuerdos.
Sucedió de repente… Clara dejó de ser Clara…O él dejó de ser nadie en el mundo de Clara. De pronto un día despertó y su estómago se retorcía dentro de su armazón suplicándole con dolor toda su hambre. Sólo entonces comprendió lo que había ocurrido. No había saldo en el Banco, ni por lo tanto, patrimonio. Aquel lugar de complacencia junto a Clara se encontraba ahora cubierto por una densa capa de soledad. La normalidad había regresado a su vida. Aquella que creía haber dejado atrás para siempre. Lo supo al instante. De nuevo era rehén de la pobreza. Sólo que ahora, se dijo, una diferencia delimitaba de qué lado estaba; era un artista, un creador. Y como tal habría de ser considerado, pensó.

Comenzó a pedir por las mañanas. Obtenía lo justo para alimentarse. Mientras tanto, emprendió la realización de una novela. Pero no se trató de una obra cualquiera. De una vez por todas escribía con el firme propósito de escapar de la indigencia física y espiritual que lo devastaba; con el empeño de concretar realidad en quimera que le ayudara a devolverlo a su sueño. Porque ahora, de repente, sabía y se asustaba de conocer, que su contexto era la eterna pobreza y su sueño una imperiosa ilusión. Pero persistía resistiéndose a entender que existe una pobreza más valiosa que la riqueza material. Por ello escribía con todas sus fuerzas, aunque con todo, aquello continuara sin ser suficiente. Ya que mientras estuviera desterrado del alma y el corazón – y así era en realidad – estaría vacío. Naturalmente él lo ignoraba; pero desde que el olor de la presunción y el poder saturó su mente, había dejado de ser esencia y núcleo, para convertirse en un andrajo que llevaba impreso un descosido por el cual se esfumaban los razonamientos más valiosos.

Tras medio año de escribir sin cesar, finalizó. Satisfecho de orgullo y vanidad presentó en sociedad su nueva obra; fue un completo desastre. Apenas vendió cien copias, y la crítica lo inmoló. Sin embargo, encajó la derrota con ironía y no renunció al éxito. Comenzó a escribir de nuevo. En un año más tuvo lista su tercera obra: “Los Hombres aman más.”
En esta ocasión su trabajo fue tildado por la prensa de “burdo panfleto histriónico machista.” Vendió cincuenta copias.

En sucesivos años llegó a escribir cerca de treinta novelas. Todas ellas acontecieron sin producir la menor polémica. Por lo que en el momento actual había acabado por convertirse en un profesor resentido. Crítico incrédulo, que tildaba de “basura” las obras de sus jóvenes y en algunos casos, prometedores alumnos.

Caminaba contra un viento glacial, y sin embargo, lo hacía con semblante impertérrito. Jamás se detendría ante las fútiles adversidades atmosféricas. Así como jamás volvería a dejarse humillar por la injusta sociedad. Él, Jorge Vega, era un ganador; adalid por naturaleza, y en el fondo se otorgaba el galardón. Había nacido para eso. Estaba ahí para triunfar; y así sería…
Un mazo de cuartillas transportadas por el vendaval se estampó con inclemencia en su rostro. Irritado, se destrabó de ellas. Se disponía a arrojarlas al suelo cuando de reojo alcanzó a leer el título: “Tan Dulce como Clara.” Un impulso fugaz, casi reflejo, lo obligó a detenerse. La recordaba con tal transparencia... Había sido la única mujer a quien había amado y en realidad continuaba siendo lo único capaz de hacerle cambiar en el mundo. Pero estaba lejos. Años después contrajo matrimonio con un industrial australiano y vivía en las antípodas. Y ahí se acababa lo concerniente a su historia con aquella mujer.
Permaneció unos instantes turbado, recordaba la altiva figura de Clara, su semblante de rasgos calibrados, audaces, orgullosos… que se sustituyeron por un rostro desconocido, de ojos claros, innata calidez y candor, que lo tomaba de un brazo y escrutaba con ojos interrogantes.

- Disculpe señor. Son mis cuartillas. Gracias por recogerlas. Se me escaparon con el viento.

Mediante un duro gesto, desprendió su extremidad de la mano que lo apresaba, retiró la mirada del ser que se atrevía a perturbarlo, y colmado de irá, vociferó.

- No las recogí yo, señorita. ¡Sus papeles se estamparon en mi cara!

Mediante un acto reflejo ella trató de tranquilizarlo sujetando con ambos brazos su chaqueta. Él la esquivó de un amago. Mientras, los brazos de ella se aferraron al vacío y concluyeron en su pecho. Afectada, exclamó.

- ¡Cuanto lo siento!

Bajó el tono de voz. Y conmovido dijo.

- No es nada…

Adoptó un solemne gesto y le hizo entrega de los folios. En el mismo instante la portada con el nombre quedó una vez más ante su vista: “Tan Dulce como Clara.” Y fue incapaz de evitar la tentación de preguntar con intriga.

- ¿De qué se trata?

Ella, sonrojándose enmudeció. Inclinó su rostro, y en un susurro, dejó escapar.

- Es un libro. Mi libro…

- Su libro. ¿Escribe usted un libro?

- Sí, pero es el primero y…

- Y qué…

- Y no sé escribir...

Jorge Vega lo supuso. ¿Cómo iba a escribir nada aquel disipado e ingenuo organismo? Para saber exponer era preciso adquirir conocimientos, las experiencias de una vida: sus bajezas, aberraciones, injusticias… En lo referente a la ingenuidad. Sí, naturalmente, era un complemento interesante de entender, e incluso de tener en cuenta, y ya que la tenía delante ¿por qué no de estudiar? Se volvió hacia ella, aspiró el aire con nerviosismo y le inquirió.

- Y bien… ¿Cómo se llama?

Ella lo miró con dulzura – y él supo que estaba en lo cierto, jamás había visto a nadie más sencillo – y contestó.

- Celia Martínez.

Él sonrió con cautela y añadió.

- Está usted de suerte. Soy Jorge Vega, profesor de narrativa. Si me lo permite, desearía echar una hojeada a sus escritos. ¿Podría…?

Ella, sin poder articular, asintió excitada.

Entraron en una cafetería. Se sentaron a una mesa junto al calor de un calefactor. Celia pidió un té, Jorge una copa de brandy. Pasó el primer folio y comenzó a leer. De entrada no se impresionó. Se lo figuraba. Se trataba de una melosa y aburrida obra de amor. Con cinco minutos que simulara leer, sería suficiente.
Al cabo de una hora se sorprendió de verse allí sentado. Lo cierto es que, aunque lo intentara, le resultaba imposible despegar la vista de aquellas líneas. En sus páginas iniciales había empezado a vislumbrar no sólo amor, sino sentimientos, pasión, dramatismo, y mucho más. En realidad halló algo que conocía como si lo hubiera redactado él mismo. Se trataba de pasajes consabidos, aunque ahí radicara lo increíble, nunca difundidos. Eran pasajes que tan sólo estaban impresos en el corazón de una persona; su persona. Fragmentos de un amor profundo y hermoso que había olvidado hacía más de treinta años, cuando publicó su novela de éxito, se enamoró de Clara y vivió junto a ella. Hasta aquellos instantes la recordaba como a una mujer maliciosa e insaciable. Pero supo, o el libro le devolvió la conciencia, de su esencia. No había sido así. Clara fue una mujer que en todo momento lo amó, acompañó y comprendió. La segunda hora se descubrió viajando junto a Clara por lugares lejanos y exóticos; abrazados, riéndose, disfrutando de la vida como jamás había vuelto a hacer; se pasmó al localizar universos irreconocibles de los que nunca tuvo conciencia; se admiró de revelar su abierta y crédula sonrisa de fascinación; y sobre todo le maravilló reconocerse protagonista de un libro que él no había sido capaz de escribir. Pero más se agradó cuando, cuatro horas después, al finalizar entre balbuceos de asombro, conmoción y ojos lacrimosos, halló a Celia Martínez inmóvil a su lado, profundamente dormida, asida de su brazo.
En principio discernir con claridad que aquella mujercita había llevado a cabo en un abrir y cerrar de ojos el sueño que todo gran escritor desarrolla – en el caso de prosperar – en un mínimo de quince a veinte años, no le chocó. Quizá porque supo o presintió que una entidad con un carácter tan especial como el de Celia, era capaz de alumbrar, por igual, desastres y maravillas. No, ni tan siquiera sintió celos al asimilar que, sin tener idea de cómo hacerlo, había escrito como una reina de la literatura una singular obra maestra. Pues fue consciente, que aquel manuscrito que tenía entre sus manos, jamás volvería a repetirse. Era una lotería, una probabilidad entre millones, una maravilla desatada por la naturaleza humana ¡y por Dios!

Cuando Celia abrió los ojos y le preguntó qué le había parecido, a duras penas Jorge mantuvo el rictus más impenetrable, falso y saturado de cinismo, que en la vida había exhibido, y contestó.

- Si le soy sincero, no ha estado mal. Pero…

- ¿Pero qué?

- Aún le falta un largo camino por recorrer.

- Entonces mi libro…

- OH… Puede guardarlo como recuerdo. Le ayudaré a escribir el siguiente.

Y sonrió como un estúpido bribón. Sintiéndose en su interior el ladrón más insaciable del planeta.

Durante dos largos años colaboró junto a su “amiga escritora” en la elaboración y corrección de una obra que, en seguida estimó con alivio, era de pobre calidad. Al fin y al cabo no era una diosa, dedujo. Claro que para Jorge Vega limitarse a colaborar con Celia no era suficiente; necesitaba más. La deseaba a ella. Pues comprendió que debía conocer en profundidad como funcionaba el alma del ser que había logrado el prodigio. Embeberse de su espíritu era primordial, hasta sazonarse de él, para de esa forma adquirir la materia prima que la había llevado a desvelar el indescifrable camino de la excelencia.
Tuvo a Celia entre sus brazos con indecible facilidad, incluso él mismo se extrañó de lo sencilla que era la percepción de quien había sido capaz de plasmar lo más difícil sobre el lugar más frío: El amor puro y palpitante sobre una basta y simple hoja de papel. No obstante, al contemplar la fogosa volatilidad de aquellas largas y sutiles pestañas contraerse sobre su iris en las tardes aciagas, en las que sobrecogido, observaba sus ojos tornadizos y almendrados, su cabellera dorada, su cuerpo flexible y joven, sus labios delimitando una perpetua expresión de felicidad discernía su absorta abstracción y presentía su meditación. Pero ¿acerca de qué cavilaba? ¡Y qué sabía! En esos instantes podía percibir más que rudimentaria simpleza. Podía entrever pero no sentir. ¡No sentía! ¿Por qué no era capaz de sentir…?
Mantenía escondida bajo llave la copia del manuscrito y la repasaba una y otra vez, y cada vez que lo hacía, lloraba del placer, del deleite e inmensa satisfacción que le aportaba la sublime obra maestra. Hablaron poco sobre aquel primer manuscrito. Con cautela Jorge le recomendó que lo eliminara, y añadió que había escrito textos infinitamente mejores.

Durante aquel par de años Celia pareció amarlo con intensidad, pero de súbito, como si fuera consciente de su traicionera malignidad, disminuyó la estima y confianza que le tenía, comenzó a zafarse de su dominio y a alejarse progresivamente. Entraba y salía en la casa con semblante demudado. Jorge supo entonces que aquello era debido a que había hecho nuevas amistades. Un día, Celia le hizo partícipe de una noticia. Se marchaba a vivir a casa de un tal Luis…

En principio Jorge apenas prestó atención a la noticia y la dejó marchar sin censura. A sus espaldas, había comenzado a poner a punto el manuscrito, y estaba por completo anulado y absorbido con la copia de “Tan Dulce como Clara.” De hecho, toda su concentración y afán de trabajo estaban volcados en la tarea. Transcurría noches enteras de insomnio retocando con sumo cuidado. Los apuntes necesitaban la mano de un experto, y él sin duda lo era. Para que la obra resultara irreconocible decidió hacer múltiples cambios que, en principio, no afectaban a su esencia. Transcurría horas alterando y reordenando párrafos; días para cambiar una palabra de lugar, semanas para decidirse a tachar una letra. Por supuesto, para empezar, modificó su título y lo llamó, en primer lugar: “Apacible florecer.” A continuación se decidió por: “Agradable como Claro.” Prosiguió con: “Empalagoso renacer.” Para retornar al: “Apacible Florecer.” Asimismo resolvió presentarse bajo pseudónimo, de tal forma su identidad sería irreconocible y se aseguraría la cuantía del las ganancias sin ser inquietado por cualquier intruso o entrometido.
Poseído por la fiebre del la fortuna, en su mente se comenzaron a proyectar fascinantes sueños de fortuna, en los que de forma invariable, veía a Clara regresar junto a él rogándole comprensión e indulgencia.
Tras ocho meses de frenético trabajo, cuando se disponía a finalizar, una mañana, hizo un descubrimiento turbador y el corazón le dio un pálpito. Los cinco últimos folios, los más apasionantes, donde se condensaba el desenlace de la obra, no estaban… ¡Faltaban!
Desesperado llevó a cabo un minucioso registró de la casa. Buscó en rincones impensables, se arrastró hasta alcanzar diminutos apartados de los que jamás había presentido su existencia. Conforme pasaban los días, alterado, incluso se olvidó de alimentarse y asearse… Y en tanto buscaba, de forma obsesiva, una idea imperiosa y desquiciada nació y creció en su cerebro. Aquello no era lógico ni normal, era producto de una mente retorcida. Y aquella maldad sólo podía estar implícita en el mal nacido que convivía con Celia. Aunque lo hubiera saludado sólo en un par de ocasiones, dicho elemento, nunca le había agradado. ¡Estaba seguro! Sólo de una persona como aquella podía partir idea semejante. Y sólo aquél, mediante las llaves de Celia, había podido profanar su hogar y cometer el acto de piratería. Y concluyó. El hombre era informático y sin duda manejaba engañifas. Le habría estado espiado, y de alguna forma averiguó que trabajaba en la obra de ¿Celia? Si bien ¿cómo podía siquiera dar por sentado que el manuscrito era de Celia? Porque de hecho, ni siquiera lo era. No, ahora estaba seguro. En realidad aquel documento pertenecía a ¡Clara! Ya que la protagonista era ella. La esencia vital de la obra era de Clara; el sentimiento del libro estaba impreso en los actos de Clara. Suyas eran las palabras, acciones y discursos más conmovedores y también merecedores de elogio que jamás había vivido y presenciado. Y así lo comprendió, al integrarse como figurante de tan ilustre composición y formar parte inestimable de ella. Suyo era todo el amor que ella exudaba hacia él y debido a su causa. Y en aquel majestuoso final estaba sellado, con delicadas expresiones, su mutuo amor infinito, indeleble y esencial… ¿Y aquel ser pretendía arruinarlo todo? ¿Destruir su vida y la de Clara? ¡Jamás!

A la tercera semana se duchó, se afeitó, encargó un par de pizzas y una vez estuvo saciado y dispuesto, decidió salir en busca de Luis. Sabía donde encontrarlo. Se había informado al respecto, y estaba al tanto de que al ejecutivo le agradaba hacer footing de madrugada en el Parque del Oeste. Sin duda estaría en forma. Él, por descontado, no lo estaba. Pero no importaba. Aún así él tipo era un “gnomo imberbe” que estirado apenas le alcanzaba a la nariz.
Lo sorprendió cerca del “Paseo de Rosales”, en el camino de tierra no había nadie. Cuando le pinchó con el estilete abrecartas en el estómago y le preguntó por los folios, el hombre se asustó y se quejó. A continuación mudó su actitud por la de un jugador, sudó como un puerco pero aún así, no abrió la boca. Ni siquiera cuando el filo del punzón se hundió en su grasienta barriga. Fue tan sencillo como penetrar un blando tarugo de mantequilla. Quizá no tan limpio, pero si igual de pringoso. Se lavó las manos en una bocana de riego y frustrado regresó hasta su casa. Después de todo, Luis había vencido. Había sido capaz de morir como un hombre, resolvió disgustado.

A la semana siguiente Celia volvió a su casa y a él. Estaba desconsolada y lloraba sin cesar. Jorge no imaginaba cómo podía haberle tomado un afecto tan grande a semejante rufián. Incluso se apenó por ella. De haberlo sabido jamás hubiera tocado al desdichado.
La sorpresa se la llevó cuando fueron a cenar esa noche. Al abrir la nevera Celia sacó el tuperware de los sándwiches y lo abrió. Dentro no quedaban sándwiches pero en su lugar se hallaban los cinco folios meticulosamente doblados. Ya era tarde y lo supo. Se había equivocado con respecto a Luis.
Con astucia y rapidez le arrebató los folios a Celia y le comentó que pertenecían a una obra que estaba escribiendo. Por fortuna ella no era curiosa; además, deprimida y embotada como se encontraba con la muerte de Luis, no estaba en condiciones de ponerse a hacer preguntas.
Esa misma noche, saciada el hambre, tomó entre sus brazos a Celia en el sofá, y arrullándola con suavidad, le dijo:

- No te aflijas. Tarde o temprano nuestra suerte cambiará y ambos seremos ricos y felices durante el resto de nuestras vidas…

Ella lo miró sin comprenderlo, pero no dijo nada.
Depositó con delicadeza las manos sobre su cuello. Durante un instante se excitó y sintió ganas de oprimir su suave piel y estrangularla. Ahora podría hacerlo. Una vez recuperado el final de la obra, si ella moría nadie la echaría en falta. Estaba sola en el mundo, comprendió. Finalmente vaciló y decidió no hacerlo. Al fin y al cabo, ella no era insensible y él no era un asesino. Compartiría con ella la fama, en el fondo se la debía. ¡Había encontrado los folios!
Durante meses sucesivos se arrepintió de no haberse desecho de ella, pues comprobó, no sólo que Celia era diabólica, sino que después de la muerte de Luis se había convertido en una maldita ramera a la que nada le importaba. Y en parte debido a sus enseñanzas, pues ya no tenía fe en ella misma como escritora ni como persona.
Una noche Jorge regresó de un compromiso de trabajo y la sorprendió con un hombre en su cama. Frenético, sin mediar palabra, sacó al individuo de la cama y le propinó una patada en los genitales. El tipo se revolvió y aulló como un condenado. Pero contra un hombre joven y fuerte como aquél una sencilla patada no era suficiente, comprobó; debió de haberlo eliminado. Cuando se recuperó, quien casi lo mata fue aquel matón de marras. Se revolvió como perro rabioso y le dio una paliza brutal; y para colmo Celia se largó con él.

Tras un par de semanas se recuperó y prosiguió la finalización de su trabajo con el placer de quien sabe que obtendrá merecida recompensa por la tarea bien realizada. Al fin y al cabo era preferible estar solo que mal acompañado. Con cada folio que remachaba le resultaba imposible contener las lágrimas. La obra era sublime, preciosa e ideal…
Los últimos cuatro meses de repaso y mejora abandonó para siempre su trabajo de profesor. En el supermercado que había bajo su casa realizó una compra extraordinaria, en la que desembolsó casi todo su efectivo. Entonces se desconectó del mundo durante los meses restantes.
La noche que completó la obra no cesó de sollozar profundamente conmovido. Hasta se quedó afónico de recitar una y otra vez, los párrafos finales en alto. Sus ojos se le pusieron tan hinchados y enrojecidos que le ardían como si estuviera atacado de fiebre.

Por fin, una mañana, temblando de excitación, se dirigió a la oficina de correos e hizo entrega de las dos copias de “Apacible Florecer.”
Luego comenzó la fútil espera de quien se sabe ganador. Hasta que a finales del último mes recibió la llamada que aguardaba.

Una voz anónima le informó.

- Señor Jorge Vega. ¡Felicitaciones por la obra!

Dando rienda suelta a la emoción contenida durante meses de espera, hambre y observancia, Jorge comenzó a llorar de alegría. Mientras, agradecía.

- ¡Gracias! ¡Gracias…! Es para mí un placer recibir este premio y...

- Un momento señor. Intervino la voz. Y corrigió.

- Felicitaciones por hallarse entre los diez finalistas.

Jorge Vega se quedó sin voz. Una débil y escueta interrogación fue todo lo que surgió de su garganta.

- ¿Cómo…?

La voz le habló de nuevo con corrección maquinal.

- Así es señor. Su obra, de momento, ha sido galardonada con una estatuilla de bronce.

- ¿Estatuilla de… bronce?

- Bronce. En efecto, señor.

- El premio. Y… ¿el premio…?

- No se ha dilucidado aún señor. Pero si mira en la página: “webcom de internet” mañana a primera hora, figurará el nombre y autor de la obra premiada.

Aquella noche Jorge Vega la pasó sin dormir. Tiritaba de frío y ansiedad a las puertas del Ciber café que había más cercano a su casa, mientras en su interior seguía pensando que todo era absurdo. Puesto que sólo podía existir una obra merecedora del premio, y ésa era, sin lugar a dudas, “Apacible Florecer.”
A primera hora de la mañana accedió a la página con ojos abiertos y sanguinolentos. Entonces leyó lo siguiente:

La obra de la desconocida escritora Celia Martínez: “Tan Dulce como Clara,” ha resultado galardonada con el "Premio Planeta" de la presente edición.

Durante tres días anduvo perdido por la ciudad como un alma en pena. Un anochecer, cuando quiso darse cuenta, se hallaba pulsando el timbre del portal donde Celia residía.
Mientras la felicitaba, en su cerebro volvió a brillar una chispa de vida. Después de todo, consideró, a su manera él también había vuelto a triunfar.
¿Acaso no había modificado hasta tal extremo la novela, que había acabado por redactar una obra por completo genuina y en cierto modo, ganadora?

Una semana más tarde Jorge Vega fue detenido. Desenmascarado fue declarado culpable de asesinato. En su desmayada precipitación había perdido el estilete abrecartas. La policía lo recuperó bajo un seto de aligustre y tras un minucioso examen, halló impresos rastros de sangre y sus huellas.
Fue condenado a veinte años sin condicional. En la prisión escribió varias novelas de éxito. Murió en una reyerta al salir en defensa de las blasfemias que alguien profirió contra un homosexual – se estima perteneciente a la división de higiene de la institución penitenciaria – cuyo nombre subsidiario era, Clara.


José Fernández del Vallado. Josef. 20 de Mayo 2007. Arreglos 13 mayo 2008.


Texto agregado el 13-05-2008, y leído por 131 visitantes. (13 votos)


Lectores Opinan
2008-05-18 00:43:02 Mis respetos Josef, siempre...5 on-line
2008-05-16 00:20:35 Excelente historia, bien llevada, con calidad y momentos realmente elaboradísimos. El personaje, tiene razón Magdalena, llega a ser repugnante, un pusilánime como hay tantos. Mis sinceras felicitaciones por tan buen trabajo, Josef- tiresias
2008-05-15 14:36:45 Historia de vida que desgarra,y una se pregunta ¿cuántas de estas historias de vida suceden a diario y se esconden? "Apacible Florecer" ¡qué ironía! Impecable narración. Todas las estrellas. Todas Shou
2008-05-15 12:05:43 Excelente historia, muy pero muy bien narrada, con gran ritmo. De muy alto vuelo. La desesperación y desilusión del personaje, se palpa en cada palabra. marfunebrero< /a>
2008-05-15 11:47:57 Excelente prosa y buen ritmo narrativo, captando al lector con maestria. La lección está clara, como el título: el que plagia nunca llega a reproducir una creación original. Por eso son muchos los que escriben y pocos los que superan la gloria del tiempo. Escribir es una palabra seria, nada que ver con "colages" y remiendos. maravillas
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