“Encontraré el vínculo entre todas las cosas que digo.
Empezar por el comienzo, ser razonable. Contaré todo,
puedo, puedo todo…”
Marguerite Duras
Nunca habrá un vacío que no sea culpable.
Siempre se adolece de espacios. Y el tiempo muere,
agonizando, rodeado de seres, en blanco,
en el absurdo desprendido de la dicha, castamente
irreal; ignorante y joven.
No existe o no puede existir el vacío sin culpa.
Nada más que un silogismo barato. Lo artificial no es el principio,
lo que pudiera una imagen mostrar o lo que quisiera negar.
Cuánto desanima la realidad cuando se desnuda,
igual que una piedra en la noche, tangible e insignificante.
Una piedra en el crepúsculo, tangible e incierta.
No es igual a la utopía, que no existe.
Que es tan posible como una premisa. Y no existe.
No es y es invisible; no es, no.
De ningún modo, ahora, la oscuridad es un encantamiento de las sombras;
ninguna voz elevada desde el mar, sólo culpa.
Culpa del agua en la placenta y además ausencia de verdades.
Y una grafía benévola.
Sin la anuencia del ser, aquello otro que buscamos,
nos mueve en el pecado,
como si, dormidos, nos moviéramos en la marea de una eterna vigía;
como si las raíces del hombre elevasen a capella una plegaria
iluminadas por un claro de luna desleído en el fango
y cesase el tiempo
y el vacío en el que sobrevivimos ...
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