Al releer el librito del ritual
el poeta contempla el milagro de los rostros,
los cuerpos y las vidas
empapadas de púrpura y amarillo
de Marcel Proust y Guy de Mauppassant.
Coge los secos pétalos de rosa,
mientras le confiesan
que fueron gráciles manos
las que les rindieron
tan egregia y bella sepultura.
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