Los cuentos que susurran las muñecas
las descubren como dulces sonrisas infinitas: Sombras.
Sombras que van y aterran al trigo con sus piernas blandas.
En sus cuentos, en sus pinturas rupestres, las muñecas hablan del final.
Abanican un llanto de supermodelo.
Se ríen de los monstruos y los aviones y las torres.
Y, para ser más sucias, se arremolinan en los cuartos sin futuro.
Con sus ropitas. Llorando el karma de ser siempre lisas.
Al principio, juntos, creíamos en Dios, en el amor, en el recuerdo,
y yo odiaba en secreto su memoria pequeñita de porcelana.
Pero un día descubrí en un álbum que las estrellas son de helio.
Lo leí en alto, tres veces, y ellas en un rincón me miraron impasibles.
Nada.
Mordí mi lengua para no enterrar sus cuentos,
para no gritarles cuánto importa lo triste de los sauces, de la mañana y las sombras:
Nada.
Y nada es no llorar porque es lo mismo.
Y nada es buscarte en los espejos para saber que estás vivo.
(leído en el encuentro por User)
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