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Inicio / Cuenteros Locales / jabani / Sueños de verano

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Al anochecer, ardientes luces se perdían en la oscuridad de la noche. Mientras, yo, sentado en la tibia piedra, contemplaba con pasión el cielo estrellado, que lentamente se dejaba contemplar en aquella calurosa noche de estío. Sobre un fondo de oscuridad y estrellas comenzaba a dibujarse la oscura e irregular silueta de la sierra y finalmente todo se convertía en noche, sólo iluminaba la luna y en el silencio tan sólo se escuchaba la rítmica sintonía de los grillos. Mi corazón latía lentamente, y mi mente, relajada, se perdía en un absurdo laberinto de preguntas: ¿es el universo infinito?, y, si no es infinito: ¿dónde comienza? y, ¿dónde termina?; y el tiempo, ¿tuvo un comienzo?, y si tuvo un comienzo, ¿tendrá un final?, y si tiene un final, ¿qué habrá después?...
Ya aburrido, empecé a sentir el abrazo del cansancio y me dejé llevar hasta un profundo sueño, quedándome dormido allí, encima de una piedra cualquiera en lugar cualquiera del campo, no muy lejos de mi casa. Alguien se acercó a mí y me susurró al oído que siguiera sus pasos, y yo los seguí. Era una hermosa muchacha de tez morena y cabello negro, que desprendía un limpio frescor entre el bochorno de la noche. Me llevó caminando sin parar entre las rocas, los pinos, los arbustos, las hierbas... hasta que al llegar ante un oscuro y negro agujero, desapareció. Entonces un ruido seco me despertó, abrí los ojos y observé que seguía en el mismo lugar donde me había quedado dormido.
Volví a mi casa, y viendo que mis padres estaban dormidos ya, me acosté yo también.
La siguiente noche, como era costumbre mía en verano, volví al lugar y me tumbé a contemplar de nuevo el cielo estrellado, pero esta vez mi mente no se perdió en oscuros pensamientos sobre el infinito o el tiempo, sino que se recreó en la imagen de la muchacha de la noche anterior, pero sólo era rapaz de recordar vagamente su imagen,
no el camino que seguimos, y eso me desesperaba. Quería saber adónde fuimos, qué había en aquel agujero. Pero no encontraba las respuestas así que decidí acostarme.
Al día siguiente, en la piscina, mientras me bañaba, volví la mirada hacia atrás y contemplé a una muchacha morena que me daba la espalda y que se sumergía en el agua. Me parecía que la conocía pero no sabía de qué. Decidí no acercarme a hablarle, no quería que pensara que mi intención era otra bien diferente al simple hecho de preguntarle si nos conocíamos, aunque la verdad es que había algo en ella que me llamaba la atención.
Al atardecer, mientras paseaba, la volví a ver, pero de nuevo, algo me impidió acercarme, no sabía qué; y de nuevo, ya de noche, la vi otra vez. Llevaba un pantalón y una camiseta blancos y no se por qué, no fui capaz de acercarme.
Aquella chica me tenía intrigado, no sabía por qué me llamaba tanto la atención, ni por qué se estaba despertando en mí el deseo de verla constantemente. Tal vez era por su cabello moreno, o por su piel dorada y suave, o tal vez porque sabía que la conocía, no sabía de qué la conocía, pero la conocía… era eso, seguro. Cavilando sobre aquella chica se me fue el tiempo.
Más tarde, mientras cenaba en el patio de mi casa, me di cuenta de que el cielo estaba despejado, y enseguida me entraron las ganas de tumbarme sobre la piedra de los sueños, como yo la llamaba, porque tan maravillosos eran los sueños allí soñados que hasta la persona más fría y taciturna quedaría impresionada. Así que acabé rápido de cenar y le dije a mis padres que me iba a dar un paseo. Nada más salir de mí casa, me dirigí hacia la carretera, la crucé y caminando por una angosta verea llegué a la piedra, me tumbé y me dispuse a contemplar el estrellado y límpido cielo nocturno.
Tras cierto tiempo allí, mi cuerpo empezó a acusar el cansancio del que madruga, entonces mis ojos se cerraron y todos mis músculos se relajaron llevándome a un profundo sueño. Y fue entonces cuando ante mí se presentó otra vez la muchacha de la noche anterior. Llevaba la misma ropa que la muchacha que había visto un rato antes, unos pantalones y una camiseta blancos, pero no conseguía verle la cara para saber si era ella misma.
Al igual que la noche anterior me dijo que siguiera sus pasos y los seguí. Me llevó por el mismo camino que la otra vez, un camino angosto y retorcido, y llegamos hasta el mismo agujero negro y oscuro, y volvió a desaparecer, dejándome allí solo. Entonces otra vez me volvió a despertar un ruido, pero esta vez no era un golpe seco, sino una voz, una voz de mujer, abrí los ojos rápidamente y no había nada, simplemente la piedra, los árboles, la oscura silueta de la sierra en el cielo, la luna, las estrellas,... No recordaba nada con seguridad de los sueños y, aturdido por la mucha y a la vez poca realidad de mi sueño me fui a la cama, a descansar.
Pero mi empeño en conocer a la chica, y más aún, mi empeño en saber lo que había dentro de aquel agujero no cesaba. Así cuando al día siguiente vi de nuevo a la chica, me acerqué. Era diferente al verla de cerca, parecía más guapa aún, su cabello brillaba; su piel, morena y suave, resplandecía, y sus ojos, aunque eran castaños y no destacaban mucho, tenían algo especial. Entonces, la saludé y le pregunté si nos conocíamos, su respuesta fue contundente: "No, seguro que no." Desolado, le pedí perdón por la confusión y me fui a mi casa.
Al anochecer, después de haber cenado y justo al salir de mi casa me crucé con la chica, que iba calle abajo y que me saludó sonriente, ahora si que estaba confundido, un rato antes se mostraba fría y concisa conmigo y ahora me saludaba cálidamente. "Mujeres...", pensé. Y me dirigí a la piedra, pero cuando fui a tumbarme, me di cuenta de que había un trozo de papel, que recogí y leí: "Espérame aquí a las doce, despierto, por favor. Hasta luego." Tenía la corazonada de quien era pero no quería asegurar nada, así que me tumbé y me puse a mirar el cielo, me quedaba media hora de una incesante espera. Media hora desesperante que tuvo su recompensa, porque allí apareció la chica, vestida de blanco y más bella que nunca, era la misma de mis sueños y la misma que había visto en la piscina o cuando iba de paseo, me habló suavemente y me invitó a seguirla, yo, encantado, la seguí a través de la misma verea que las demás veces, y llegamos de nuevo a aquel oscuro y negro agujero, y para mi sorpresa, me invitó a entrar.
Entramos los dos juntos en aquella pequeña cueva y lo único que allí había era un charquito de agua sucio y maloliente. Fue entonces cuando ella me tomó la mano y la metió en el agua, en ese momento el agua se limpió y se volvió cristalina apareciendo allí el reflejo de mi imagen, que no era tal, sino que era mi imagen en el futuro. Allí, en el futuro, se me veía de noche, en una cueva, una hermosa chica me besaba y justo al terminar, todo se desvanecía y aparecía tumbado sobre una piedra, ya de día. Me levanté y me fui a mi casa, me acosté. A la chica nunca la volví a ver, a la piedra jamás volví.

Texto agregado el 20-04-2004, y leído por 281 visitantes. (3 votos)


Lectores Opinan
2005-02-08 11:58:54 Me gusto tu narrativa, mis estrellas para vos. GP peinpot
2004-11-29 20:17:55 eres bueno deberias escribirun poco mas de esos cuentos fantasticos pero con un poco mas de sensivilidad...animo... suerte josesalon
2004-05-01 10:20:02 Precioso y mágico cuento. Es un gusto leerte. Un abrazo. maravillas
 
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