“Antes de mi vida también me abrí
ebrio de poesía/sobrio de prosa
al imperio del sentimentalismo…”
Rolando Revagliatti
Después quien sabe, por cualquier abril desvanecido,
conciba algo más que unos pocos versos impresentables:
no soy solo capaz de subsistir; otras vidas me rasgaron la piel;
no obstante, mis dedos escupen letras.
Me cristalizo; ignoro las palabras disecadas,
la opulencia y la arrogancia anárquicas
- dilapidé ciertos poemas solutos;
palpé superficies inciertas, previstas en mi destino;
un hombre escarbó, debajo de mis sienes, otro mundo-
No obstante, mis dedos chorrean letras
y las capto en exóticas incertidumbres,
la decepción entre las manos
-¡maravillosas ausencias! –
Regurgito; las palabras brotan como una lluvia
de abecedarios ácidos, breñas intensas por doquier erizadas:
un esqueleto de espigas y motivos.
Por mi mundo voy, aspirando circunstancias
como semillas de probabilidades, sales minerales:
artimañas de una realidad, absolutamente tenaz
incapaz de rebautizar sus desengaños.
Junto al vuelo de los años, un modo de insensatez,
por delante de las nubes – por encima de la luz -
me ha sido otorgado a cambio de nada.
Fui absuelta del pecado de sobrevivir,
-anagrama nocturno, herencia de desarraigo -
Cada verso impresentable, cada escrito
- me repito –
no perecerá apenas por ser impresentable
y sostenerlo es como dialogar con fantasmas
mano a mano, obsequiarles alguno que otro chisme.
Sobre la raíz de una palabra flota un verso
—acá, circunstancialmente, apenas, casi impredecible—
ahora, hasta siempre, en una línea imaginaria
por cada uno de las luchas diarias.
La razón de mi náusea es el puro amor,
una línea que incluye mis desvelos:
una línea compuesta de palabras mordientes
que me sangra en los dedos.
Fui mendigo, para que negarlo y además,
me robé demasiadas horas de sueño,
de conceptos difusos que ardieron en mis lagrimales
con la honestidad de un loco constipado,
y de todo,
dejo huellas homicidas
- asesiné cada vacío hasta desangrarlo -
y la luz de cada poema me redime de culpas.
Escupo; permanezco a resguardo del verdugo
no me quedo a merced de los infiernos
no claudico ante la evidencia del mortal
no me escondo detrás de los telones
no me impacta la imagen del hambriento
no me endulza el oído la soberbia
no están entre santos mis colegas
no soy amante sólo ante la ley de Dios
no levanto banderas de impiedad
no tengo noches de desvelo por venganza
regurgito; doy la vida por mis versos
y los guardo en lo profundo de mi escote.
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