Yo, José Torres, con mis ininterrumpidos 31 años de edad, con un pensamiento lejano a los humanos pero cercano al delirio individual, hago un alto por un amigo caído y para dedicar unas palabras breves en su honra.
Te soy sincero a pesar de compartir con vos toda la vida, hasta dormir en la misma cama y alimentarnos del mismo plato, nunca pude conocerte físicamente, suena hasta ridículo pero es la realidad, jamás observé tu rostro, peor aun no conocí tu nombre o apodo -Sólo intuyo que tu apellido era Torres- Y como si fuera poco nunca escuche tu voz; concluyo sin prueba alguna que tenía un tono grave y fuerte.
El día 13 de enero, el pobre sin nombre se cansó de que no le pusiera cuidado y fatigado de no recibir remedios por un período de año y medio, si la memoria no me falla. Tenías una enfermedad que no sabia. No quiero justificarme, pero el doctor que observó el caso no dio con el origen verdadero del problema.
–Es el colon que está mal.
-Doctor no, no, no… es por aquí.
-Yo soy el especialista y no tiene porque decirme como trabajar.
-Que dolor... déme algo.
-Tiene que hacer dieta, por favor nada de granos, lácteos, comer menos cosas que contengan grasas, ácidos y salsas…
El infeliz médico se equivocó de diagnóstico, no escuchó tu quejido y las demás veces que fuimos al consultorio nos dijeron lo mismo. Fuertes dolores te daban con las comidas, aunque no podemos olvidar que eras un borrachín y el traguito que sí entraba bien.
En medio de una agónica comida mejicana murió el 13 de enero, nadie del restaurante se percato de lo que pasaba. Sólo el dolor de tu partida lo sentí muy fuerte en mis entrañas, acompañado de una fuerte fiebre. No recuerdo bien el número de mesa del establecimiento donde dejo de vivir el moribundo apéndice, pero sino estoy mal fue la mesa nueve, lo que si estoy seguro es que en ese instante cenaba con mi mejor amiga.
¿Cómo puedo decir que te ame por medio de esta simple carta? Si nunca te hable, nunca te escuche, nunca te vi. Así no lo creas me duele tu partida apéndice de mi vida... ¡Lo siento!
Pena me da por los pocos intentos de familiarizarme con tu forma de vivir, solo por medio de un sencillo libro de anatomía y eso que era forzado por una simple nota en el colegio. Siendo que todo el tiempo fuiste parte de mí ¿Dios mío, cómo es posible no saber como es mi cuerpo?
Ni siquiera te trataron como debió ser. El levantamiento del cadáver se realizó tres días después por manos de un cirujano con apellido simbólico a su actividad: Dr. Cuervo. Saco tu restos de mis entrañas y lo llevó… me da hasta coraje decirlo; lo más justo era que te llevaran a la morgue, luego a la funeraria y por último al cementerio, pero no te llevaron a Patología para efectuar un análisis microscópico en manos de la bella Dra. Liliana, luego creo que fue tirado en la caneca roja, destinada para los desechos biodegradables del hospital. Perdón apéndice, estaba tirado en la cama B de la habitación 711 y no pude impedir semejante canallada, hubiese querido llevarte un arreglo floral, acompañado de miles de plegarias por tu alma, si es que posee, si hubiera estado bien, por lo menos, llevaría al laboratorio del cuarto piso una simple flor de adiós o la tiraría a la caneca donde te hallaras.
Ahora solo me queda el dolor en mi barriguita…mmm no se… ¿Será por perderte o por la herida del cirujano?
¡Sólo espero que mi llaga sane pronto y que brille la luz perpetua por mi apéndice!
Sin olvidar que te desquitaste con una parte de mi intestino y lo contaminaste. Tranquilo yo te perdono y entiendo tu desesperado miedo a la muerte, existen miles de historias donde la gente en esos momentos hace cosas raras para impedir la ida de este mundo y creo que es tu caso. El intestino ya esta fuera de peligro, aunque perdió cinco centímetros en manos del mismo médico que ejecutó la autopsia (la delicada cirugía de peritonitis aguda).
Te comento que me recupero lentamente de tu ausencia pero estoy construyendo una nueva vida, al mismo tiempo me adapto a la nueva cicatriz ubicada en el lugar donde fuimos separados por primera y última vez. Eso no significa que te olvide, es que debo aceptar con todo el dolor tu trágica partida.
Por último viejo compañero no puedo decir que me da cagada lo que pasó, porque mis funciones digestivas están normales actualmente. Solo espero que tu epitafio diga algo así:
“Peritonicamente dejo este mundo para convertirme patológicamente en el tumor extirpado”.
¡Descansa en paz querida apéndice!
JOSÉ TORRES
“Peritónico ser”
|