Si algo brilla en mi memoria, eso es la alcuza con la imagen de la doncella de atavío cordobés, representando con su castiza figura, las bondades del aceite de oliva.
Ya desde mi infancia, ahí en la rústica cocina de mi abuela, el fragante y frutado lípido ocupaba un lugar especial. Máxime en pascua, cuando la hacendosa y entrañable andaluza guisaba el imprescindible bacalao. Ahora, cuarenta y tantos años después, y con dos hijas de ojos lucentinos, que en fino porte fraternizan con la inmortal mozuela retratada por primera vez en tiempos de Isabel II, presiento que mis reminiscencias trascienden. Que ha quedado grabada en ellas la figura de su padre vertiendo con generosidad el alma de la aceituna que da lustre y paladar a la lechuga y el jitomate de la bondadosa tierra americana.
Quizás sean estos recuerdos plagados de la magna esencia del aceite y buen espíritu de la convivencia en la mesa, lo que los poetas cantan como el suave latido de la vida.
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