Principes, unicornios, castillos y grandes prados. Actores, grandes motocicletas, bonitas ropas o ser admirada por todos. Allí habitaba la mayor parte de su tiempo -en su mente-.
Todas las noches dejaba la puerta entreabierta, esperando a que su principe entrase. A aquel que le rescatase de su habitación y le llevase con él, al país del nunca jamás.
Pero todas las mañanas despertaba, y comprobaba, un día más, que seguía sola. Seguía estando sola.
En los caminos, cuando paseaba, miraba tímidamente a los que paseaban a su alrededor. Intentaba poner cara a ese príncipe que tanto aguardaba y que tan celosamente callaba al resto.
Tenía la intuición de que más tarde o más temprano, iria a rescatarla.
Pero como cada noche, se dormía agarrada a su almohada y como cada mañana, regresaba a la soledad.
A sus diecisiete años apenas comía, apenas dormía, apenas disfrutaba de la vida, y de vez en cuando, lloraba. Tal vez sin razones, tal vez con razones, quien sabe.
Como todas las “niñas” de su edad, le habían crecido el pecho y eso le incomodaba un poco. No parecía ser muy alta -al menos para ella- y se reconocía como algo más gordita que el resto -cuando realmente no era así-. Se notaba más torpe que de niña, la menstruación había comenzado hace años a ser un relativo problema, y se había vuelto algo más introvertida, más insegura. Realmente no se gustaba demasiado. El espejo devolvía una imagen para ella desdibujada.
Ah!, se me olvidaba, aún no os lo había contado. Ella sufría una enfermedad.
Su verdadero padecer era el “mal de amores”.
Qué dura es la adolescencia cuando se es adolescente.
Quizá, esto que leiste hoy te ayude a recordar tu adolecencia, y así comprendas la ajena. Dales tiempo. |