Javier estaba en un pasillo del edificio de departamentos en el que vivía, esperando el elevador. Cuando la puerta se abrió, oyó detrás una joven voz de mujer. «¡Un momento, por favor!» La chica entró en el ascensor y la puerta se cerró. No la había visto nunca. Llevaba un vestido amarillo, el cabello recogido hacia arriba en un chongo ridículo, y unos aretes llamativos, unos aros de cinco centímetros de diámetro. Ella sostenía una bolsa de Walmart. Era flaquita pero tenía unas nalgas espléndidas. Sus pechos parecían a punto de desbordarse, descarados, ansiaban salir del vestido. Tenía unos ojos verdes, clarísimos; los labios gruesos, pintados en exceso. El carmín rojo intenso brillaba y Javier alzó la mano y pulsó el botón de STOP. Funcionó. El elevador se paró. Javier avanzó hacia la chica. Le levantó la falda y miró aquéllas piernas largas, perfectas. Ella parecía conmocionada, de piedra. La sujetó mientras ella soltaba la bolsa del mandado. Por el suelo rodaron latas de verduras, un aguacate, toallas femeninas, un paquete de carne y tres barritas de chocolate. Luego, Javier apoyó la boca en aquellos labios. Ella lo besó, automáticamente. Él bajó su mano y le quitó el calzoncito, era rosa, abombado. Sin dejar de besarla, la cargó de frente y comenzó a embestirla contra la barda del elevador. Cuando terminó, se subió la cremallera, apretó el botón del tercer piso, y esperó, de espaldas a la mujer. Cuando la puerta del ascensor se abrió, salió. La puerta se cerró tras él y siguió su camino.
Javier bajó caminando hasta su departamento, metió la llave en la cerradura y abrió la puerta. Ivonne, su mujer, estaba en la cocina haciendo la cena.
-¿Qué tal? -le preguntó.
-Ah, la misma mierda de siempre -dijo él.
-La cena estará en diez minutos -dijo ella.
Javier fue al baño, se quitó la ropa y se dio una ducha. El trabajo estaba hartándole. Seis años y no tenía un centavo en el banco. Se sentía defraudado de alguna extraña forma, como si le hubieran hecho promesas falsas, como si la vida le hubiera arrebatado algo que no podía recuperar, pero no sabía exactamente qué.
Se enjabonó bien, se frotó y se quedó inmóvil dejando que el agua, muy caliente, le bajase por la nuca. Le quitaba el cansancio. Se secó y se puso la bata, fue a la cocina y se sentó a la mesa. Ivonne ya estaba sirviendo la cena. Albóndigas en salsa. Hacía muy bien las albóndigas en salsa.
-Bueno -dijo Javier-, dame una buena noticia.
-¿Una buena noticia?
-Ya sabes a lo que me refiero.
-¿Te refieres a… que si ya me bajó?
-Sí.
-No me ha bajado.
-Pues sí que estamos bien...
-No he preparado el café.
-Siempre se te olvida.
-Sí, no sé qué me pasa.
Ivonne se sentó y empezaron a cenar sin café. Las albóndigas estaban buenas.
-Javier -dijo ella- podemos abortar.
-Bueno -dijo él-, si no hay otro remedio, lo haremos.
* * *
Al salir del trabajo al día siguiente, entró solo en el elevador. Fue hasta el tercer piso y salió. Luego dio la vuelta, volvió a entrar y pulsó de nuevo el botón. Bajó hasta el estacionamiento, salió, fue hasta el carro y se sentó a esperar. Vio a la chica subir por el estacionamiento, esta vez sin bolsa de Walmart. Abrió la puerta del carro. La muchacha llevaba un vestido rojo, más corto y más ceñido que el amarillo. Llevaba el pelo suelto, lo tenía muy largo, casi le llegaba a las nalgas. Traía los mismos ridículos aretes y los labios aún más pintados que la vez anterior. Cuando entró en el ascensor, la siguió. Subieron juntos, y de nuevo Javier apretó el botón de STOP. Luego, se echó sobre ella, posó los labios en aquella boca roja y brillante. Como un poseído, le bajó la tanguita y la penetró con todas sus fuerzas. Le dieron al asunto aporreando las cuatro paredes. Esta vez duró más. Luego, Javier se subió la cremallera, le dio la espalda y apretó el botón del número tres.
Cuando abrió la puerta de su hogar, Ivonne estaba cenando. Tenía una voz ronca, horrorosa, así que Javier corrió a darse una ducha. Salió con la bata puesta, se sentó a la mesa.
-Ivonne -dijo- hoy despidieron a cuatro compañeros… de mi área, así… enfrente de todos. Entre ellos a Angel Gómez.
-Mal están las cosas -dijo Ivonne.
Había filetes y papas, tsurimi y galletitas saladas. No estaba mal.
-¿Sabes cuánto tiempo llevaba Angel trabajando allí?
-No.
-Siete años.
Ivonne guardó silencio.
-Siete años -dijo Javier-. A ellos les da lo mismo. Esos cabrones no tienen corazón.
-Hoy no me he olvidado del café, Javier.
Ivonne se inclinó y le besó mientras le servía.
-Voy mejorando, ¿eh?
-Si.
Terminó de servir y se sentó.
-Me ha bajado.
-¿Qué? ¿De verdad?
-Sí, Javier.
-Eso está muy bien, pero muy muy bien...
-No quiero un hijo hasta que no lo quieras tú, Javier.
-¡Hay que celebrarlo, Ivonne! ¡Con una botella de buen vino! ¡Iré por una después de cenar!
-Ya la compré yo, Javier.
Javier se levantó y rodeó la mesa. Se colocó casi detrás de Ivonne, le echó hacia atrás la cabeza, poniéndole una mano bajo la barbilla y la besó.
-¡Cuánto te quiero, preciosa!
Cenaron. Fue una buena cena. Y una buena botella de vino.
* * *
Javier salió del coche cuando ella subía por el pasillo. Ella le esperó y entraron juntos en el ascensor. Esta vez llevaba un vestido azul y blanco estampado de flores, medias y tacones negros. Llevaba otra vez recogido el pelo y fumaba un cigarrillo Benson and Hedges.
Javier apretó el botón de STOP.
-¡Un momento, amigo!
Era la segunda vez que Javier la oía hablar. La voz era un poco áspera, pero no estaba nada mal.
-Sí -dijo Javier-. ¿Qué pasa?
-Vamos a mi depa.
-Bueno.
Ella apretó el botón del número cuatro. Subieron. La puerta se abrió, salieron al corredor y fueron hasta el 404. Ella abrió la puerta.
-Bonito lugar -dijo Javier.
-Me gusta. ¿Quieres algo de beber?
-Claro.
Ella entró en la cocina.
-Me llamo Eunice -dijo.
-Yo, Javier.
-Eso ya lo sé, pero ¿cuál es tu nombre de verdad?
-Qué simpática -dijo Javier.
La chica salió con dos vasos y se sentaron en el sofá; bebieron.
-Trabajo en el Palacio de Hierro-dijo Eunice-Soy dependienta en corsetería.
-¡Qué bien!
-¿Cómo que qué bien?
-Quiero decir que qué bien se está aquí… los dos juntos.
-¿De veras?
-Claro.
-Vamos al cuarto.
Javier la siguió. Eunice terminó la bebida y puso el vaso en el buró. Entró en el baño. Era un cuarto grande. Eunice empezó a cantar mientras se desvestía. Cantaba mejor que Ivonne. Javier se sentó al borde de la cama y terminó su bebida. Ella salió y se tumbó a su lado, desnuda. Su vello púbico era mucho más oscuro que el de su cabeza.
-Bueno, ¿qué pasa? -dijo.
-Nada…-dijo Javier.
Se quitó los zapatos, luego los calcetines, se quitó la camisa, los pantalones, la camiseta, los bóxers. Luego, se echó en la cama, a su lado. Ella volvió la cabeza, y él la besó.
-Oye -dijo él-, ¿tiene que estar encendida la lámpara?
-Por supuesto que no.
Eunice se levantó y apagó la lámpara del buró. Javier sintió la boca de ella sobre la suya. La lengua entró, jugueteó. Javier se echó sobre ella. Era muy suave, olía muy bien. La besó y le lamió los pezones, la besó en la boca y en el cuello. Se pasó un buen rato besándola.
-¿Qué pasa? -preguntó ella.
-No sé -dijo él.
-¿Te sientes bien?
-No.
Javier se levantó y empezó a vestirse en la oscuridad. Eunice encendió la lámpara de la mesita.
-¿Tú qué eres? ¿Un fetichista de los elevadores o qué?
-No, no...
-Sólo puedes hacerlo en el elevador, ¿verdad?
-No, no, tú fuiste la primera, de verdad. No sé lo que me pasó.
-Pero ahora me tienes aquí -dijo Eunice.
-Ya lo sé -dijo él, poniéndose los pantalones. Luego, se sentó y empezó a ponerse los calcetines y los zapatos.
-Óyeme, grandísimo pendejo...
-¿Sí?
-Cuando estés en condiciones y me desees, ven a mi departamento, ¿entendido?
-Sí, entendido.
Javier ya estaba vestido del todo y en pie.
-Se acabó lo del elevador, ¿entendido?
-Entendido.
-Si vuelves a violarme en el elevador, voy a la policía. Te lo juro, cabrón.
-Sí. Está bien.
Javier salió del cuarto, cruzó la sala y salió del departamento. Llegó al elevador y pulsó el botón para llamarlo. La puerta se abrió; entró. El ascensor empezó a bajar. A su lado, había una jovencita, probablemente una mucama. Tenía el cabello negro, corto. Falda negra, blusa y medias blancas, zapatitos de tacón bajo. Era de tez morena, y sólo llevaba un toque de lápiz labial. Aquel cuerpo tan pequeño tenía un trasero sorprendente, de lo más atractivo. Sus ojos eran color castaño, muy profundos, parecían cansados. Javier alzó la mano y apretó el STOP. Cuando avanzaba hacia ella, la chica gritó. Él le dio un par de cachetadas, fuertes, sacó un pañuelo y se lo embutió en la boca. La sujetó con un brazo por la cintura y le dio vuelta, apretando las suaves y redondas nalgas contra su entrepierna. Mientras ella le arañaba la cara, le subió la falda con la mano que tenía libre.
Lo que vio le gustó.
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