Para Yuly.
Espero que sea la voz de una despedida que no pudiste dar.
Caminaba sola y triste, se lamentaba. Su corazón frágil como hojas marchitas y tan vago como el humo. Sus ojos se ahogaban en un océano de fuego. Corría sobre la planicie huyendo de un mundo sucio, corrupto y caótico. Ese mundo al que mucho otros llamaban “la realidad”, donde reinaba la hipocresía, la ambición y el egoísmo. Corría a un “allá”, hacia un algo, no sabía hacia qué, lo único que esperaba era que fuera su fiel compañero quien pudiera alzar galope sobre los rostros de quienes le habían hecho daño.
De repente se detuvo de golpe y con ojos húmedos contempló a la orgullosa figura que la observaba desde el otro lado de la cerca. Esa figura erguida, cuyo pelaje como el tabaco se levantaba firme contra la dura llovizna de esa mañana, cuya grupa necesitaba, más que una montura, un corazón. Esa figura en cuyos ojos también se pronunciaba el nacimiento de un río.
- ¡Cacique! – grito ella, con la voz empantanada.
Y las cercas desaparecieron con la lluvia. Las aguas se hicieron resplandecientes, como las lágrimas que caballo y niña compartían. La luz brillaba sobre la crin negra del animal, sobre la tímida mancha blanca en medio de sus ojos, sobre su cuerpo de roca. Los corazones palpitaban al unísono, amarrados en un abrazo líquido. Las dos especies se miraron a los ojos, felices de poder comprenderse en aquel lenguaje mudo que compartían. Luego, después de que ella saltara sobre él, dejaron de ser dos y el corazón de aquella nueva criatura palpitaba al ritmo de su galope.
Los cascos resonaban como sobre rocas, aunque el suelo se había transformado en un río. La niña abrazada al cuello de aquel animal, olvidaba sus penas con cada paso.
Pronto, tras un chapuzón, se hallaron en un bosque espeso, un bosque con aroma a caña y arrayanes, un bosque único que solo ella podía imaginar, un lugar con aromas dulzones y agradables que acariciaban su piel y la impregnaban con rocío. Cabalgaron horas enteras con la dicha inquebrantable que solo el amor puede otorgar, una dicha demasiado hermosa para vivir en aquel mundo descompuesto del que huían.
El Cacique de aquellas estepas se detuvo con suavidad en un claro. Llevaban horas cabalgando y la noche les había alcanzado. La niña se apeó y se recostó sobre un tapete de flores. Las lágrimas habían desaparecido. En su lugar, el perfumado rocío humectaba sus mejillas.
Con los ojos cerrados percibió en su cabeza un pensamiento, un mensaje sin palabras, enviado por aquel corazón mudo del cual acababa de desmontar.
Nunca estarás sola y nunca las lágrimas te recordarán esta tristeza. Será el aroma a caña y hierba que desde hoy llevas en la piel, el recuerdo más hermoso de nuestra amistad, de nuestras tardes comiendo panela con los cuerpos echados en el pasto, de nuestro cabalgar que no ha terminado todavía.
De pronto, se sintió sola y abrió los ojos. Su amado compañero, su querido Cacique la había dejado allí sola, y ella, con rocío en sus ojos, solo pudo sonreír.
***
Yuly despertó al sentir la humedad en su almohada. Sus lágrimas tenían un aroma conocido. Su compañero también despertó.
- ¿Estas bien? – inquirió él, aún medio dormido. Ella le miró a los ojos y acarició su cabello. – Estoy bien, solo un sueño extraño, eso es todo.
El se quedo dormido de nuevo, ella se recostaba sobre su pecho. Y mientras el rocío se posaba una vez más al borde de sus ojos, ella sonrió. Sus corazones también latían al unísono. |