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Inicio / Cuenteros Locales / josef / Kasandra Klein. Selva.

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Nunca olvidaré aquellos ojos claros de cristal que parecían atravesarme y tal vez lo hicieran la vez que me encontré con ella. Antes, mucho antes, ya me habían referido que Kasandra Klein era una demente peligrosa. Me dijeron que había perdido la razón cuando el hombre al que amaba la traicionó; y que era una asesina que presa de odio y celos dio muerte a un marido infiel. Aunque, de forma misteriosa, la policía nunca halló una prueba que la involucrara en tan escabroso asunto.

Yo estaba en el Brasil; en la Amazonia, en su capital Manaos. Mi tarea: realizar faenas de prospección mineral.

Nada más llegar, desde la ventanilla del aeroplano, contemplé admirado uno de los espectáculos más sobresalientes que nos brinda la naturaleza: la unión del río Negro y el Amazonas. Ambos componen dos franjas, una amarillenta y otra oscura, que antes de combinarse de forma definitiva fluyen en paralelo durante cientos de kilómetros.
En cuanto a ella…

De ella decían vivía oculta en la selva, justo en el área que me destinaron.

Instalamos el campamento en las cercanías de Manacapurú. Íbamos acompañados por un par de guías indígenas pertenecientes a la desaparecida tribu de los “Hombres Murciélago.” Buscábamos yacimientos de casiterita y minerales del hierro: hematites, pirita, y plata sobre todo. También estaban: Loncar, un croata pelma al que había que soportar de día a cambio de escuchar sus bellos conciertos nocturnos de guitarra; Steve, el americano fumeta, que se pasaba días colgado de marihuana; Joao Fungairinho, el brasileño Supervisor que nos enganchó el Servicio de Protección de la Región de la Amazonia, y que sólo estaba ahí para velar que no ocultásemos ningún tesoro a sus espaldas, y adjudicar un tanto por ciento de nuestros descubrimientos a su adorada nación. Cinco operarios de la “Research Lamp & Co.” y yo Juanjo Perlás, al servicio de todos y de todo; pues no en vano era – todos lo afirmaban, no yo – uno de los mejores especialistas en prospecciones sobre el terreno.

Tras permanecer semanas envuelto en la bruma eterna de la selva ya nada vuelve a tener el mismo sentido en tu existencia. Algo cambia y pulveriza los esquemas que uno tiene forjados sobre la temporalidad de la vida. La selva destruye el tiempo; las horas se consumen sin que uno sea consciente de que realmente las vive. Esto tal vez sea debido a que en realidad la selva poco a poco roba tu tiempo, pues se alimenta de ti como si fueras un desecho orgánico más. En cuanto a la casiterita, hierro plata y demás, ni rastro. ¿En qué había fallado? Cuando fui yo mismo quien sugirió que en aquel área habría por lo menos uno de los tres minerales.
A la cuarta semana comenzó a llover y no dejó de hacerlo hasta el segundo mes de desesperación. Sólo entonces y un día, llevado por el ansia y un descorazonador presentimiento, cometí la imprudencia.

Me desperté más temprano que nadie; algo ahogaba mi interior sin permitirme dormir, de pronto lo comprendí. Quizá hubiéramos incurrido en un error de cálculo y estar excavando tres kilómetros más al este del lugar adecuado. Tal vez bastara desplazarse esos tres kilómetros hacia el oeste y el yacimiento, estaría ahí, me planteé de súbito alumbrado.
No lo pensé más. Rápidamente me puse los pantalones impermeables, las botas, el casco de prospecciones con su linterna, agarré el mapa y tomé un machete para abrirme paso en la espesura.
Al salir del barracón me topé con los “Hombres Murciélago.” Permanecían acuclillados en el suelo mientras dialogaban en su cloqueante dialecto. Se volvieron a mirarme de soslayo. Les devolví la mirada y les comuniqué que iba tres kilómetros al oeste y en seguida estaba de vuelta. No parecieron inmutarse, aunque tampoco mostraron disposición alguna en acompañarme. Los dejé murmurando y de forma progresiva fui internándome en la selva.

Avanzar tres kilómetros en campo abierto no supone esfuerzo alguno, sin embargo, nadie que haya estado antes en la selva puede hacerse una idea de lo que resultan tres kilómetros en su interior. Salí a las cinco de la madrugada y fui progresando a razón de cuatrocientos metros por cada hora. Hasta las doce del mediodía no alcancé el punto que consideraba adecuado.
Saqué la pala manual de mi cintura comencé a cavar y mi asombro fue incrementándose, pues no lograba explicarme en qué radicaba mi error. Mi intuición siempre estuvo basada en los estratos minerales y solía resultar infalible. Sin embargo, en aquel lugar nada coincidía.
Cavé, extraje y examiné gran número de rocas con detenimiento, y cuando se me ocurrió volver a mirar el reloj descubrí que habían transcurrido más de cinco horas. Ya eran las seis y pico de la tarde y pronto oscurecería. Debía regresar, de lo contrario, me arriesgaba a perderme.
Me introduje en el túnel abierto en la fronda y comencé a progresar, pero en un momento determinado una bruma espesa que se entremezcló con la turbia penumbra del follaje, logró hacer de mí un muchacho asustado. Di media vuelta y retorné al espacio que había abierto en la espesura. Entonces me di cuenta de mi imprudencia. No llevaba walkie talkie, comida, ni el rifle. Sólo una cantimplora medio vacía y un plátano marchito. Lo mejor era no moverme del lugar y esperar, me dije tiritando de nerviosismo. Sin duda, al no verme regresar, los Hombres Murciélago darían conmigo.
Transcurrieron horas, cayó la noche y la selva se convirtió en el lugar más tétrico del mundo. Me hice un ovillo y conté hasta cien mil, luego canté entre dientes, a continuación conté un chiste y hablé con el propósito de romper el silencio y olvidar los rumores y estridencias que la selva emitía para atemorizarme, y que en realidad me producían un nudo en el estómago. Y a todo, ni un Hombre Murciélago, ni un disparo. ¿Dónde estaban? Desesperado recuerdo que en un momento dado comencé a gimotear.
Solo entonces oí aquella voz suave, casi dulce, musitar a mi lado y dejé de pensar…
- Vamos niño, dime ¿por qué lloras?
Preso de un sobresalto efectué un giro brusco y me topé con ellos. Con aquellos ojos de cristal fijos en mí.
- Selva te protege. No merece la pena que llores ni grites ni temas…
Alargó una mano y me dijo.
- Niño ¡mira qué bonito! Has nacido para ver crecer a nuestro lado este mundo de orquídeas y luciérnagas.
Se incorporó y se puso a caminar. Comencé a seguir a la mujer o eso me pareció. Una bella mujer. Enseguida me di cuenta. Perseguía a una sombra que con agilidad sorprendente se encaramaba a los árboles, subía, trepaba, descendía...
- Dime niño… ¿Por qué lloras?
- ¿Yo? Por nada...
Respondí con voz confusa y alterada. Y ella, desde detrás de un árbol, contestó.
- ¡No por nada! Nadie llora por nada. Ni siquiera el niño llora por nada...
Tenía unos cabellos largos, rubios y suaves, que al alumbrarse con el haz de mi linterna resultaban finas fibras de oro. Extendió los brazos al aire y continuó.
- ¡Hasta yo lloro niño! Lloro de la belleza que me rodea.
Se escurría entre los árboles, efectuaba eses entre ellos; en tanto sus pulseras y pendientes despedían radiantes destellos en la oscuridad. A veces saltaba como una niña traviesa, me sujetaba de las manos, y proseguía.
- ¡Lloro de la alegría que me produce vivir en libertad! Pero también lloro de la maldita maldad de la gente que vive al otro lado de la selva, y miente como yo mentí. Y aún hoy sigo mintiéndome y muriéndome y lloro por dentro…
Alzó los brazos con los puños fuertemente cerrados y profirió.
- ¡Soy una eterna mentirosa miento y miento sin cesar!
Se detuvo ante la reducida brecha de una caverna, hizo una seña y me indicó que la siguiera a su interior. Lo hice con precaución. Ella dijo distraída.
- Serás mi invitado.
Accedimos a una bóveda que quizá no resultara mayor que una capilla, y de inmediato me sorprendí. No, casi grité de la emoción, pero me contuve. Pues ante una pequeña hoguera y el haz de mi linterna, las paredes el techo y en realidad toda la sala relumbraba en plata. No me fue necesario hacer comprobaciones, lo supe con claridad. Estaba en un filón del precioso metal.
- ¿Te gusta mi hogar…?
Me preguntó con regocijo. De pronto echó a correr con ímpetu hacía mí, se detuvo, saltó sobre una roca y superándome en altura me dio un tierno beso en la frente.
- Bienvenido, dijo.
Entonces yo, con torpeza inusitada, no tuve mejor ocurrencia que preguntar.
- Tú… eres Kasandra Klein. ¿Verdad?
Bajó de la piedra y desapareció un momento en una cámara contigua. Regresó y me ofreció una bebida templada, agradable y deliciosa.
Se sentó con las piernas cruzadas. Sus ojos se dilataron hasta salirse de las órbitas. Entonces dio la sensación de sentirse por primera vez molesta y dijo tajante.
- Y qué importa quien sea…
- ¿Lo… eres? La apremié.
- No… Kasandra Klein ya no existe. Ha muerto. Muchas, demasiadas veces... Yo soy ¡Selva!
Y alzando los brazos, clamó.
- ¡Yo Selva he sido mala y maté! ¡Maté a Kasandra porque ella se volvió mala y mató a quien también se había vuelto malvado! ¡Todos somos malos ahora!
- Ya. Pero…
- ¡Ahora soy aire… soy lluvia, soy fuego…
soy vida, soy… amor…!
Se detuvo un instante y pareció mirarme con ojos inquisidores.
A continuación, mientras me señalaba, sentenció.
- Y tú también. Te confundí con niño. Pero tú eres de los del otro lado. No, eres peor. Yo te he visto. Tú estás en el grupo que remueve la tierra. Eres el hombre que destruye la selva y el mundo. ¡No quieres a Selva! Tú eres hombre sin corazón.
- No, yo en realidad...
Estaba ofendida y reaccionó. Aunque, la verdad, su candoroso aspecto de niña revoltosa no encajaba en absoluto con aquella cruel asesina y demente de quien me habían hablado.
- Tú eres malo también...
De súbito su expresión varió y volvió a sonreír. Y, sin mirarme, mientras jugueteaba con los huesillos que componían su delicado collar, dijo.
- Niño… ¿No aprendes de la naturaleza?”
- Yo…
- Que no se debe dañar o se volverá contra ti.
- Sí, pero…
- Que gracias a ella naciste, respiras y vives.
Sus ojos se entrecerraron y en un débil murmullo prosiguió con una letanía.

“El agua es bella y buena pues sacia la sed.”
El fuego calienta y alimenta cuando llega el frío y la humedad.
Busco la luz del sol en las cimas de los árboles
Canto a la luz de la luna.”
Y mientras el viento me indica el camino a seguir, el rayo señala cual no he de tomar.”
La lluvia me rocía igual que a las plantas y purifica el corazón.
“Y las plantas dan sombra, medicinas y sobre todo flores y olores agradables con los cuales aprendo a soñar.”


Cesó de hablar. Permanecí mirándola fascinado, con desconcierto, sin saber exactamente qué decir. Fue ella quién habló y me preguntó con seriedad.
- Quizá pensarás: Qué absurdas palabras son esas, pero no. ¿Aprendiste ya algo?
Sólo acerté a balbucear un tímido.
- Sí…
Ella puso una de sus manos sobre mi frente y enardecida, dijo.
- ¡Hoy he vuelto a nacer! ¡A vivir! ¡He vuelto a soñar que soñaba…!
Se contuvo. Su semblante cambió por completo, en el se instauró la alegría, y añadió.
- Sólo si dices que me amas seremos felices.
Se hizo una pausa de silencio. Como si se hubiera dañado retiró la mano de mi frente, me miró con extravagancia y dictaminó.
- ¡No! Lo veo en tus ojos. Apenas vislumbras nada.
De pronto se echó a reír y dijo con entusiasmo.
- ¡Pero no te preocupes! ¡Esas cosas no se aprenden en un día!
Y sugirió.
- Haremos algo.
- ¡Ve y aprende a ver y cuando aprendas vuelves a mí!
A continuación se incorporó y dijo:
- Ahora sígueme...
La seguí… Bueno. En realidad seguí sus ojos en la oscuridad, brillaban como estelas en el firmamento.

Pasada la media noche, tan rápido como habían surgido, desaparecieron y frente a mí surgieron los ojos de los “Hombres Murciélago.” Nada más reconocerlos pregunté.
- ¿Por qué no vinisteis?
Para mi asombro, ellos, muy tranquilos, contestaron.
- Sabíamos que estabas en casa de “Selva” y que ella te devolvería a nosotros.

Esa misma noche convoqué una reunión especial y a la mañana siguiente levantamos el campo.

No he vuelto a ver la selva ni a “Selva”, porque creo que no aprendí como es debida la lección; pero una cosa sí es cierta. Nunca podré olvidar aquellos ojos claros de cristal.





José Fernández del Vallado. Josef. 2008.




Texto agregado el 09-06-2008, y leído por 197 visitantes. (25 votos)


Lectores Opinan
2008-07-02 22:56:20 Interesante relato que me ha conmovido. Me ha dejado reflexionando. Creo que de eso se trataba. Felicidades. Saludps. Jazzista
2008-06-25 15:41:08 Fantástico y evocador relato, aquellos ojos claros.....subyugantes..... Enhorabuena Alejandro_1 007
2008-06-17 12:37:12 Los misterios de la selva, rueda mi imaginación sin parar y siento lo que ella, una bella historia. ***** Besos lagunita
2008-06-13 11:42:12 Hermoso relato que expresa sensibilidad y amor a la naturaleza con un estilo que me ha recordado los libros de aventuras de Emilio Salgari. Comparto esa sensibilidad y amor, pues en el fondo de nosotros mismos, queremos lo mejor para nuestro mundo. Lastima que en el fondo de algunas perssonas, solo anide el interes por llenarse el bolsillo, incluso pasando por encima de la naturaleza. Mis 5* acuariana
2008-06-12 14:06:08 Excelente y con un gran mensaje que deberíamos tomar en cuenta. Gracias. 5*s Dulce_Tammar a
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