A Masaru
Va la pelota rebotando
al igual que una piedra tirada al agua
y las ondas no son mas que los círculos
estampados en la cancha.
Arriba, se deslíe la cascada del sol,
entre una sola, única roca,
es solo la canasta pendida hasta arriba,
que disloca las sombras de sus hebras entre el suelo,
y la piedra va tomando el suficiente vuelo
de una mano
para penetrar en ella, solo, triunfalmente,
y asemeja en el acto el encesto
solo una sonrisa que se cuela entre los labios.
Japón esta ahí.
Única, imprescindible,
con más de cien hijos en su seno.
Desde lejos se logran ver sus lunares,
siluetas de sus inmensos rascacielos,
sombras de sus cuerpos metálicos
ascendidos,
escarpando con murmullos el silencio.
La tecnología extendida,
alzando videojuegos en las salas de las casas.
¿Y quien se preocupa por estar afuera?
Solamente el silencio y la monotonía
de la calle vacía.
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