Hoy es dieciocho de Junio de 2048 en la ciudad de Buenos Aires.
Tan sólo quedamos vivos siete personas.
El resto la ha ido abandonando durante la última década. Eran algunos cientos de miles de habitantes que sobrevivieron a la Gran Radiación del año 2019 y que al final se fueron a vivir a ciertas zonas rurales de la provincia donde se supone que están a salvo viviendo bajo pantallas de argón sólido y policarbonato. Digo se supone aunque en realidad no lo sé. La Gran Radiación no sólo acabó con mucha de las formas de energía en el planeta sino que también impidió para siempre la emisión de toda onda electromagnética.
Eso supuso el fin de la comunicación entre la gente. O por lo menos de la comunicación tal como la concebíamos en el momento del desastre. Creo que hay gente en la provincia intentando utilizar algún tipo de paloma mensajera que aún no haya mutado en reptil pero no estoy seguro. Lo escuché una tarde en una de mis caminatas hasta el Puente Alsina. Un hombre me gritaba eso y alguna otra incoherencia desde el otro lado del Riachuelo.
Es extraño.
Tengo casi toda la ciudad a mi disposición y últimamente lo único que hago es peregrinar hasta la zona sur para tratar de ver y de atisbar Valentín Alsina, el barrio de mi niñez. Me siento en las barandas metálicas del puente y desde allí arriba contemplo durante largas horas el paisaje, rodeado de un silencio que ya ha dejado de causarme impresión hace bastante tiempo.
La Gran Radiación mató de manera instantánea a todos quienes se encontraban al aire libre. Algunos de los que estaban bajo techo, en cambio, sobrevivieron algunas semanas antes de morir. Y una cierta cantidad de gente no precisada (algunos hablaban de mas de cien mil personas) escapó hacia las zonas rurales luego de descubrir que estaba a salvo debajo del argón y del policarbonato.
Tan sólo diez personas permanecimos normales. Y esto de “normales” no deja de ser un eufemismo. Los diez nos encontrábamos (por diversos motivos) debajo de la bóveda de acero de la casa central del Banco Nación. Siete hombres y tres mujeres, todos de bastante edad. En especial las mujeres, que eran todas ancianas y que estaban controlando sus valores y joyas atesoradas en cajas de seguridad individuales.
En aquellos días de caos, de desorganización, de violencia y de saqueos que sucedieron en los primeros tiempos yo me refugié en mi casa y creo que eso me salvó de la muerte. Por increíble que parezca, los miles de sobrevivientes se enfrentaban entre ellos con violencia, intentando apoderarse de la mayor cantidad de bienes (que por otra parte estaban a mano de cualquiera) o tratando de imponer su poder y sus ideas sobre el resto.
Unos llamados Comandos Argentinos terminaron por imponerse y trataron de instrumentar el orden y la seguridad en la ciudad. Y entre las prioridades sociales fijaron la consigna de enterrar a todos los cadáveres usando palas excavadoras y fosas comunes mientras todavía se dispusiera de energía. Aunque también yo he visto a los muertos flotando sobre el Río de la Plata, cual si fuera el Ganges.
Luego todos se fueron al campo.
Los diez que estábamos debajo del acero blindado del Banco Nación permanecimos en la ciudad.
Un último comité de científicos nos estudió varias semanas y al final dictaminó que no podíamos, ni debíamos traspasar los límites de la ciudad porque sino moriríamos de inmediato.
La Gran Radiación (entre otras cosas) trajo inauditos cambios en las leyes físicas y hasta las relacionó con los límites políticos de la geografía. También puso el ADN y los genes de las personas en función del tiempo solar.
“Si se quedan dentro del perímetro de la ciudad vivirán exactamente 100 años”.–dictaminó el comité. “Y si lo traspasan morirán de inmediato”.
Y lo extraño es que nunca pensé en suicidarme.
Me quedé simplemente en la ciudad, aprovechando todo aquello que se encontraba a mi disposición, escribiendo un diario y comiendo las frutas y verduras de las huertas urbanas.
Con el grupo de los diez del Banco Nación nos encontrábamos una vez por mes en el Café Tortoni. Al principio nos resultaba extraño ver desierto al café Tortoni pero después nos fuimos acostumbrando.
Las ancianas, como era de esperar, se fueron muriendo justamente el día de cumplir cien años.
Los que sobrevivíamos las llevábamos en carro y la enterrábamos en la Chacarita.
Y así ha ido pasando el tiempo.
Siete hombres solos y bastante mayores custodiando el espíritu de la Ciudad de Buenos Aires.
Y entonces todos nos dedicamos a cantarle. A escribir narraciones y relatos. Tangos y temas musicales. Poemas, novelas e historias triviales que pudieran perpetuarla en el tiempo y en los años.
En mi caso particular, sin embargo, he dejado esta mañana de escribir el diario.
He venido a sentarme en la baranda del Puente Alsina con la esperanza de recordar de alguna manera a mi infancia y a mis padres. Y a mirar al Riachuelo que oscila en dirección del río como una tortuosa senda.
Hoy cumplo cien años.
Y uno de los dos, la ciudad o yo, comenzará a ser leyenda.
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