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Inicio / Cuenteros Locales / josef / Lecciones de amor...

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Era una damita muy bella que vivía en una barriada muy pobre donde las adelfas no crecían porque el sol nunca alumbraba ya que el verano no existía. Vivía soñando con que la vida alguna vez cambiaría pero eso nunca ocurría y la juventud se le escapaba de las manos cual promesa perecedera y esquiva.
Era un hombre que no era guapo listo ni bondadoso, aunque tampoco mediocre, en realidad ni él mismo sabía quién o qué era a esas alturas; vivía en la misma barriada, lugar donde los jilgueros hacía décadas dejaron de cantar, ya que la única estación era un invierno gris y tenebroso. Soñaba con que la situación alguna vez cambiaría, pero eso nunca ocurría, y podía intuir su vejez como la más firme promesa que obtendría en su vida.

La mujer vivía encerrada en su casa las tres cuartas partes del día y el hombre hacía lo mismo, puesto que salir ya no suponía aliciente para ellos, y cuando lo hacían, se encontraban con la dura irrealidad de quienes pretendían vivir como si nada ocurriera. Pero al menos esas gentes, esos amigos de antaño, vivían con la vista, sentidos y sentimientos, despiertos y activos fuera de sus casas.

Cansada de estar encerrada sin hacer nada, un día, la mujer decidió salir a buscar trabajo. Tras merodear sin sentido por el barrio, encontró un puesto de prostituta en una casa de citas de bastante caché.
Al día siguiente, harto de chatear siempre con el mismo grupo de clones, el hombre decidió salir a dar una vuelta; y tras merodear por el barrio sin rumbo, acabó en la misma casa de citas.
Con sus últimos cincuenta euros en el bolsillo y apremiado por una urgencia sin límites físicos aunque sí monetarios, exigió lo que nunca había solicitado: La puta más guapa pero a la vez la más barata del lugar. Y, cómo no, le presentaron a Anabel.
Una vez en la alcoba Jacinto descubrió que Anabel era fabulosa, pero no haciendo el amor, sino danzando; y Anabel reveló a su vez que Jacinto no tenía idea sobre cómo hacer el amor, pero contaba unas historias realmente seductoras.

Jacinto comenzó a visitarla a menudo; transcurrieron meses. Ambos se encerraban en la habitación y charlaban y bailaban sin cesar durante horas. Entonces la Madame se dio cuenta de que a mayor número de horas menor ganancia para su cofre, con lo cual prohibió las visitas de un cliente tan poco satisfactorio.

Para su sorpresa Anabel encajó la prohibición sin chistar y a partir de ese momento se convirtió en prostituta ejemplar, batiendo todos los record de ingresos de su burdel. De pronto, hasta los clientes más reputados se peleaban por acceder a su dormitorio.

Recelosa, la Madame hizo abrir un agujerito para espiar la estrategia de Anabel, y al presenciar la actividad que tenía lugar se quedó sorprendida y envidiosa.
Descubrió que, mediante una escala, Jacinto accedía a la habitación; a continuación hacían pasar al cliente. Lo acomodaban en una confortable butaca y comenzaban. Jacinto abría un tomo de las mil y una noches y emprendía el relato de una de sus historias con una voz tan modulada, que parecía un capítulo radiado; mientras, Anabel ejecutaba una danza con un erotismo y sensualidad incontestables. De tal forma los clientes acababan enamorados de la belleza y sensualidad de Anabel, hasta el punto de no desear siquiera tocarla, pues llegaban a profesarle tal respeto que la consideraban una musa y la compensaban y adoraban aportando grandes sumas de dinero. A cambio, ella tan sólo les rogaba un detalle; el más discreto silencio.

Como es natural aquello beneficiaba a la Madame quien había ido ampliando su burdel, pero sus más de veinte prostitutas no daban un palo al agua; siendo Anabel la única que oficiaba por todas.

Un fin de semana tras más de cincuenta actuaciones de Anabel, siendo ya medianoche, la Madame decidió sorprenderla, poner término a su espectáculo y retomar su verdadera y sórdida labor.

Seguida por las demás, ascendió las escaleras que llevaban al cuarto abuhardillado de Anabel, llegaron al rellano y con ímpetu comenzaron a golpear la puerta exigiendo se las dejara acceder. Tras insistir varias veces la Madame se aferró al picaporte giró y sin la menor tensión la puerta se abrió, quedando todas ellas sujetas unas a otras a punto de precipitarse por la rampa que se abría a sus pies. La situación era la siguiente: No había habitación, sino un espacio vacío.
Proveniente de la oscuridad, sobre sus cabezas, se escuchó una bella y dulce letanía. Había luna llena. De forma instintiva una tras otra volvieron su mirada hacia el astro y allá, recortándose contra la claridad de la luna, divisaron el perfil de Anabel y a su lado, sentado en la butaca el de Jacinto. Recitaba en alto como Sherazade narraba el último cuento de las Mil y una noches. Habían terminado de impartir sus lecciones y juntos, emprendían un nuevo camino que cada vez les llevaría más cerca del auténtico amor...

José Fernández del Vallado. Josef. Junio 2008.

Texto agregado el 12-06-2008, y leído por 134 visitantes. (12 votos)


Lectores Opinan
2008-06-28 06:58:40 Hermosa historia amigo Josef. Tus cuentos tienen la virtud de trasmitir emotivas imágenes que atrapan y trasportan al lector a vivir la historia. Como siempre genial. petzenko
2008-06-25 04:13:03 Encantadora tu narración, digna de ser una de las Mil y una noches, Tefelicito. Un abrazo carlitoscap
2008-06-23 23:37:27 bellisima historia, bellisima. marfunebrero< /a>
2008-06-20 00:43:30 ¡Que hermosa historia!! He volado junto a los protagonistas del cuento, gracias a tu pluma e imaginación.***** tequendama
2008-06-18 17:04:16 Fantasía y amor a flor de letras. Letras que, por lo bien plasmadas, hechizan al lector. Narrativa, bellamente contada que hacen que el lector vislumbre el escenario con su danza y sus protagonistas: Anable y Jacinto, en su mundo particular, en su mundo único, donde sólo hay cabida para el romance y para la magia. ¡Qué bonito, te quedó tu cuento! Te felicito. Sofiama
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