Salí de excursión junto a la escarpa de la Cabra Montés. Llevaría recorridos dos kilómetros cuando descubrí una brecha que nunca había observado con anterioridad, y que me permitiría ascender a unos peñascos que siempre quise coronar.
La abertura me introdujo en una pequeña covacha en cuyo extremo había una salida.
Desde la oquedad divisé un zócalo de granito; para llegar hasta el era preciso superar un saliente abombado.
Obcecado con la tarea empleé más de hora y media en intentarlo y sólo cuando estuve al otro lado, satisfecho sobre la basa de granito, fui consciente de la trampa natural en la que había caído. Bajo mis pies se abría una desplome de unos diez o doce metros, a mi izquierda el panorama estaba igualmente vacío, en cuanto a realizar la proeza en sentido inverso, según constaté, resultaba imposible. Sólo había una salida y a la vez también una trampa sin vuelta; seguir ascendiendo.
Sobre mi cabeza una fina grieta me proporcionaba la posibilidad de introducir los dedos y trepar hasta su final siete metros más arriba, donde una roca empotrada entre ambos extremos de la hendidura sería mi único sostén. Superada esa locura, calculé, coronaría.
Inicialmente temeroso preferí gritar pidiendo ayuda.
Transcurrida una hora larga anochecía, continuaba sin recibir ayuda y por supuesto, sin saber qué hacer. Me armé de valor, encajé mis manos en la fisura y con un cuidado, luchando contra un miedo atroz, proseguí la ascensión con una idea fija; alcanzar la roca donde se cerraba el resquicio, superarla y llegar a la cima.
Me di cuenta de repente; lo que había comenzado como mera diversión en una zona sin aparente peligro de la sierra, era ahora una lucha por la supervivencia.
Alcancé la roca, me agarré a ella y entonces fui consciente del peligro; se balanceaba, y en cualquier momento podría desprenderse. No lo dudé. Deposité todo mi peso sobre ella, me impulsé hacia arriba y justo cuando progresaba comenzó a ceder. Transcurrieron milésimas angustiosas, volví la mirada tratando de alcanzar la superficie que estaba sobre mí, vi la mano, me solté de la piedra y me aferré a ella con ambos brazos y toda mi fuerza. La mano tiró de mí y me izó sobre la pendiente, luego me liberó.
Terminé de encaramarme con manos y pies los últimos tres metros sobre la roca.
Un setter irlandés de color rojizo descolorido vino a recibirme moviendo la cola y me lamió la cara con regocijo. Hacía años pensé, también yo tuve uno igual.
Un tipo delgado y alto estaba a su lado. Me puse de pie, me ofreció un cigarrillo de mi marca preferida. No fumaba desde hacía diecinueve años, aún así lo acepté y di una calada con gusto. Entonces levanté la mirada, descubrí el semblante de mi hermano sonreír a mi lado y lo supe: Mi tentativa había fracasado.
Mi hermano estaba muerto desde hacía quince años, y Humberto, el setter que se sentaba a mis pies, hacía más de veinte.
Me miró con ironía, pasó un brazo sobre mis hombros, y dijo.
- Vamos. Es mejor descender por el reverso sencillo...
José Fernández del Vallado. Josef. Junio. 2008
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