Pese a negarme a la resignación, esa tarde tuve la innegable certeza de que Anabel había elegido el camino del dolor, empecinada en llamarlo Esperanza.
Era la tarde del flamante '88, muy bien que la recuerdo, cuatro meses ya transcurridos desde la partida de mamá; la celebración del Nuevo Año en aquella ocasión fue una sucesión de escenas sobre un tablado conocido al que parecíamos ajenos, como de otro mundo.
El encarnizado silencio de su risa alegre y de notable sonoridad, flotaba en el aire como lastimoso trino de ave herida. Las copas de cristal entrechocándose durante el brindis emitían un quejoso tintineo huérfano de sus labios. Allá, fuera de la casa, tras los ventanales, los fuegos de artificio se nos antojaban trazos ansiosos de señalar su paradero. Por la mañana el sol se desperezó como cada día, sin embargo en nuestro hogar irradiaba ausencia. Y a la hora de la siesta llevé a mi hermanita menor a la playa, previo desalojar a los pesares de todos los bolsillos de mi alma y ocultarlos bajo el jazmín, con el propósito de lograr hiciese ella lo mismo con los suyos pero muy profundo en la arena. Mis denodados esfuerzos por recuperar para el mundo el verdoso brillo de sus ojitos, fueron del todo vanos, ellos simplemente se extraviaron en el estival espacio de la inmensa nada con que mamá lo roció todo antes de irse, sin embargo Anabel se guardó celosamente su sonrisa en cada célula dérmica de sus tibias palmas, y dolía...era notable; se evidenciaba en la indiferencia de su mirar ante mi payasesca actuación, porque este se hallaba en la sufriente tarea de perforar toda frontera en busca de mamá. "Va a volver" -porfiaba- "Acordate, Meche, va a volver"
Yo sabía que no era así. Siempre lo supe. Ella, nuestra madre, deseaba morir en su tierra
-veleidades humanas- no sin antes disfrutarla todo el tiempo que su destino le permitiese.
Ayer Anabel estrenó título de "Mamá". Con su anuencia y la de su marido quise agasajarla con mi toque personal de amor, acondicionando su casita mediante esmerada concepción de nido.
Una hoja de papel repentinamente planeó hasta tocar el suelo, mientras yo reacomodaba los libros de mi hermana menor; la tomé curiosa entre mis manos y los años se lanzaron en vertiginoso retroceso. Azules de cielo y río la estampaban, y sobre un desteñido ocre de arena se recortaba la gruesa silueta de una mujer encinta envuelta de igual azul, afanosa por atraer, con su cómica actitud de pocear la arena, la atención de una niña de rostro vuelto hacia el norte.
Entre nubes de lágrimas alcancé a leer al pie del dibujo:
-"Meche y Yo". (Verano del '88)-
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