MILHOJAS
Justo a mí, me vienen a preguntar si conocí al finadito Feliciano Díaz...
¡Cómo no lo voy a conocer! Fue el hombre que condicionó el abandono de mi carrera de seminarista antes de comenzarla, el que arruinó mi vocación de sacerdote. Una sola acción suya, sólo una, la última, me bastó para calarlo e ilustrar su verdadera condición.
Todavía vestía uniforme de sargento de Policía de la provincia, cuando ya era un respetadísimo Sacristán. Su aproximación a la iglesia la atribuían a un pago de deudas, se rumoreaba, chismes de pueblo, que sumaba más de una muerte en cumplimiento del deber. Era alto, elegante, serio; un ejemplo de samaritano. Los monaguillos de Santa Rita le imitábamos desde el modo solemne de persignarse hasta la forma de escupir. Lo respetaban hasta los perros.
Feliciano Díaz estaba respaldado por la catequista mayor, la señorita María, telefonista jubilada, conocida como “María Rebenque”, por sus particulares métodos de impartir la doctrina. Vale recordar cuando escuché a tía Edelmira contar a mamá el trágico final del vasco Ilagorriaberría, un tambero de Oliden; según un tío de ellas, testigo ocular del hecho, lo apuñalaron por la espalda, en un quilombo de Cañuelas, días antes del que iba a ser el de su casamiento con María.
El Sacristán, también contaba con el apoyo del padre Castillo, recién llegado a la parroquia en reemplazo del padrecito Romero, que se había jubilado después de haber acristianado a medio pueblo.
Juntos, formaban un triunvirato con poderes parroquiales absolutos.
Esa tarde, Ángelo y yo habíamos terminado de baldear el templo, sólo nos faltaba encerar los bancos. Mientras se oreaba el piso decidimos tomarnos un descanso y dar unas pitadas en la sacristía, que estaba una bendición de fresquita.
Apoyados en la ventana, soplando el humo para afuera, por si acaso, fue cuando divisamos a la acalorada Lucía, una de las monjitas del asilo de ancianos, atravesar a tranco largo la plaza principal, cargando dos enorme paquetes y enfilar derechito hacia la iglesia. Cruzamos cómplices miradas con el “gringo” y ni una palabra, nos perdimos debajo del escritorio del cura. Sólo verla producía un calor insoportable, ni imaginarse ir a darle una mano.
Creo que ni alcanzó a despedirse cuando ya habíamos desenvuelto los paquetes.
Uno era de velas de distintos tamaños; el otro contenía un tesoro: hostias fresquitas, fabricadas por las hermanitas en el asilo. Volvimos a cruzar las miradas.
—¡Torno enseguida! —dijo Ángelo y desapareció.
No sabría decir de dónde sacó el tarro de dulce de leche; la botella de vino de misa, bastante fresca, la teníamos escondida en el patio, pegadita al aljibe.
—¡Y ahora nos comemos delle mille hojas! —propuso en Itañol, a pesar de casi seis años de Argentina, todavía se le cruzaba la lengua materna.
Hartos ya de comer milhojas, fue cuando nos sorprendieron Díaz y el padre Castillo.
—¡Herejes! ¿Cómo van a comer el cuerpo de Cristo, con dulce de leche y acompañado con su sangre? —vociferó Díaz, ante la muda aprobación del cura.
—Teníamos…molto fame. —balbuceó Ángelo descaradamente.
—¡Mentís “gringo”! son excusas que no los salvarán del infierno —gritó enojadísimo el Sacristán.
Después de pagar por el secreto de confesión, que fueron unos diez o doce Rosarios seguidos, deberíamos cumplir con la pena civil. El veredicto de Feliciano Díaz fue inapelable: Nos expulsó de por vida como ayudantes de misa y nos condenó a limpiar hasta el último gramo de mierda de palomas, acumulado por años en la torre de la iglesia. El cura, serio, sin decir palabra, aprobó la sanción.
Medio atorado de milhojas, cada tanto se bebía un sorbito de la sangre de Cristo.
Pagamos nuestras deudas con la atenta supervisión de “Maria Rebenque”.
Justo a mí, me vienen a preguntar si conocí al finadito Feliciano Díaz...
Alejandro Casals
mayo - 2008
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