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Inicio / Cuenteros Locales / fabiangs / La Bella Semiramis

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Las familias como en procesión se dirigieron al cementerio por ser un día especial, algunos visitaban el camposanto y comían sobre la tumba acompañados por el alma de su difunto, otros llevaban flores y limpiaban la sepultura ó rezaban. Una bandada de pequeñas mariposas blancas, revolotearon nerviosas sobre la cabeza de los visitantes. Una de ellas se posó en la mano de una bella joven.

Para ella, los cementerios no eran lugares pacíficos, sino lo contrario, le parecían llenos de finales intempestivos y sueños por realizar, de huesos y espíritus unidos en un alarido común de furia contra un destino no improvisto, arbitrario y violento, pensaba que eran pensamientos en proceso de formulación donde las frases no se habían alcanzado a terminar. Se detuvo cuando vio que se extendía en sus pies muchas lápidas prologándose hasta donde alcanzaba la vista, a ambos lados se veían mausoleos con elaboradas inspiraciones. En el mármol, estaba escrito con grandes caracteres el nombre de su abuela con quien se crió, hacía ya tanto tiempo, y cuyo nombre había heredado. Semiramis”.

No le costó mucho encontrarla, descuidada se alzaba entre sus vecinas como un trozo de desierto en medio de un valle rico y fértil. Parecía abandonada, olvidada y se sintió avergonzada cuando se inclinó para sacar una maleza del terreno seco y polvoriento que rodeaba la tumba. Las raíces eran profundas y resistieron todos sus esfuerzos. Le ardieron los ojos y las lágrimas empezaron a borrar el nombre escrito en la piedra, de pronto, observó a una anciana que además, era vista por muchos. Algunos aseguraban que estaba allí para llevar tierra, pero solo estaba dejando unas flores a sus difuntos. La veterana tenía fama de ser bruja, esto lo sabía la joven, así que cuando la anciana se fue, Semiramis se dispuso a seguirla.

Cuando la anciana puso en fuego lento el chocolate, y acariciaba a su gato, escuchó tocar la aldaba de la puerta la cual abrió y reconoció de quien se trataba. La belleza de Semiramis era conocida por toda la región, su fina piel contrastaba con su oscura y larga cabellera que caía en su espalda y donde destacaba un curioso lunar de pelo blanco, poseía un brillo especial en sus ojos, y una voz sensual y hablar pausado, con un cuerpo de diosa griega que cuando caminaba incendiaba las miradas de todos aquellos mortales que tenían la fortuna de admirarla.

Semiramis entró, y se sentaron en el comedor, la anciana se dirigió a la cocina a servir el chocolate, luego conversaron amenamente sobre todo tipo de temas. La anciana sabía el porqué de su visita, tomó la taza de Semiramis y con la mirada fijamente escrutó el futuro en el poso de la taza. Este era un don que la anciana había heredado de su familia.

La octogenaria predijo una boda próxima, con una llovizna menuda y el paisaje circundante sería escasamente visible, la taza también revelaba que Semiramis estaría para esa fecha muy triste. Veía también a un hombre al que ella había querido mucho y que abandonó, porque una pariente cercana, se hizo embarazar para casarse con él y así abandonar el domicilio de sus padres. El futuro predecía su vida con un hombre de edad, quien llevaba tiempo tratando de conquistarla y cuya vida con él sería rutinaria.

La joven confesó que hacía tiempo, había dejado a su gran amor, porque no quería dejar sin padre a un inocente niño, sabía que su prima no era una mujer de fiar, y había hecho hasta lo imposible por lograr su cometido. Algunos meses atrás, había aceptado el compromiso de matrimonio con Braulio Do Santos, un hombre de edad, adinerado y de barba larga, que por quién solo sentia un gran aprecio. Sus parientes querían que se casara, para sacar de la pobreza a su familia y ella había aceptado para no llevarle la contraria ni hacerles sufrir.

Semiramis se despidió de la anciana dándole las gracias y se dirigió a su casa. Tres días después, la joven del extraño mechón blanco se encontraba por muchas horas frente al espejo, con el vestido de novia y sintiendo una congoja profunda, era como un cuadro donde solo se aprecia tristeza y belleza con la luna como testigo.

Sacó de un pequeño cofre una carta, la desdobló y la leyó. Se trataba del último poema, donde se expresaba que él estaba embriagado con una devoradora y ardiente pasión, y con un desbordante anhelo como jamás hubo sentido y cuya firma era un agradecimiento por tener la gloria y el privilegio de conocerla y ser un enamorado del amor.

Semiramis recordó que en uno de tantos días del mercado, de su canasto cayó una fruta y un joven se la entregó y por decisión del destino, ambos quedarían instantáneamente atrapados en las redes del amor, desde ese momento, se demostrarían su afecto escribiéndose cartas con toda formalidad, al grado de no dirigirse al otro de tú sino de usted.

Un leve vapor cubría las calles, y llovía sin parar, tal como lo había dicho la anciana. Los invitados llegaban a la puerta de la iglesia corriendo por la lluvia, la gente sin paraguas corría por las aceras mojadas en busca de refugio, Semiramis se dirigía al templo con ayuda de sus hermanas, una la protegía con un paraguas de esos que se llaman familiares, otra tomaba la cola larga del vestido de novia, y la más pequeña llevaba entre sus manos una bolsa de arroz que dejó caer por culpa de un gato que se acercó asustado por el fuerte chaparrón y que le causó un tropezón.

El corazón de Semiramis se aceleró y comenzó a latir fuertemente, pero en la puerta del altar se detuvo y pensó que aunque la anciana había tenido razón en todos los acontecimientos, la predicción del destino era como esa lluvia, que aunque estuviera escrita, no significaba que tendría que mojarse, así que arrebató a su hermana la larga cola y a la otra el paraguas y se echó a correr.

Se refugió en un salón de la escuela que estaba en construcción, se sentó en unos ladrillos y se echó a llorar pero al mismo tiempo feliz, porque había soñado su vida, y ahora viviría su propio sueño.

Un hombre alto, de una cicatriz en la parte derecha de la cara, calvo, cuyos brazos eran musculosos y levantaba bultos de cemento como si no pesaran nada, y quien todos en el pueblo lo conocían con el nombre de Olegario, se le acercó, ofreció su pañuelo, y ella aceptó con una pequeña y vergonzosa sonrisa, se miraron a los ojos hasta verse el uno al otro el corazón.

Texto agregado el 28-06-2008, y leído por 102 visitantes. (2 votos)


Lectores Opinan
2008-07-09 23:55:03 Muy lindo tu cuento fabian,a veces podemos pensar bien para no cometer errores en la vida y tener que lamentarlo en el futuro,muy bueno,besos,ricky ricky65
2008-07-01 18:51:42 Un muy interesante cuento, lleno de magia y plagado de imágenes bellas. ***** adrianam
 
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