Sugiero leer El Espejo I previamente
El ventanal mostraba, en tonos azules y grises, algo que no era un reflejo normal. Joaquín se dio cuenta que su cuello, sus hombros y su cuerpo no aparecía reflejado en el ventanal, y sin embargo, su rostro aparecía, algo borroso, rodeado de un marco de madera de nogal que simulaba uno de estos antiguos espejos decorativos de Europa. Medía alrededor de un metro, pero el espejo interior media solo treinta centimetros. El resto lo formaban figuras en dorado, con cruces y serpientes que se entrelazaban, además de caballos de mar, carrozas con héroes míticos y símbolos extraños.
Joaquín tambaleó, pues recordó al instante una de las clásicas historias que le contaba su padre antes de dormirse. La del tatarabuelo Artemio, quien muchos
años atrás, había luchado hasta el cansancio contra un montón de obstáculos para conseguir que le enviaran desde Europa un antiguo espejo decorativo, por
razones que la familia nunca supo. "Alguna extraña y loca obsesión de tu tatarabuelo", solía decirle medio en broma medio en serio a Joaquín. Pero nunca pudieron encontrar finalmente el paradero final de tal objeto de colección, y asumieron que el tatarabuelo, en otro arrebato extraño, lo habría vendido como cualquier baratija en el mercado local.
Lo que Joaquín no sabía, es que dicho espejo su tatarabuelo lo había visto por primera vez caminando por un pasaje lúgubre de una pequeña capilla Capuchina localizada en Pietralcina, Italia, lugar donde emprendió uno de sus muchos viajes como buen historiador religioso que era. Allí, en una oscura sala de la capilla, con murallas de roca, y con un portón de metal celosamente cerrado por varios candados, se encontraba el espejo. Y sólo el espejo. Las peregrinas
locales y los guardianes del lugar no lograron convencerlo que el espejo traía, a lo menos, "mala suerte". Y es que le contaban historias de los últimos
doscientos años en que todos los que convivían con el pesado objeto de madera sufrían cambios que los más avanzados científicos, médicos y religiosos europeos no habían logrado dilucidar. Pero todo eso eran sólo tonterías para el tatarabuelo.
Y desde entonces, trabajó día y noche en el lugar hasta conseguir el dinero y el plan que lo llevaría hasta el otro lado de dicho portón metálico. Sobornó a uno de los guardias quien lo dejó entrar una noche a la capilla y se escabulló hasta donde estaba la sala del espejo. Para su asombro, a esa hora, el grueso portón estaba completamente abierto. Y nadie se encontraba en el interior. Miró a uno y otro lado, y entró. En el momento que entró, escuchó un ruido como un gruñido. Vaciló por un momento, y finalmente intentó cerrar el portón, pero le fue imposible. No se movió un solo milímetro pese a la gran fuerza con que contaba el tatarabuelo.
Se acercó al espejo, y lo encontró tan hermosamente decorado como inusual. Nunca había visto tal combinación de estilos en sus años de viaje. Lo que más le llamaba la atención era la mezcla de serpientes y cruces que, si bien se había encontrado en algunos objetos rituales paganos de antaño, esta se caracterizaba por, primero, estar dentro de una capilla cristiana y, segundo, porque todas las serpientes tenían una inscripción en simbología extraña, desconocida para él. Absorto, quedó quieto mirando cada uno de los detalles, y así pasaron horas, sin que se diera cuenta de nada alrededor, sin un sólo ruido, en pleno silencio. Sólo eran él y el espejo. O el espejo y él. Trató, luego de analizar la decoración, de buscar su reflejo en el espejo interior. Pero no apareció ninguna imagen. La situación se tornaba aún más extraña. Miró hacia atrás y vio que el portón estaba cerrado. Silencio pleno nuevamente. Dentro de la sala había la más pura - o impura - oscuridad.
Y el espejo interior empezó a brillar con tonos azules y grises.... mostrando un rostro borroso y desfigurado...
Desde aquel momento que el tatarabuelo nunca fue el mismo. Al día siguiente, cuando lo encontraron, se encontraba acurrucado en un rincón emitiendo palabras
raras, deliraba y a la vez se le notaba extremadamente angustiado. Su rostro había adquirido un tono gris pálido, y sus ojos tenían una mirada perdida. No
respondía preguntas y, en las noches, emitía gritos sin sentido luego de los cuales corría desesperado por los pasillos de la residencia del lugar.
Las hermanas milenarias que resguardaban el lugar se limitaban a repetir: "El Espejo. El Espejo. Lo ha capturado también a él"...
*copyright 2008. Derechos de Autor Pablo Aravena Cereceda. |