AL OTRO LADO DEL CIELO
Días antes, al asomarse aquel león marino, en la última punta del antiguo muelle de Valparaíso, como viejo bonachón e intransigente que mostraba su panza negruzca, eructando su indiferencia; o al escucharse Piazolla poseído por un violín callejero, provocador de un sonido metálico, resonancia de carácter en los pasillos del Metro Baquedano; incluso aquella flauta andina, entre el frío nocturno del Paseo Ahumada; todo esto en menos de una semana, le hizo ver a René que su propia naturaleza era proclive, tenía libre tendencia, quizás hasta cierta vocación natural para mutar en polémica chilenidad, sin plazo establecido de por medio.
Le bastaron un par de amaneceres para percatarse de que Primavera tomaría siempre el lado izquierdo de la cama, por culpa del tabique de la nariz de él; y su lugar destinado a la derecha de la mesa, por la tendencia izquierdista de René a la hora de escribir y tomar con la misma mano sus chiles xalapeños. Es más, se complementarían a la perfección, a la hora de analizar la cambiante, fortuita, alevosa realidad, que a cada día los sigue sorprendiendo, como un interminable relato de ficción; y es que Primavera no puede distinguir, al menos, el cambio del semáforo a la distancia; mientras René no lograría enfocar su propia historia, si ésta estuviese escrita con toda la fábula reinventada que puede contener un tinto Carmen Margaux, de “mil nueve” la botella.
-¿Por qué no lo compraste? –preguntó René la primera vez, luego de salir ambos con las manos vacías, de una botillería de Pedro Montt- Ayer nos costó mil setecientos. Ésta sólo valía “mil nueve”…
Ignorando la pregunta, Primavera se limitó a servirle el segundo plato de cazuela, sazonado por ella misma en el Cajón de Maipo, tan florido en nieve, que la vista se aderezaba sola; mientras Radio Cooperativa daba a conocer pormenores de las mascotas cenizas en Chaitén, devueltas a sus dueños.
Hacía tanto tiempo que ella no se tomaba vacaciones en el trabajo. Día tras semana en potencia, hasta que cada uno de aquellos idénticos meses se convirtieron en más de un año; tres exactos, en los cuales Primavera soportó a diario esa insufrible paranoia cotidiana de gozo-dolor, en menos de cinco minutos: estirando delicioso su cuerpo solitario, en la cama, para luego retomar la angustia hasta el baño; arrastrándola por toda la ciudad.
-Decía mi abuela que para hacer buen pan, hay que tener las manos calientes; así se evita que se endurezca la masa –dijo al fin ella, a la derecha de René, en la mesa, para evitar el choque de codos; viendo incrédula cómo él terminaba de rellenar esa marraqueta con ajíes partidos por la mitad; reminiscencia de su propio origen-. La verdad, no es que me hayan gustado tus besos en sí, sino más bien lo que me gusta, es cuando me los das a mí.
Y es que ella, acercándose sin proponérselo; mientras él, intuyendo curioso, le estaba revelando a René, momento a momento, lo que éste necesitaba hacer, para finalmente intuir lo que debía idealizar: a ella misma, hasta el punto sutil en que René brotara original y su propia respuesta, fuera el desenlace de alguna imagen en su cabeza, fraguada como si fuese el abstracto sublime de una matemática, filtrándose sin prisa, entre su personal filosofía y un renovado hábito, abriéndose paso ahora, frente a ambos, al hallar perfecto acomodo binario.
A pesar de que desde un inicio, le aconsejaron también a René hacer uso de sus anteojos en la calle, al colocárselos, invariablemente sentía que su vista se limitaba, como si el radio de acción o la misma acción se hiciera difusa, absurda al interpretarla.
Acaso la realidad que ahora vive no se merece calificativos como nitidez, transparencia, pureza; quizás porque hay gente que nace con estrella vespertina. Sin sus gafas, le resultará más fácil explicarle a Primavera lo que su mirada le tiene preparado en el próximo verano austral, una que otra oculta cascada en Los Andes, el fruto de la nieve explotando en su mirar derramado; mientras una mano femenina lo siga guiando al punto clave con sabor a borgoña, por el rumbo del Parque Forestal, o la Avenida Alemania de Valpo; entre tanto, la derecha provocará ese sonido travieso de hoja triturada a mitad de paseo; ampliándose el radio auditivo de René, hasta que la misma acción de caminar sin prisa, logre interpretarse como trascendente oscilación entre la bohemia del graffiti excelso y la muralla solemne del siglo XVII, más allá del simple turista; muy a pesar del orgullo herido del viejo marino del Pacífico sur; sin faltar la indiferencia de aquel barco indeciso entre perderse en el horizonte, o culminar su encallamiento, a mitad de una particular y precisa pulcritud de silencio sincero, provocado por esa arquitectura de gnomos con síndrome de Goliat, capaces de construir condominios hasta llegar veinte pisos, sin la gracia de un eminente derrumbe; para beneplácito de algún pelícano atípico, un tanto sofisticado respecto a la interpretación de su costanera; después de descubrir la mirada de ella, en penumbra espesa, moviendo los ojos al parpadear en perfil difuso hasta que su boca al fin se mueve, su cabello huele, y los ojos se animan a hablar de un aroma que se ve; ambos sobre la cama de Neruda, en la Sebastiana, dominando el confín en circunferencia nocturna, titilante en el mar, al otro lado del cielo. Las constelaciones del sur, que bien saben que cuando se emigra en busca de dinero, el amor podría ser una inusitada circunstancia; buscando el amor, el dinero se transforma en irreparable postergación hasta próximo aviso: la ya famosa cotidianeidad cuando ella estira su cuerpo por segunda vez, de cara al ventanal y sonrisa dirigida a algún futuro “pasado” por recordar mañana.
-Soñé en un almuerzo con cazuela… -susurra Primavera- estamos a 37.000 pies de altura. Pasaje Los Pájaros # 2094, hasta el fondo de nuestro cuarto azul.
-No me recuerdes la altura –responde René, sin atreverse a ver a través de la ventana cerrada-, me da vértigo. ¿Te das cuenta? esta noche estamos estrenando todo; cama, sábanas, almohada, frazada. Esto pasa solamente una vez en la vida –Elige a Piazolla en el audio de su asiento; “Adiós Nonino”, no podía ser otra. Se le eriza la piel, mientras la pequeña pantalla le informa que la velocidad es de mil y un kilómetros por hora; la distancia a Santiago de 1.200 kilómetros; el tiempo restante de vuelo de algo más de una hora.
Poco a poco comprende que, si este mundo es un sueño, cualquier cosa que le suceda en él repercutirá en la conciencia del gran despertar, de un momento a otro.
-Estirarse sobre la cama, vale más que muchas cosas en la vida –dice ella, con voz más nítida-. Sé que tú también lo entiendes así… ¿te gusta la vista? Valparaíso resulta un rompecabezas vertical, siempre haciéndonos creer que está a punto de desmoronarse; como si hubiera un anhelo más, escondido al llegar a la cima.
“Bien sabes que en el aeropuerto tus maletas resultarán perdidas”.
-Me alegro. Recuerda que “Cargo poco equipaje / debo volar ligero / es muy largo este viaje / tan breve tu sendero”.
-Y tan nítido el mensaje. Todo está escrito. El primer “pasado” de nuestro futuro está a punto de convertirse en recuerdo. El león marino no tarda en asomar.
(Al terminarse de escribir el primer manuscrito de este cuento, ella lo leyó, de esta manera, el mismo día, por primera vez en su vida.
La altura ya no importaba; la velocidad había terminado).
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