Aquel atardecer salí de la casa de Tatiana y supe que iba a ser la última. Me di cuenta en seguida, acababa de vagar por las frías estancias, las salas vacías, los pasillos con artesonado de madera repujada y retratos de sus antepasados, su cuarto rosa de altas techumbres, la cocina con tableros de mármol y hornos de carbón, y apenas podía recordarla. Era como si jamás hubiera estado allí y ya nada tuviera vida o sentido para mí.
Toda ella y todo en ella estaba vacío. Su esencia vital descubrí, se la cedía a otro ser, a un individuo del cual yo no quise saber; ni tan siquiera percibir y menos imaginar...
Azucé a los caballos, la calesa arrancó sin demora; a mis espaldas, perfilándose contra el gris macilento del cielo, el caserón que había intentado atraparme y dentro del cual dejaba parte de mi savia al hacerle el amor a Tatiana sobre la alfombra de piel de oso pardo.
Y Tatiana, Tatiana Ivanchuk, la ucraniana que me había hecho enloquecer, hipnotizándome, cegando mi alma y mi propia voluntad hasta alcanzar un estado de parálisis obtusa y denigrante. Lo presentía; había cumplido sus designios y la dejaba inseminada.
Iba a ser padre de un engendro que jamás vería nacer; de una estirpe casi extinta y extraña que renacería gracias a mí. Aunque no quería saber...
Saber significaba morir y morir era algo que mi instinto rechazaba mientras experimentaba un pánico profundo y milenario.
Huía oculto en las sombras de aquel atardecer tormentoso y revolviéndose en mis sienes todavía podía escuchar los lascivos jadeos de Tatiana.
La lluvia comenzó a caer envuelta en truenos y relámpagos, estallaban a mi paso; el aparato eléctrico deseaba fulminarme.
A la siguiente curva perdí el control de la calesa, ahora era ella misma quien se alejaba desbocada por el terror de unas bestias enloquecidas y se precipitaba conmigo chillando como una condenada presa de la histeria en el vacío de un barranco sin fondo...
Esa misma noche, al finalizar el toque de las doce campanadas, las bestias aullaron y temieron el poder naciente de otra bestia: La bestia integral. Aquella que lleva impreso el estigma del triple 666 en su cráneo. De nuevo vuelve a estar entre nosotros…
José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2008.
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