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Inicio / Cuenteros Locales / nesravazza / Se llama Belek

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Esta historia que voy a pasar a contarles tiene como protagonista a Belek, un enano que llegó a Buenos Aires con el Circo de los Zares a finales de los años setenta.
Corría, creo, aunque no estoy muy seguro, el verano del año 79.
Y digo que no estoy muy seguro porque mis pensamientos suelen nublarse al pensar en aquella persona monstruosa.
Yo vivía por ese entonces en la Avenida Castañares, un poco un poco en dirección al sur del Parque Chacabuco.
Me había mudado hacía un par de meses atrás y estaba fascinado por el barrio.
En especial por encontrarme cerca de los conglomerados comerciales y urbanos y por conservar para mí, además, ese encanto sereno y pueblerino de las calles y de los bares perdidos de la ciudad de Buenos Aires.
En ese entonces daba largas caminatas los sábados por la tarde. Un poco para despejarme de la monotonía semanal de mi trabajo y otro poco para ir conociendo de a poco la zona.
A veces llegaba hasta Villa Soldati y otras veces hasta el Bajo Flores.
Una tarde de Enero, clara y luminosa, me topé en un descampado con la carpa gigantesca del Circo de los Zares. Pasé por el lugar sorteando vallados, mirando a los artistas y atravesando los carromatos de la trouppe de trapecistas y saltimbanquis.
Un episodio, sin embargo, perturbó la paz de mi caminata.
Creí notar, en un principio, a un niño jugando con un mono. Estaba oculto detrás de los árboles y se hallaba cubierto por las ramas de algunos arbustos. El niño parecía abrazar con cariño al mono (aunque de tanto en tanto lo sacudía en el aire).
Aquello me pareció muy extraño, por lo que decidí acercarme. Y lo que vi me causó una mezcla de repugnancia y espanto. El niño no era un niño, sino que era un enano. Y estaba mordiendo el cuello del mono y extrayéndole sangre.
Paralizado por el asombro no supe lo que hacer y volví a mi casa bastante atribulado.
Al día siguiente, sin embargo, regresé al circo dispuesto a hablar con el dueño acerca de lo había visto el día anterior. El hombre me atendió con deferencia en el carromato mas lujoso y tomó con mucha atención mis palabras. Su nombre era Boris Loff y juro que un dueño de circo no podía, de ningún modo, ser diferente a lo que este hombre representaba ante mis ojos..
–.Se llama Belek. – dijo–. Lo subimos en Brasil. Nos comentó en su momento que había nacido en los Cárpatos. En la frontera de Rumania. Lo aceptamos en la trouppe con algunas dudas y a veces ayudaba al payaso en ciertas presentaciones, pero ya no está con nosotros. –agregó– Lo hemos expulsado. Ayer mató a uno de nuestro monos y eso es inaceptable para todos.
Yo le di las gracias a Boris Loff y regresé a mi casa algo cansado.
Y las semanas siguientes las cosas mas espantosas empezaron a suceder en la zona. La gente tomó nota de que un verdadero horror se había desatado en el seno de la sociedad cuando al parecer Belek se refugió en una casa abandonada del Bajo Flores.
Y fue por entonces que comenzaron a desaparecer misteriosamente todos los perros y los gatos callejeros del barrio.
Los vecinos se protegieron luego en sus casas con ristras de ajo y algunos hasta portaban crucifijos por las calles.
No había quien no tuviera el temor de ser atacado.
Una noche de invierno, sin embargo, cerca de la estación Flores, los hombres del barrio lograron cazar al enano vampiro con una improvisada red, fabricada con la malla de un arco de fútbol, pero éste se les escapó furtivamente y ya nunca consiguieron atraparlo
Algunos aseguran que aún vive en el cementerio de Flores y sale de tanto en tanto a producir estragos entre los desprevenidos transeúntes pero la verdad es que no puedo asegurarlo
Lo cierto es que nadie ha vuelto a verlo.
Y yo tampoco.
Hace muchos años que me fui del Parque Chacabuco pero todavía guardo en mis retinas el horroroso recuerdo del enano succionando la sangre del mono, oculto entre la ominosa sombra de aquellos viejos carromatos.

Texto agregado el 02-07-2008, y leído por 0 visitantes. (0 votos)


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