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Inicio / Cuenteros Locales / gmmagdalena / El Chispita

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- ¿Dónde vas Chispita?

Cuando el Chispita pasaba frente a la casa de Don José en dirección al monte cercano o al río, arrastrando una caja de madera con cuatro ruedas, el viejo siempre le hacía la misma pregunta.

Blas, el carpintero le había hecho la caja, la que había pintado de blanco, con una cruz roja de cada lado, simulando así una pequeña ambulancia. A un gancho colocado en la parte delantera le había enganchado una correa hecha con cueros trenzados, para que el muchacho pudiera tirar de ella con facilidad. Esa caja trajinada por el uso diario, era reparada o cambiada por otra, cada vez que era necesario. Blas como tantos otros del pueblo, siempre estaba dispuesto a brindar al muchacho parte de su tiempo. Él sabía que tener la caja en condiciones óptimas, era muy importante para el Chispita.

- ¿ Dónde vas Chispita?

Y siempre el Chispita daba la misma respuesta.

- ¡A rescatar grillos, don José!

Entonces el viejo lanzaba una carcajada, pensando que si el Chispita hubiera rescatado grillos desde su infancia, cuando había comenzado con esa historia, ya tendría en su poder a todos los grillos del mundo.

El día que nació, la partera se asustó al ver esa carita tan fea y ese par de orejas puntiagudas y desproporcionadas que lo hacían semejar a un pequeño y arrugado duende; reconozcamos que todos los bebés al nacer son arrugaditos y nada lindos, pero el Chispita por lejos era el más feo que la pobre partera había ayudado a venir al mundo. Dicen que la madre juró en el mismo instante en que lo vio, no volver a intentar la aventura de tener otro hijo, y así fue.

Pero el niño tuvo algo a su favor, una plácida sonrisa y una dulzura en su mirada, que hacía que quienes lo conocieran, sintieran una inmediata ternura y simpatía por él.

Todos coincidían en que lo que a Manuel (así se llamaba en realidad) le sobraba en fealdad, le faltaba en inteligencia. Nunca maduró mentalmente, siempre tuvo la ingenuidad de un niño. Era un niño-hombre, con aspecto de gnomo, de piernas cortas y arqueadas semejando casi a un enano y con largos brazos como un jugador de básquet. Con esas características, no era muy agradable a la vista, pero eso no influía en nada en el cariño que despertaba en la gente.

Chispita fue el apodo que le pusieron en alusión a su falta de chispa natural y así lo conocían los vecinos del lugar. Llegó a ser casi una institución, como la plaza, el municipio o la iglesia, formaba parte del pueblo y su folklore.

Su ocupación preferida era salir a rescatar grillos heridos, aunque nadie vio jamás que cargara ninguno en su caja. Un pequeño decía que una noche lo había visto estar mucho tiempo conversando con un grillo, muy sentados ambos sobre una gran piedra a la vera del río, frente a frente, inmersos en un ameno diálogo; obviamente que nadie le creyó.

Siendo un bebé, el padre los abandonó y se fue tras la mujer barbuda de un circo que había pasado por el pueblo. La madre tuvo que criar sola ese hijo que ni siquiera pudo aprender a leer o escribir su nombre, así que desistió de enviarlo a la escuela después de que durante cuatro años repitió el primer grado, por lo que prefirió educarlo ella aunque más no fuera en el amor a Dios, las personas y a la naturaleza. Gracias a ella el niño se convirtió en un adolescente adorable, cuyos mejores amigos eran los animalitos más desvalidos de la naturaleza.

Desde la muerte de su madre y cuando él apenas contaba con unos escasos dieciséis años, una vecina piadosa le alcanzaba el almuerzo todos los mediodías y a la noche se las rebuscaba con un enorme sándwich que Don Antonio, el almacenero, le preparaba religiosamente. El desayuno lo tomaba con los mozos que trabajaban en la cuadra de la panadería, que entre bizcochitos calientes y café fuerte, se entretenían escuchando sus historias de grillos.

El Chispita tenía fantásticas historias de esos pequeños y saltarines bichitos; contaba, por ejemplo, sobre el casamiento del grillo Pedro y la grillita Lucía, que habían tenido una fiesta inolvidable, dónde los grillos habían comido ricas viandas preparadas para esa oportunidad, además habían cantado y bailado hasta el amanecer.

Los emocionó hasta el llanto con la tristeza del grillo Andrés, cuando perdió una patita que le impedía buscar su sustento y era alimentado por sus congéneres o cuando fue el funeral del grillo Alberto, que había sido en su juventud un grillo aventurero y había llegado a ser el más viejo de su comunidad, hasta que una vecina lo había matado de un zapatillazo el día que lo vio entrar alegremente por la ventana de su casa. El Chispita le había retirado el saludo a esa vecina, de por vida.

Así pasaba sus días, hablando y hablando de sus amigos grillos, contando sus historias y la gente lo escuchaba con paciencia, siempre era una historia nueva y nunca los cansaba, y si los cansaba no lo demostraban; era gente de pueblo, buena y compasiva, que además sentían pena por él y su vida solitaria. Como decían siempre, el pobre Chispita carecía de todo ¿qué mal les podría hacer prestar un poco de atención a un ser tan especial y ajeno de toda maldad?

- ¿Dónde vas Chispita?

- ¡A rescatar grillos, don José!

El día que el Chispita murió, los mozos de la panadería preocupados al no verlo llegar por su desayuno, enviaron a uno de ellos hasta su casa a ver que ocurría. Lo encontró muerto en la cama, con una sonrisa en el rostro, la misma que lo había acompañado toda su vida.

Lo que más llamó su atención y la de los que, ante sus gritos se acercaron, fueron los miles de grillos que rodeaban el cadáver del Chispita, produciendo un sonido similar al llanto.

- ¿Dónde vas Chispita?

- ¡Al cielo de los grillos, don José!

María Magdalena

Texto agregado el 10-07-2008, y leído por 234 visitantes. (14 votos)


Lectores Opinan
2008-11-21 02:03:52 Es tan especial lo que siento frente a este cuento que no lo puedo expresar .Gracias por compartirlo pero de verdad gracias********** shosha
2008-07-30 17:58:17 De seguro, el más entonado de los grillos entonó una hermosa canción de despedida. Dicen que hasta Pepe Grillo asistió a dichas exequias. Un grillo de mis cuentos no supo de ese fallecimiento y no asistió. En todo caso, me encargó que dijera: Chispita, requiem in pace... gui
2008-07-17 15:45:10 Que sorpresas tan agradables son leer tus cuentos, siempre me reconfortan y me arrancan de cuando en cuando, una lágrima,una sonrisa o un suspiro ***** feluja
2008-07-15 23:29:32 un cuentoque llega al corazón y se queda para siempre divinaluna
2008-07-15 15:49:13 Me gustó mucho. 5* anuni
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