Luis María había nacido en una casa de campo de paredes blancas y encaladas. Vivió su infancia en compañía de una familia feliz; unos alborozados hermanos, unos padres soñadores y vitales, y animales de compañía de todas las especies y colores, muy cariñosos y bien educados.
Transcurridos más de cuarenta años, allí seguía.
La casa no era muy grande pero más bien recóndita, pues casi nadie solía saber donde estaba y muy pocos llegaban a ella; se hallaba en un lugar difícil. Se trataba de uno de esos rincones idílicos y extraños olvidados por la humanidad, no así por la madre naturaleza, que colma esos paisajes con una inusual climatología más propia de ciertos parajes tropicales que, en este caso, la zona reseca de Castilla en la cual se localizaba.
Por ejemplo, nada más despertar supo –lo vio en las noticias – que el resto de la península había amanecido con sol y una temperatura Sahariana cercana a los cuarenta grados centígrados. El desierto, inmenso, quedaba solo a unos seiscientos kilómetros al sur; y el norte, con los Alpes helados, otros tantos hacia el norte.
A Luis María le encantaba aquella casa, sin embargo se hacía ilusiones con dejarla algún día.
Las primaveras, como aquella, su animosidad decaía hasta ponerse sentimental y comenzaba a soñar.
Soñaba con los lejanos prometedores y bellos países de Suramérica que veía en los documentales de la tele; con el Oriente mágico; con el África ocultista; con la Oceanía sin descubrir; con la vieja Europa... Soñaba con dar la vuelta al mundo en ochenta días ocho veces seguidas.
Luego, echaba naftalina en todos los armarios, cubría los muebles con sábanas blancas, llenaba una mochila con la ropa más indispensable y se disponía a partir.
Durante su último paseo de despedida por el jardín, sucedía; se encontraba con un polluelo de ruiseñor que había caído del nido y al que si no alimentaba moriría; o bien una cría de lagarto verde medio ahogada en la piscina; un gatito perdido; o una cría de lechuza despistada.
Entonces posponía su viaje y se dedicaba a sacar adelante al retoño o a las crías.
Aquella primavera también se puso nostálgico, triste o soñador, y comenzó a hacer lo de siempre.
Preparó la mochila y temeroso pero decidido (era incapaz de irse sin echar un último vistazo a su jardín) salió a dar el paseo de rigor.
Hacía una tarde tropical tormentosa y un ligero viento comenzó a soplar entre la fronda de arbustos, árboles, palmeras y madreselva, en la que casi tenía que irse abriendo paso desenredando la maleza. Recorrió el jardín un par de veces comprobando que todo estaba en su desorden exacto y sonriendo fue a ver el último lugar: la piscina.
Superó la verja que la separaba del resto del jardín se dio la vuelta y sus pies se encontraron sobre la fina y caliente arena de una playa; a menos de veinte metros las olas rompían con furia, tras ellas un mar de un matiz azul verdoso interminable. Se quedó maravillado. Jamás había estado en un lugar tan abierto. Satisfecho, inspiró y sus pulmones se llenaron de un aire salobre, húmedo y gustoso.
Vio la barcaza, y oyó los gritos en francés del grupo de hombres y mujeres que lo llamaban. Cuando llegó percibió sus caras de ansiedad; la barcaza iba a tope. Le preguntaron si sabía dirigir un motor fuera borda. Jamás lo había hecho pero de forma instintiva les contestó en francés (tampoco lo había hablado nunca) que así era.
Subió a la barcaza, habría unas treinta personas de raza negra; entre hombres, niños y mujeres. Sus caras revelaban inquietud y esperanza; la misma que Luis María, quien por primera vez – había visto el drama en la noticias – y supo que acababa de embarcarse en una patera.
Arrancó con una decisión extraña y se puso a manejar alzado sobre sus piernas que lo sostuvieron durante horas como pilares del auténtico patrón de un buque.
Los hombres, mujeres y niños tenían miedo, él en cambio les sonreía mientras en un perfecto francés les decía que todo iba a salir bien.
Se hizo de noche, percibieron golpes bajo la cubierta de la patera ¿tiburones? Así lo afirmaban los hombres arredrados; los niños lloraban mientras sus madres los arrullaban con valor, el coraje que era necesario tener en una aventura como aquella, como la que Luis María jamás había imaginado siquiera padecer.
La mañana siguiente los recibió con el paisaje de una espléndida playa a la cual arribaron sin problemas.
Luis María, sintiendo que había cumplido una especie de misión, decidió regresar.
Arrancó la patera y puso rumbo a África o eso supuso, ya que tras dos días de navegación constante llegó por fin a su piscina, puso pie en la parte menos profunda y redescubrió el placer de bañarse en sus cálidas aguas.
A continuación volvió a entrar en la casa y cuando la hubo acondicionado nuevamente, cosa rara, alguien llamó al timbre.
Abrió la puerta y frente a él se encontró con una mujer negra acompañada de un bebé que le suplicaba trabajo con desespero.
Luis María tenía poco dinero, pero la convirtió en su invitada y al cabo de una semana los tres juntos reían y disfrutaban como si fueran una nueva familia.
A partir de ese momento Luis María supo salir de su casa sin temor cuando le hacía falta y descubrió que el mundo que le rodeaba era muy parecido a la selva de su jardín, aunque no tan cálido y sí mucho más inhóspito y salvaje.
Y tuvo en cuenta el valor de su hogar de una forma especial, entusiasta y siempre feliz.
José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2008.
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