Me han llamado de un trabajo, es verano, mientras desayuno en mi bar de los filipinos me pregunto por qué busco trabajo en verano.
No iré a la entrevista. Prefiero ir al mar y buscar a Fátima. Supongo que ella todavía estará allí, aguardando, sentada sobre la fina arena de la playa, luciendo su bikini florido y su sonrisa de sol.
La dejé en el verano del 95; trabajaba de la noche a la mañana en banquetes interminables. Después salíamos a bailar y no parábamos hasta las cinco de la mañana.
Me fui a la ciudad, en realidad escapé, huí de mi penosa realidad o me dejé convencer. ¿Fue así?
Estamos en el restaurante “Los Cañizares”, es el año 95. Fátima está comiendo su plato favorito, “spaguetti bolognesa”, el mar abrillanta el horizonte con su estampa lisa y azul frente a nosotros. Se detiene un momento y murmura.
- Sabes… Lo he estado pensando
- El qué...
- Lo de vivir juntos. ¿Por qué no vivimos juntos ahora?
Dejo de cortar el solomillo al roquefort, elevo los ojos y los fijo en su semblante. No se está riendo, al contrario, parece muy seria mientras pensativa contempla el panorama.
- Ahora. ¡Ya! ¿Hoy mismo?
- Sí. Si no es ahora ya no lo haremos nunca. Lo presiento.
- Venga, no seas loca. Para eso hay que tener un montón de cosas preparadas.
- Cosas... ¿Cómo cuáles?
- Una casa, para empezar. Y luego... ser novios desde hace tiempo.
- No veo porqué. Nosotros llevamos ese tiempo, me dice.
Ese tiempo es un mes. Nunca pasé más de un mes con una chica y ella no fue la excepción. En cambio, siempre encontré justificaciones para separarme de ellas o para no afrontar la realidad de las situaciones.
Hace un día caluroso en la ciudad y prefiero ir al mar, pero no estoy en el mar sino recluido en mi enfermedad, ahora lo sé. No soy capaz de dar dos pasos fuera de mi casa sin aterrorizarme, tengo agorafobia.
¿Sabéis exactamente lo que es? Yo no lo sabía, hasta que la enfermedad fue penetrando poco a poco dentro de mí me dominó y se hizo insufrible, entonces no tuve más remedio que aceptarlo. Tengo miedo a salir de casa, usar transportes públicos, ir de compras, comer en restaurantes, entrar al cine, hacer deporte, viajar, estar en lugares públicos y áreas amplias, etc; lo que generalmente representa un grave problema en mi vida, ya que casi nunca dejo mi hogar; y al hacerlo, se presenta la ansiedad a causa del pánico.
Sí, así es. Desde que dejé a Fátima no he sido capaz de salir de mi casa, y si lo hago, suelo ir dopado hasta arriba de ansiolíticos que me protegen de las situaciones más estresantes. En realidad he descubierto que puedo llegar hasta el centro comercial más cercano; está solo a doscientos metros. Allí sé más o menos lo que me espera: Nada... Es decir, tomo el café de todos los días, hablo... ¿hablo? Más bien intercambio un par de frases con Eichi el filipino, en el supermercado compro las cosas que necesito, también hay una farmacia, un estanco, tiendas de ropa... lo indispensable.
Me doy cuenta cuando camino por el centro comercial, suelo estar alerta, como si algo malo o muy peligroso fuera a ocurrir en cualquier momento y yo estuviera involucrado.
Temo a la gente que se cruza conmigo, pero ya no tengo ataques de pánico, hace tiempo dejé de tenerlos. Eran horribles.
Recuerdo el último, me dio en el quirófano, cuando era Auxiliar. Estaba atendiendo a una paciente entubada y anestesiada y el anestesista dijo que en lugar de proporcionarle aire de forma mecánica lo haríamos por el procedimiento manual, es decir, mediante una mascarilla plegable que había que mantener con una mano en la boca mientras con la otra, bombeabas y le suministrabas aire. Entonces comencé a temblar. Al principio nadie se dio cuenta, hasta que mi compañera de prácticas lo vio y me dijo. “Chico, te tiemblan las manos. ¿Estás bien?” Y yo me defendí. “Sí, es la responsabilidad de mantener a esta paciente con vida, me pone nervioso.” Apareció el anestesista, me dijo que me calmara, pero ya era imposible. Tenía miedo, un pánico atroz. Le pedí permiso para dejarla. Me lo concedió. Desaparecí del quirófano con el corazón latiéndome a cien y las manos temblorosas. Necesité unos minutos para recuperarme en los vestuarios...
Ésa fue la primera vez o una de las primeras, luego hubo más. Como la del metro.
Me desperté una mañana, tenía prisa por llegar al trabajo y olvidé las pastillas. Iba sentado en el metro. De pronto un hombre se acomodó frente a mí y me comenzó a mirar, no dejaba de mirar. Empecé a agobiarme, volví la mirada hacía la mujer que estaba al lado suyo y descubrí que también ella me miraba. Entonces empecé a transpirar. El metro se fue llenando, y yo cada vez sudaba más. Tuve miedo a que se enteraran de mi estado. Estaba paranoico. Traté de decirme a mí mismo que todo era producto de mi imaginación, pero cuando levantaba la vista, el hombre estaba ahí.
Salí del metro corriendo tomé un taxi y volví hasta mi casa. Perdí el trabajo, me bloqueé y no fui capaz de alegar una simple razón.
Ahora paso los meses encerrado en casa, tengo miedo a que el dinero se acabe, temo a la soledad y a la vez la necesito a la fuerza. Ah, y otra cosa: Odio a la gente en general; odio a los medios, odio a la vida y me gustaría volver a ser amado. Creo que la gente me rechaza, pero soy yo quien rechazo a la gente; sus sentimientos estúpidos, sus banalidades, sus sueños absurdos... Llevo todos esos sentimientos envenenados dentro de mí. ¿Por qué no soy normal? Por qué no soy simplón y recito como un gilipollas: ¡La vida es maravillosa!
Por algo sencillo. Porque envidio a la gente que es capaz de decirlo, sentirlo y proclamarlo a los cuatro vientos.
Pero aún así, Yo también tengo sueños. Envío correos con “Mis Relatos” a certámenes perdidos por cualquier rincón de la geografía con la esperanza de saber que alguna vez ganaré; aunque si gano, sé que no acudiré a recoger el premio.
Una vez gané un certamen y no me dieron premio; los odio por ello. Pero qué puedo hacer si la revista que me lo concedió quebró antes de hacerlo. Allá se pudran. Estoy resentido. ¿Contra quién? ¿Contra la vida? La vida me dio facultades pero no supe aprovechar ninguna de ellas y ahora están ahí, pudriéndose, porque algunas de ellas como mí físico, caducaron. ¿Otras? Dicen que las tengo, pero nunca sabré dar el ciento por cien de mí mismo. Qué queréis que os diga, es la enfermedad, me enloquece por dentro. A veces hablo solo durante horas. Oh sí, lo hago... Pero peor es cruzarme con una mujer bonita y no ser capaz de soltarle un piropo. Me gustaría ser descarado y simplón, en cambio soy malpensado y cobarde. Así me ha tocado ser.
Los alimentos se acaban. Hace días que no salgo de casa. Deseo tanto ir a la playa, junto a Fátima...
Bueno... En realidad todo es una farsa, os he mentido ja. Estoy perfectamente. Todos somos o estamos así de locos... ¿no? No. ¿No? No lo creo. A ver, ¿qué es lo que no crees? Mira, te lo cuento:
El mes pasado, con los últimos ahorros, me apunté a un cursillo de literatura donde tienes que leer algunas de las cosas que escribes. Me daba miedo hacerlo. ¡Tenía miedo a que descubrieran que no soy como ellos!, cuando por ahí todo está lleno de gente vacía.
Se pelean entre ellos, se tiran bombas, se matan y se odian. Y cuando descubran que no pertenezco a su familia, la raza de los hombres ¿qué pensarán, dónde me esconderé?
Vendrán a buscarme. Pero yo soy listo y por eso no doy mi dirección, a nadie, nunca jamás. Ni aunque sea mi amigo del alma. Nadie sabe donde vivo porque en realidad, apenas vivo. Desde que arrastro a cuestas mi enfermedad soy casi una sombra. Es cierto, la gente no se fija en mí. He aprendido a pasar desapercibido...
No, decididamente no iré a la entrevista. Prefiero ir al mar y buscar a Fátima. Supongo que ella todavía estará allí, aguardando, sentada sobre la fina arena de la playa, luciendo su bikini florido y su sonrisa de sol... Ella me amó.
Lo sé.
Sé que ya no estará, pero el mar seguirá como siempre, y antes de que sucumba a mis temores, soledades, locuras, amores y desamores, lo que sea, iré allí.
Porque allí no hay espacio para la agorafobia y hay todo el espacio del mundo. Porque su inmensidad abruma maravilla y asombra; porque soy simple, ínfimo y me asusto por todo. En cambio el océano continuará como siempre: Brillante, con su estampa lisa y azul, poderosa, brindándome la lección de existencia, extensión y energía, indispensables para sobrevivir...
José Fernández del Vallado. Josef. Julio 2008.
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