La peluquería de “la Porota” era la única del barrio.
- Me queda un turno a las tres de la tarde ¿lo querés?
- Y ... bueno..... si no tenés otro.
Las tres de la tarde significaba suspender la siesta, privarse de ese descanso que acortaba la rutina. Pero ese sábado era diferente, quería que Enrique se sintiera orgulloso de ella en la cena-baile del “Club Libertad”, el club del barrio.
Clemira había ahorrado moneda sobre moneda para poder pagar las tarjetas. Su marido no parecía muy contento, insistía en que sería mejor ir unos días a las sierras.
- Es mucha plata Clemira. Mirá, con unos pesos más nos vamos a visitar a tus viejos, solamente tenemos que pensar en el gasto de los pasajes y ellos siempre nos esperan – Esa había sido su respuesta. Pero ella insistió.
Se dispuso a esperar que Porota, anotara su turno. De pronto, su vista quedó prendida de una hermosa lámina que, estirada entre dos finas varillas, se lucía contra la pared de dudoso color blanco.
Sonrió, la Porota siempre hacía alardes de sus conocimientos de pintura, pero el bolsillo no le daba para comprar ni una copia de ésas que vendían en los kioscos. Con seguridad esa lámina había sido recortada de algún almanaque.
Al acercarse para mirar mejor, quedó maravillada de los coloridos y la paz que transmitía el cuadro; admiró cada detalle y envidió a la pareja que parecía disfrutar de ese atardecer mágico. Le trajo recuerdos de sus sierras, de los nogales, de los altos álamos, de las tardecitas cuando la luna y el sol peleaban su protagonismo en el cielo y, sobre todo, cuando eran novios con Enrique y él la acompañaba en sus paseos ¡Qué felices eran! Ahora también, pero siempre corriendo en ese barrio suburbano, gris y chato.
¡Qué hermosa pintura! Abajo en letra pequeñita decía que era de un tal Van Gogh, seguro que era un pintor famoso. En ese instante de ensoñación se olvidó del club, de la cena, de todo lo que había corrido esa semana arreglando la ropa de los dos para que pareciera nueva.
Al adentrarse aún más en la imagen, creyó sentir sobre su rostro el fresco aire serrano, escuchar el murmullo del agua entre las piedras del riacho, el canto de los pájaros. Como por arte de magia todas sus preocupaciones desaparecieron, sólo quería llegar a su casa, esperar a Enrique y recordar juntos esos preciosos momentos vividos y sobre todo, hacer otros planes.
- ¡Che Porota! Dejá, no me guardés el turno, decidí que no voy a ir a la cena. Le voy a decir al Ernesto que mejor nos vamos un par de días a la casa de mis viejos.
María Magdalena |