El señor caminaba con la vista fija en el suelo, las manos en los bolsillos y la espalda encorvada como si llevase sobre sus costillas una pesada carga. Su deambular lento e indeciso, “pasado de copas”, diría alguien que no le conociese pues el señor jamás probaba el alcohol. El señor no se percató de que una anciana, posiblemente de raza gitana, se acercaba a él con la poca velocidad que le daban sus, seguro, cansados pies. La mujer con voz rota por los años cortó sus pensamientos:
- “Ande cabayero, deme argo…”
Él levantó la cabeza y no dijo nada. Sacó la mano del bolsillo y entre sus dedos portaba un billete, veinte euros, que entregó a la vieja que sorprendentemente, no pareció extrañada. Tomó el billete dando las gracias. Del bolsillo del delantal sacó una piedra redonda y plana que entregó al hombre. Éste miró el objeto que presentaba una especie de criptograma grabado en ella en lo que parecía una bola del mundo rodeada por una pila de sacos. El hombre guardó la piedra mirando con aire inquisitivo a la mujer. Ella solamente dijo:
“Guardela payo, le va a jasé farta”.
El se encogió de hombros volvió a meter las manos en los bolsillos y murmuró algo que podría ser un “gracias”. Siguió sus pasos y se encaminó hacia un edificio alto de apartamentos. El portal estaba vacío y pasó directamente al ascensor, pulsó el octavo. Mientras subía sacó unas llaves, de manera inconsciente seleccionó una. Una vez arriba recorrió el pasillo y abrió una puerta. Cruzó el umbral y miró todo como si fuera la primera vez que lo viera. Un apartamento pequeño, de soltero, una madre hubiera dicho que allí hacía falta la mano de una mujer, él lo pensó, no había tal. Posiblemente con otro estado de ánimo las cosas no estarían así. Sobre una mesa un cenicero lleno de colillas alguna de las cuales descansaba directamente sobre la madera. También un vaso alto, a medio llenar con algo que, por su color, podría ser Coca Cola.; una carpeta de cartón azul, abierta, un “Bic” sin capuchón, varias sillas descoloridas sobre un suelo de parquet. Cerró la puerta. No pensaba perder el tiempo arreglando algo que por otra parte, le daba igual. Entró en la habitación y al pasar por la cocina vio la pila llena de platos sin fregar. La habitación estaba “sin hacer”. Subió la persiana y miró al patio interior. Valoró la altura sobre el suelo, quizás 25 ó 30 metros, pensó. ¿Cuánto tiempo duraría la caída?, un par de segundos se respondió. Sacudió la cabeza, ya había meditado su decisión pero se tumbó en la cama y dio un repaso a sus 50 años de vida. Recordó el colegio, no fue un mal estudiante aunque eran habituales los problemas con los demás compañeros. Su aspecto físico siempre le dio quebraderos de cabeza y nunca nadie se enteró de su nombre, le llamaban con motes como “gordinflas, bola” y cosas por el estilo. Con las mujeres, más de lo mismo: un verdadero fracaso. El exceso de peso le libró de hacer ”la mili” lo cual resultó ser un motivo más de frustración. El resto de su vida, nada, pura rutina, un trabajo aburrido y, además la empresa acababa de presentar suspensión de pagos dejando en la calle y sin empleo a 150 trabajadores entre los que se encontraba. Ya era demasiada carga, por otra parte nadie dependía de él y su ausencia no sería llorada. Se dio la vuelta para tumbarse de lado y notó que algo le molestaba en la pierna. Hurgó en el bolsillo y sacó la piedra que un rato antes le había dado la gitana, la dejó sobre la mesilla y cerró los ojos. Ya no iba a luchar más, recordó la ventana abierta y trató de incorporarse pero se sintió demasiado pesado, al intentar abrir los ojos se percató de que tampoco podía hacerlo. Era como si estuviera drogado o enfermo. Tampoco le importaba demasiado –pensó-. Ya iba a volver a intentarlo cuando oyó una voz aguda aunque no desagradable. Esta vez no tuvo problemas al incorporarse sobresaltado, enfocó la mirada y vio una diminuta figura delante de sí. Incrédulo se frotó los ojos, quizás esté soñando, pensó, pero cuando su visión se aclaró comprobó que un hombrecillo de no más de 10 centímetros se encontraba de pié sobre la cama. Parpadeó repetidamente como si se negara a creer lo que estaba viendo pero la figura seguía ahí. Lo que más le llamó la atención fue que el diminuto ser no se ajustase al tópico que tenía sobre los gnomos o duendes o como quiera que se llamasen. El hombrecillo no llevaba un traje verde con medias ceñidas y un gorro picudo en la cabeza. Tampoco tenía las orejas puntiagudas, era un hombre completamente normal solo que reducido a escala. Vestía a “la moderna”, con camisa blanca, traje de chaqueta marengo y corbata a juego. Sus zapatos negros brillaban del lustre y sobre su muñeca pudo distinguir algo que podría ser un reloj. Esta vez sus miradas se cruzaron interrogantes y volvió a escuchar, ahora claramente la voz aguda del diminuto ser:
- Y bien, ¿cuál es su queja?…
- ¿Queja?, ¿qué queja?…
- Mire usted, soy del departamento de “reclamaciones vitales” y no tengo todo el día, usted ha presentado varias quejas durante un montón de años seguidos. El coordinador del departamento me ha enviado para solucionar, en la medida de lo posible, sus problemas con el destino y la, parece ser, dura carga que le hemos proporcionado para su existencia. No queremos a un cliente insatisfecho pero tampoco tengo todo el día, hay más clientes y otros asuntos que solucionar. ¿Me quiere explicar de una vez cuál es su demanda?. Bueno, tengo aquí su expediente: Varón, 50 años, soltero e inconforme con su vida por lo que está solicitando una devolución de ésta. Estoy autorizado a cambiar su “carga vital”, usted podría elegir una carga más… ¿liviana?, que se adaptase mejor a sus necesidades.
- Pero…
- Pero ¿qué?.
- Que no entiendo nada, que no sé quién es usted. Posiblemente estoy soñando y de verdad, que es un sueño muy real… ¡Mmmm!… ¿De veras puede cambiar mi vida?. Nada desearía más.
- Le explicaré más lentamente, cuando nacemos a cada ser vivo se le impone una carga de problemas a los que deberá enfrentarse durante toda la vida. Esta carga es inherente a cada sujeto sea humano, animal o vegetal y no se puede prescindir de ella aunque en determinadas ocasiones en las que la carga es excesiva, y este sería su caso, estamos autorizados a cambiarla por otra más liviana. Usted ha sido designado como una de estas excepciones y podrá elegir la carga que más se adapte a sus características. Pero ha de elegir bien pues solamente se permite un cambio, y la carga que usted elija habrá de soportarla el resto de su vida.
- Entiendo, pero… ¿Dónde tengo que hacer el cambio?.
- Primero ha de firmar el “conforme”, ya le he dicho que no se admiten reclamaciones posteriores. Veo que ya ha recibido el talón de cambio. Solamente tiene que firmar con este bolígrafo…
- ¿Talón?… Pero si eso es una piedra tallada con dibujos raros…
- Las cosas no siempre son lo que parecen. Le repito que tengo prisa. ¿Va a firmar o no?…
- Está bien, firmo porque nada tengo que perder. Oiga, este bolígrafo si que es raro…
- No tengo otro modelo, lo siento. – Contestó el hombrecillo evidentemente molesto-.
- Disculpe, no se enfade, firmaré. ¡Oiga, parece como si se quemase la piedra al escribir sobre ella!.
- Si, es la única manera posible de que la firma sea indeleble. Pero dejemos ese detalle ahora, por favor, sígame.
- ¿Seguirle a dónde?…
- Tiene usted que elegir una nueva carga para cambiarla por la que ahora tiene. Por favor acompáñeme al interior de su propia sombra.
El hombre, sin apenas tiempo para reaccionar, se levantó de la cama. El sol entraba con fuerza y al recortarse su figura sobre la luz, una nítida sombra se perfiló sobre el suelo. El recién llegado, con una voz autoritaria que no dejaba lugar a dudas, ordenó:
- Este es el momento, salte sobre su sombra, ¡Ahora!…
Él saltó, en ese momento todo desapareció, la habitación, la luz, el pequeño hombre… Al acostumbrarse a la oscuridad solamente vio un amplio pasillo con sendas hileras de sacos apoyadas a lo largo de las dos paredes. Al momento se percató de que no estaba sólo, el hombrecillo le había seguido en su salto a través de la sombra.
- ¿Dónde estamos?
- Bien, todos los sacos que usted ve, corresponden a distintas cargas de problemas destinadas a cada uno de los seres vivos. Quizá no se haya dado cuenta pero en estos momentos usted porta un saco similar. El hombre giró la cabeza y se miró el hombro. ¿Es posible que no se hubiera dado cuenta antes?. Efectivamente portaba un saco similar en aspecto a los demás. Inmediatamente, casi sin pensarlo dejó el pesado saco en el suelo y al momento se sintió totalmente aliviado de todos los problemas que le atenazaban. El hombrecillo sonrió.
- Pero las cosas no son así de fáciles. Es preciso que usted elija otro saco pues no puede salir de aquí sin su carga. Puede usted coger el saco que desee.
El hombre avanzó dubitativo, miró todos los sacos que se extendían a lo largo del pasillo y seleccionó uno. Lo levantó pero pesaba demasiado, no sería ese el elegido. Probó con un segundo y un tercero pero todos le pesaban sobremanera. Recorrió el pasillo una y otra vez alzando uno y dejando otro, todas las cargas que los seres vivos habían de sobrellevar eran realmente pesadas, ninguna se adaptaba a él. De repente agarró un saco no muy distinto del resto. Lo levantó sin dificultad, la carga era verdaderamente ligera. No quiso probar más y se dirigió a su acompañante:
- Bien -sonrió con satisfacción-, éste es el elegido.
- ¿Este?. ¿Está usted seguro?.
- Lo estoy. Es el saco más ligero de todos cuantos he levantado.
- Bien, la elección ha sido suya. Espero que esté usted satisfecho…
- Lo estoy, muchas gracias por sus atenciones.
- Por nada. Prepárese usted para volver, pero antes de irse, quisiera decirle una cosa más…
- Usted dirá…
- Ese es el mismo saco que usted traía cuando entró…
El hombre cerró los ojos, estas palabras resonaron como un eco dentro de su cerebro. Al abrirlos de nuevo se encontró tumbado sobre la cama, ya había oscurecido. ¿Un sueño?. Se levantó y empezó a andar decidido. Pasó de largo por delante de la ventana y se dirigió a la pila de platos de la cocina. Empezó a fregarlos mientras pensaba en el curioso sueño que acababa de tener. Sobre la mesilla de noche dejó una pequeña piedra plana. En una de sus caras el dibujo de una esfera terráquea rodeada de una pila de sacos. En la opuesta, una firma grabada a fuego.
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