Con cuatro años estaba profundamente enamorado de Elvira.
Ella era una niña de tez blanca, con melena castaña ondulada y labios protuberantes. Era zalamera y risueña, muy propio de las niñas en esa edad, aunque esta destacaba para mi sobre las demás. Raro era el día que mis ojos no dieran a parar a los suyos.
Nos llamaron para unas competiciones en educación física. Eran carreras de parejas con un pie atado a tu compañero. Hubo un sorteo. Me tocó ella.
Recuerdo que cuando me ataron a su pie, me quedé petrificado. No sabía si había tenido buena o mala suerte, el caso que ahí estaba, al lado de la chica que más amaba de todo el colegio, de toda la ciudad, de todo el universo.
Comenzó la carrera y me dio por correr. Ella sin embargo no parecía estar afectada por hacer esa carrera conmigo. Se mostraba impasible. Desde pequeño, yo apuntaba maneras en atletismo, y sin darme cuenta y con su ayuda, acabamos los primeros aquel día en los previos a la competición final.
Recuerdo días después en mi casa, pensando en lo maravilloso que fue y en que aún me quedaba un último día para estar cerquita de ella.
Llegó el momento y quise llevar mi mejor ropa, mi colonia en abundancia y mi pelo repeinado. Aquel día, atándonos los pies otra vez juntos, mi cuerpo temblaba. Pero fue distinto al día anterior, quise disfrutar de ella. Aquel día quedamos los últimos, pero para mi fue uno de los mejores momentos de mi vida. Ese día, para mi, también había ganado. Sin duda, mi premio fue volver a estar con ella, aunque fuese la última vez que lo hiciera. |