CAPITULO XII
Se bajo de su cuaco; que ese día traía un fuste con adornos en chapa de oro, su traje relumbraba por la botonaduras, su sombrero de charro bordado de oro, su cinto pitiao; con pita de oro y con figuras de gallos en varia posiciones incluso en batalla, la funda de su pistola tambien bordada con dibujos de gallos, sus botines negros y unas espuelas de plata, les digo que todos los de por acá se les caía la baba; que era tipo lo era, que ni que, caminó rumbo a la iglesia y con cada paso el sonar de sus espuelas y de su botonadura, hasta la corbata era color oro, era un tipo alto fornido por las labores del campo, cuanto suspiro arrancó de veras; que había más de una que si lo quería bien pero la Rosaura se la había metido para mal en la sangre, y para su desgracia…
Doña Juanita todavía con la duda clavada en el alma, muy curra llevo a su hijo del brazo para entregárselo a regañadientes a esa mujer; dicen que a las madres nadie las hace mensas y es la pura verdad, ella presentía que todo aquello a pesar del arguende, iba a acabar mal; que cosas, las madres saben mucho que ni que…
Ella ya estaba adentro; esperándolo, todos los ojos estaban puestos en ellos, él caminó paso a paso; quería grabarse en la cabeza, cada momento de la boda por que él; estaba como en un sueño, se fijo en todos los invitados nomás de reojo, pero toda su atención estaba en Rosaura; la vio chula y pos más adentro se le metió, ella todavía hipócrita le sonrió, como si de veras quisiera casarse con él, se veía como la merita Virgen; con el perdón del cielo, Doña Juana le entregó a su hijo, el papá de Rosaura hizo lo mismo y dieron unos pasos; ya juntos hacia el altar, aquello era la locura el rumoreo se acrecentó a pesar de estar en la casa de Dios, era el momento que todos estuvieron esperando por días y semanas…
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