Desde que empezara a razonar, entendí que al ser mis pies la base que sostendría al resto de mi cuerpo -este vehículo que me transportaría el alma durante el tiempo que vaya quién a saber- me dedicaría a brindarles un cuidado especial. Son, exceptuando a los sentidos, mi parte humana más preciada.
Además de los rituales cariñosos a los que están acostumbrados, los abrigo en invierno y desabrigo en verano.
Una tarde de verano, en un país donde siempre he parecido extranjera a pesar de conocer el idioma y la idiosincrasia de sus habitantes, lucían mis pies semidesnudos llevándome de vuelta a casa. En característica consideración hacia su necesidad de descanso, a mitad del camino me decidí a tomar el colectivo y terminé sentada junto a un desconocido que reparó en mis piececillos. Ellos, en una especie de alarde de vida propia, se mostraban orgullosos.
El desconocido y yo bajamos en la misma parada. Mientras me alejaba me suspiró una de sus fetichistas fantasías, calculando -supongo- que no le entendería:
_ Cómo me gustaría lamer las plantas sucias de tus pies…
Para otra persona -con otros pies (!!!)- aquella frase hubiera sido tal vez incontestable. Sin embargo, con gesto entre asombrado y molesto, en perfecto castellano respondí:
_ Cómo que sucias?!!
|