Los libros querían llevar una vida picaresca. Para cometer tal fin, se fueron a una librería y firmaron un contrato de derechos reservados de autor y les dieron una licencia para enseñar su contenido. Rápido corrieron a una vitrina con las hojas abiertas y mostrando las mejores musas y haciendo desorbitados movimientos para invitar a los eruditos a chuparse los dedos con las tiernas páginas…
Valga la aclaración: Sí usted es un menor de edad no termine de leer esté indecoroso texto.
Era un lugar lleno de hombres hambrientos por el conocimiento. Las descaradas llamaban a los intelectuales y con las pastas coloreadas más de lo normal, tartamudeaban:
-Guapo, llévame soy muy interesante.
Una a una. Fueron negociando el cuerpo, para terminar en manos de un extraño a cambio de unos billetes sucios. En otras palabras, se entregaron al mejor postor: como si fueran viles papeles.
¡¡¡Hasta donde a llegado el desvirgado comercio literario!!! |