Tuve miedo de empezar esa historia, nuestra historia, y así te lo hice saber. Siempre he sabido que soy muy cobarde.
Tú me dijiste que no debía tener miedo. Que eras lo suficientemente valiente por los dos, y que todo iría bien. Creo que nunca fui consciente de que éramos tres, quizá porque nunca me dijiste que esa era la realidad. Te creí. Confié en ti ciegamente. Pero cuando la tormenta nos alcanzó en plena travesía, cuando la mar brava vapuleaba nuestro pequeño velero, decidiste no hacer nada. No luchar contra la tormenta, no achicar el agua sobre la cubierta, no recoger las velas para que no se rasgaran. Tomaste el chaleco salvavidas y te pusiste a salvo. Yo, ilusa, creí que podría vencerla, pero olvidé que no sabía nadar, y aunque las olas no pudieron arrebatarme la vida, dejaron en mi carne heridas muy profundas. Golpes en el alma que tardarán en curar, y por supuesto, no será junto a ti.
Fíjate que paradójica es la vida a veces. Hoy estoy aquí, desde esta terraza de mi nueva vida contemplando el mar... y acabo de darme cuenta que en toda esa historia nuestra, la única valiente fui yo. Ni tú ni ella, lo fui YO.
Después de todo lo ocurrido, vienes a implorarme perdón. Si me conocieras sólo un poco, sabrías que hace mucho tiempo te perdoné. Perdónate a ti mismo y hallarás un poco de paz. Por que eso es lo que he encontrado yo, aquí, en este lugar donde puedo contemplar el mar todos los días, y por las noches, cómo la coqueta luna llena se refleja en sus aguas mansas... Paz, al fin tengo paz en este lugar. Paz, y un amor incondicional. Algo que no conocí jamás contigo.
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