Podría comenzar este relato describiendo una escena familiar. El padre de mediana edad tumbado en la cama con una fiebre incontrolable mirando en el techo dos cruces inexistentes, que como exacta premonición señalan los días que le quedan de vida.
La madre sudorosa y demacrada, con un ojo en la pobre mesa, en que un par de mendrugos y una jarra con café son todo el alimento de cuatro enclenques niños. Y el otro pidiendo clemencia a la luz de la tenue y única bombilla, colgando desnuda de un techo color ocre a fuerza de pinceladas de cochambre proveniente de la hornilla.
Podría abundar en las circunstancias que llevaron a estos desdichados a la pobreza y el desamparo pero no lo voy a hacer, porque en estos tiempos no resulta elegante dar cabida a los perdedores. El lector sensible e inteligente conoce hasta el hartazgo y no quiere saber de tristes crónicas tristes.
Por eso mejor podría iniciar este relato con una historia de éxito. La del joven que nacido en este mismo barrio lusitano, si, donde ese padre de mediana edad agoniza, brincó a la fortuna y la fama gracias a la innata habilidad de patear un balón.
Entonces he aquí que el mozo llamado Cristiano, por buena estrella y cara de niño Dios, irrumpe en lujoso bar de California. Deslumbrante, con todo y la escayola en el tobillo y el rostro descompuesto debido al pesar del reciente rompimiento con su curvilínea prometida.
¿Y porqué hablar de una mesa pobre, dadora de hambre y enfermedad cuando podemos relatar otra, con copas y copas de champagne, anfitriona de doradas muchachas con cuerpos firmes y delgados, no como la madre de piel ceniza y colgantes carnes?
¿Y porqué hablar de los desesperados intentos del padre mórbido por alejar a la señora de dientes verdes, cuando podemos solazarnos con el exitoso desprecio que muestra nuestro afortunado Cristiano a una diosa del jet set global, la hija de connotado millonario hotelero que responde al nombre, ni más ni menos que de la ciudad luz ?
Otra vez la historia de perdedores y ganadores. y por supuesto nos quedamos con los segundos. Los primeros no son gratos, sino acontecimiento cotidiano que tenemos siempre aquí al lado, si no en nuestra propia casa.
Por eso perdone el lector el mal gusto de mencionar que el iluminado deportista gastó en una noche de copas, una sola, 20 mil dólares. Más o menos la cantidad que hubiera evitado que el agonizante padre estuviera mirando en el cochambroso techo de su hogar la cruz que anuncian su muerte, ahora solamente una. Y de reojo, el diamante reluciente que adorna el lóbulo izquierdo del héroe de la familia, el joven Cristiano, que comparte con la mismísima virgen de Fátima el centro del altar familiar.
|