Me levanté temprano. Era el típico día que apenas había dormido, consumido por mis problemas cotidianos, y el despertar había sido más pesado de la cuenta.
Casi con los ojos cerrados, me vestí y salí a la calle. Aún había luz solar, pero había quedado con el peluquero para descargar un poco aquello que me sobraba, antes de comenzar otra jornada laboral aburrida.
Por el camino, veía que la gente se me quedaba mirando. Pensaba que el motivo sería mi expresión de cansancio y tristeza que arrastraba desde días pasados. No advertía aquello que posteriormente hubo de suceder. Yo seguí impasible mi camino hacia la peluquería.
Cuando llegué, solté mi abrigo, me senté, y sin decir nada, permanecí allí durante unos minutos.
El peluquero salió de una puerta trasera a la sala, y conforme me vió, no dijo nada, se sentó a mi lado, y como quien sin querer, comenzó a hablar de cosas triviales…, y de ahí, y poco a poco, pasamos a una conversación en el terreno de lo personal. Era un hombre cordial, educado y con gran capacidad de dar consejos escuetos y claros, y sobretodo de escuchar.
El intentó hacerme ver, que tenía que cambiar ciertos aspectos de mi vida -ciertos hábitos- romper con ciertos lastres, continuar conmigo mismo -reencontrarme-. Me insistía que no podía continuar con aquello que me pesaba tanto, y que si seguía por ese camino, no iba a acabar bien. Yo asentí a todo. Sabía que llevaba razón, y me comprometí al cambio, pero no entendía cómo podía estar viéndolo él tan claro, cuando apenas había tenido yo fuerzas siquiera para reconocerlo.
Al cabo de un rato largo de charla, me dijo que por ese día, no podía hacer nada más por mi. Me comentó que me pasara otro día. Volví a reservar una cita con él, y me marché.
Por el camino de regreso, y aturdido, me fuí pensando en el por qué me había dado todos esos consejos -si yo tan sólo fuí a cortarme lo que me sobraba, y sin embargo pasamos el tiempo hablando-, entonces y con paso lento me dirigí hacia mi casa.
Cuando llegué, … abrí la puerta, …y me dirigí como si de una intuición se tratase hacia el espejo.
Cuando miré lo comprendí todo.
Había olvidado mi cabeza. |