No he sentido el frío del invierno en mi cuerpo, no he recorrido el hervidero de vapor entre las alcantarillas furiosas de un día cualquiera, no he posado mis manos sobre el mármol helado de aquella estatua majestuosa que se impone frente a los ojos de los fríos caminantes, de los caminantes fantasmas, de los caminantes del tubo que es la gran calle en donde ahora me encuentro. No he tampoco sentido el viento resoplar entre los hospedajes de aquellas gentes que miro ahora pasar desapercibida.
Sin embargo he pasado. Sin embargo todo lo he visto. Suena presuntuoso pero se darán cuanta que más bien es terrible, que más bien es el espanto en persona. Que es como ver desde una butaca cómoda y reconfortante una proyección, una terrible reconstrucción teatral de lo que será de tu futuro, o mejor no de tu futuro sino del futuro de tus conocidos, de tu familia, de tus amigos, de tus animales, de tus vecinos, en fin, de todos, y esta representación será malévola, perjudicial, triste, apocalíptica por decir lo menos. Será manchada en sangre, será grabada bajo el terror, la proyección será en realidad una estaca, un cuchillo filoso socavando en el fondo de tus arterias la sangre más limpia que pueda encontrar, eso será, no una proyección mirada desde un cómodo sillón, con los pies en alto y con una bebida entre tus manos y unas cabritas o un chocolate listos para ser comidos, no, eso es lo que menos será. Pero tu estarás cómodo, tu estarás allí, sin moverte, sin hacer nada, al principio indiferente pero luego tomando conciencia, luego entendiendo que aquella proyección es en realidad algo que a ti te interesa, es una señal, un signo, un símbolo, un puente que te conecta con todo lo que alguna vez tu mente pensó en el silencio de la noche y en el silencio del calor de tus frazadas, pero que no tomaste en cuenta porque no era real, porque no sucedía en tu realidad de piel y de huesos y de materia. Pero ahora sí que está allí, alguien te lo muestra y tu temes. En tus entrañas comienzas a temer, a temer desde tu sillón de cuero pulido comienzas a temer y no puedes hacer nada, porque el hecho mismo de estar sentado allí en tu sillón te impide entrar en la película.
Date cuenta, ya accediste, ya compraste tu boleto de entrada, ya contribuiste a que la película se estructurara, a que los directores comenzaran a crear en sus siniestras mentes todo lo que ahora aparece en frente tuyo. Tu pusiste también un ladrillo en esa muralla, y te dabas cuenta cuando lo ponías, y como no, si tus manos están resquebrajadas por el peso de todos los ladrillos que pegaste, uno tras otro, y ahora lloras, ahora temes, ahora, ahora que todo ya ha terminado y que la película está hecha. No podrás entrar en ella, fíjate, es una proyección, es una simple proyección, no tiene puertas ni ventanas.
Escucha también afuera, escucha la tormenta que cae sobre tu casa, escucha los truenos y escucha el ulular del viento. Escucha el tronar del mar, su furiosa arremetida en contra de las rocas. Siente el suelo temblar bajo tus pies. Tienes razón en sentir temor. Tienes toda la razón. Y antes mirabas a aquellas gentes de tubo enorme que era la calle con desprecio, con lástima, con hastío. Y no entendías. Y ahora entiendes. Ahora que también marchas en su dirección entiendes. Pero también temes. Lloras como un niño. Como un bebé recién nacido, recién nacido entre peces podridos y entre restos fecales. Así lloras, oh, gran comerciante, así lloras, ahora que todo tu gran imperio se haya en ruinas.
Trata de abrir los ojos antes. Trata de explorar más allá de tus pobres límites, o al menos inténtalo.
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