El príncipe miró a la rana que estaba sobre una de las baldosas de mármol del camino que surcaba los jardines de palacio. “Bicho repugnante”, pensó y con un palo se dispuso a aplastar al feo animal que saltaba en dirección a un estanque no muy lejano. De pronto la rana se giró y dirigiéndose al príncipe le dijo:
“No me matéis, pues mi feo aspecto no denota mi sangre real, pues una hermosa princesa soy y si queréis desposaros conmigo solo habréis de besarme. Después, seremos felices para siempre y prometo deleitaros con placeres que ni siquiera sospecháis.
El príncipe, venciendo su repugnancia besó la viscosa piel...
En el camino de baldosas que surcaba los jardines de palacio la princesa y el príncipe de las ranas saltaban en dirección a un estanque cercano. |