Empezaba a oscurecer...
El seco y sofocante calor vespertino ahora se disipaba dando paso a una brisa húmeda y fresca que por un momento me recordó los días felices de mi niñez. ¿Mi niñez?...Y esta, ¿Donde había quedado?
Cerré los ojos y de un impulso giré muchas veces sobre mi espalda, flotando en el aire suave de aquel anochecer. Feliz, como no lo era realmente desde no se cuanto tiempo.
...Y así desde la altura, sentí un deseo muy grande de ver a mi ciudad llena de su gente, este pedazo de tierra que me vió nacer y le tocó también verme morir. Mi tierra, que ahora la veía diferente, la veía con los ojos con los que seguramente Dios la ve desde donde está, como paciente y sumisa, como a la espera de algo que tarda mucho y parece que nunca va a llegar.
“Sígueme benjamín, te voy a mostrar el lugar en que morí” -Le dije a mi amigo que para entonces hacía todo tipo de acrobacias en el aire y concluía estas con una pequeña reverencia al mas puro estilo de un artista circense-
Entonces, mientras nos dirigíamos al preciso lugar donde concluyó hace doce años mi primera existencia -Por llamarla de algún modo- reparé en que de todo habíamos hablado Benjamín y yo en mas de una década de conocernos. Temas tan diversos que iban desde la política hasta la religión pasando por cualquier cosa, pero jamás tratamos el modo en que habíamos muerto. Se lo hice notar y después de pensar un rato en mis palabras asintió con la cabeza y se encogió de hombros.
“¿Y como fué que moriste Antonio?” -Lo escuché cuestionarme en el momento que desde la altura ubiqué la carretera que buscaba y justo en la primera curva antes del puente de “La Piedad” le hice una seña con la mano para que bajáramos.
Conforme lo hacíamos su rostro se iba descomponiendo, pude ver que algo extraño estaba pasando.
Ahora, ya estábamos en suelo firme.
“...Hace unos 12 años yo me sentía prácticamente un hombre realizado, a poco menos de cumplir 40 tenía una familia consolidada, un trabajo estable, una posición económica que si no era de lo mejor estaba encaminada a mejorar aún mas y un sueño por cumplir: Tener mi propia casa de campo.
Alguien me había ofrecido una en venta a pocos kilómetros del lugar donde vivíamos y un día me propuse a ir a verla con la idea de que si era de mi agrado llegaría con la noticia a mi familia de que eramos dueños de la finca campestre que tanto habíamos soñado. Ese mismo día cerramos la operación y yo me sentía el hombre mas feliz del mundo que ahora lo que mas deseaba en la vida era llegar a su casa para darle la sorpresa a su familia.
El destino dispuso otra cosa e interpuso entre mi familia y yo, un auto a toda velocidad de frente al mío y con una pareja a bordo, saliendo de la curva del puente de La piedad.
Todo sucedió en cosa de segundos. Y aunque recuerdo que sobreviví al impacto frontal, no pude hacerlo de las llamas que poco después nos consumieron. Antes de morir le pedí a Dios por mi y por el conductor del auto con que colisioné y que claramente podía ver a poca distancia mía y por la mujer que lo acompañaba, que aunque vivos estaban tanto como yo atrapados por los hierros retorcidos y nos era imposible librarnos de ahí.”
De pronto sentí como la tierra cayó bajo mis pies. Cuando volteé a ver a Benjamín pude ver otra vez el rostro del hombre aquel que con desesperación hacía esfuerzos sobrehumanos por librarse de los hierros que cercenaban en vida su humanidad. Reviví en millonésimas fracciones de segundo el momento exacto en que dejé el mundo de los vivos para pasar al reino de los muertos y como un torrente de agua helada cayendo sobre mi espalda pude recordar con espeluznante claridad donde fué que había visto antes el rostro de mi mejor amigo...
Continuará... |