"...más el valor, los hechos, las proezas
de aquellos españoles esforzados,
que a la cerviz de Arauco no domada
pusieron duro yugo por la espada."
(La Araucana. Fragmento 1ª estrofa,
1º canto, 1ª parte.)
Por la mañana, al levantarme,
soy testigo de la Guerra de Arauco
concentrado en el crimen de Ainavillo.
Antes de perecer,
mientras las gotas agrandan el charco,
el mozo, entrecerrados los ojos,
entre sus últimos estertores,
me dice que su asesinato es también
la muerte de Alcatipay, de Ancanamón, de Andalicán, de Angol,
de Antegüeño, de Aucanamun,
de Brancol, de Butapichún,
de Calpoche, de Caupolicán,
de Cariolán, de Cayeguán,
de Cayocupil, de Colocolo,
de Chigaimanga, de Elicura.
La muerte de Fenistón, de Galvarino,
de Gracolán, de Gualemo,
de Guampicol, de Guaticol,
de Huetopaen, de Huichuvilo,
de Huirumanque, de Inailicán,
de Lautaro, de Lebopía,
de Lemolemo, de Lemullanca,
de Leocán, de Leocato.
La muerte de Lepumante, de Leucotón,
de Licanante, de Lientur,
de Lincoyán, de Loncomilla,
de Loncopichún, de Luancura,
de Llanckafil, de Lancareu,
de Mareandé, de Mareguán,
de Maulicán, de Michimalonko,
de Millalauco, de Millalelmo.
La muerte de Millalipe, de Millayeco,
de Molbunante,de Nailicán,
de Namoncura, de Naucuante, de Neculante, de Ongolmo, de Orompello, de Paicabí, de Pailamacho, de Paillamacu, de Painaguala, de Palta,
de Pelantaru, de Peteguelén.
La muerte de Pillán, de Pinol, de Pran, de Purén,
de Quempuante, Quilalebo, de Quilacura, de Rengo, de Surco, de Talcaguán, de Tanjalonco, de Taygüelgüeño, de Tereupillán, de Tomé, de Tucapel, de Tunconabala...
Dicen que a veces la realidad supera a la ficción. |