El túnel se abría y se cerraba al mismo tiempo, el túnel con luz artificial, el túnel que se angostaba cada vez más, que se hacia más bajo por cada paso y se ondulaba con cada ola de viento que lograba entrar en sus recintos. Ese mismo túnel era el que me conducía hacia mi destino, hacia aquel lugar que nadie conocía, a aquel lugar ignoto y deplorado por el abrasante sol que allí caía como una niebla espesa, como una avalancha de frío aterrador. Allí llevaba el túnel, allí, a un lugar solo conocido por mí, solo visto por mis ojos, solo encontrado por mi cuerpo en un momento del espacio y del tiempo que estaba predestinado, escrito en los antiguos libros. Ya sé que nunca más encontraré aquel túnel, sé que el cielo ya no se condensará en trozos de espacio vacantes entre los siglos precedentes, y que las aves no volarán sobre mi cabeza como aquel día lo hicieron, con aquellos círculos concéntricos que se anastomosaron entre sí de forma inexplicable.
Sé también que aquel pasillo, aquel túnel, estará a la disposición de cada persona. Lo se y es natural, pero también sé, también me doy cuenta de que solo ese pasillo existió para mi en aquel momento, que es irremplazable e inmutable, que es persistente, que es, simplemente.
Las cosas suceden y existen en tan solo un momento. No las creas inmutables. Ya el budismo lo dijo, ya la ciencia busca negarlo, ya la razón es su férrea contrincante. Y mira a tu alrededor, cada cosa que te pasa es única. Ese pasillo, ese piso que tus pies tocan, o bien ese túnel en donde me encontré, serán un puente, un signo, una señal que te llevará a valorar y a sentir cada cosa como única, maravillosa e irrepetible.
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