“Soy el ave que libera en su pico, los nudos ardientes de tu bluzón”
A la edad ya de sus 45 años Juan escribía y escribía con una ligereza que lo hizo muy popular o mas bien una celebridad entre sus vecinos y en todo el barrio. Los niños por la tarde en el crepúsculo se reunían en una plazoleta con jardineras para escuchar “Los Cuentos de Juan” , los señores recurrían a él para los acrósticos de los cumpleaños de las esposas, para las quinceañeras en su celebración familiar y las memorables “calaveritas” que no podían faltar en las fiestas de noviembre, igual bodas, reuniones familiares informales. Simplemente lo llamaban “el maestro” por la finura que alcanzaban sus logros en la literatura autodidacta o mas bien, en ese suculento placer con la intimidad de su entorno, aceptando con serenidad el momento que le tocó vivir.
Se preguntaba a solas en su cuartucho si alguna vez Diógenes había hallado “su hombre”. Juan tenía lo que necesitaba para sentirse bien en la vida, una forma de vivir dando y recibiendo sin esperarlo o demandarlo.
“Quizá...” se decía – “Diógenes era un neurótico exigente perfeccionista, o lo que buscaba era una vida distinta. Muchas veces me dijeron –mediocre-, jamás regresaré a mi pueblo porque tengo miedo de que descubran a un Juan que sigue siendo pobre y aquí, nadie se fija en eso. Me dá miedo Diógenes y la gente de su tiempo como la del mío”. Se decía mientras descansaba de una dura jornada –divirtiéndose -.
(Amigo mío)
Lo descubrió un vago astuto, pero eso si, un burócrata soñador de gloria, fama y dinero. Le apodaban
“La Doña” por su pose siempre altiva y según él sus amplios conocimientos de poesía y amigo de importantes dramaturgos, pero pasaba por burla de sus conocidos por “lengua-larga”, y su cursi mediocridad como “poeta” . Supo de Juan y al escucharlo quedó embebido de su soltura y maestría.
Se hicieron de palabras amigas y pronto se dio el momento de la confianza. Juan le invitó a su cuarto para mostrarle material muy especial y querido acumulado por largos 15 años y se dio la peligrosa mancuerna de “Judas y Cristo” . Liberalmente le prestó el material para que “La Doña” lo leyera con calma, pero el material entre risa y risa, simplemente no regresaba.
Talento para vivir
Juan recorría las librerías del centro de la ciudad, husmeando, cazando, tomando las presas valiosas ¡tiradas! por esa supuesta –civilización del desperdicio -. “Cada libro tirado es un alma olvidada por la sociedad voraz”, - se decía. Hasta que liberado de ciertos prejuicios y de la persona de La Doña, que ya le resultaba insoportable, desde hacía un año no le veía por el rumbo –“Quizá en una vuelta regrese y me devuelva mis escritos y si no, bueno fueron hechos para disfrutarse”. ¡Oh!, sorpresa, en el aparador de una librería de “libros nuevos” descubre un libro que casualmente toma, hojea y descubre... ¡sus cuentos!. Voltea y lee el nombre del autor “Hugo Bloth Alzarugibirrutia del Morán Pico y Galatea Hook”, -¿Y este quien es? - Se
preguntaba -, finalmente recorrió otros cinco libros con el mismo nombre, pero entre versos, cuentos, novela.
Estaba absorto pensando que bueno, quien haya sido, le publicó su trabajo y de este modo mucha gente descubriría un mundo nuevo y mas divertido. Se sentía orgulloso de sí mismo, repasaba en su mente enloquecida los gestos, las expresiones de asombro de la gente que lo leía. Corrió a darle gracias a Dios en su parroquia y al contárselo al cura, este le respondió:
-¡Hay Juan!, te robaron tu mundo,
- No Padre, mi mundo recorre otros planetas- Le contestó con sereno regocijo. Si supieran en mi pueblo quien soy ahora, tal vez me respetarían un poco mas. No mejor no quiero saberlo.
Y el padre comprensivo le recordó las palabras de Jesucristo:
- “Si tu ojo te es ocasión de caer, quítalo, mejor es que entres sin ese ojo al reino que todo tu cuerpo sea echado al infierno” ...
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