Hay días que no son para entenderlos, que te explota la burbuja y te pones a recoger todo, o a ensuciarlo, que te entierras en un sillón y abusas de algo… Y el aletargamiento te obliga a hacer cábalas con los siete pecados capitales… y te sobran ocho. Y te desabrochas todo porque te asfixias, y no sabes si es el aire africano o las ganas de arrancarte la piel de hace milenios. Podemos resumirlo con aquella manía de sacarte los collares, de limpiarte del adorno y contemplar tu desnudez sin juicios, como quien observa la lluvia. Será eso, que no hay lluvia, que no hay mar, que la cabeza se vuelve hervidero y un pegajoso vapor de recuerdos se te va metiendo por los poros, y quieres sudarlos, pero no te da tiempo… y todo se descuadra otra vez, y no sabes qué pasa, porqué vuelve de pronto el desespero, el anhelo, la quemazón… y esa necesidad de aferre a aquella farsa que tanto tiempo te mantuvo viva. Pero cierras los ojos, y dejas que pase, y te late deprisa, y te inflamas, pero te haces la muerta… No moverás ficha porque ya obtuviste tu respuesta hace tiempo, ya entendiste todo y esto es sólo una especie de maldita resaca del siroco… porque simplemente hay días que no son para entenderlos.
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