EN PRIVADO.
Un hombre sale de casa muy apurado. Ve pasar un río de autos con dirección a la ciudad y se ofusca. Piensa en el desorden de la vida, en asesinos, en los recuerdos de infancia y también en la amistad. Sube a su auto y no baja para nada las lunas polarizadas, detrás de las que prefiere recluirse, sin más motivo aparente que no ser visto por los otros conductores. Navega ahora por una ancha autopista, expresa, que es sin duda la declaración de velocidad en su ciudad. Empuja, con la suela limpia del zapato, el pedal que hace rebasar a uno, dos, tres autos por su izquierda. Más rápido, 100, 120, mientras oye a Mozart salir sinfónico por los cinco parlantes de su Volvo. Huele bien, sí, él, el auto, dentro del auto, adentro de su traje. Lanza resoplidos de impaciencia contra el parabrisas: un accidente a unos metros, pudo ser él, pero aún no es su turno. Toma el atajo para dar con la prolongación que luego de un par de tréboles viales pondrá en su mirada el edifico donde lo espera un ascensor, un pasillo, una puerta, el saludo obligadamente cordial y fingidamente amistoso de la recepcionista. Llegará puntual. No le gusta esperar, menos ahora, aun menos en esa antesala con alfombra de alto tránsito, trazada en rombos, desde el más minúsculo hasta el que define el modelo, juntos con otros miles por toda aquella sala previa al privado de su psiquiatra.
Tampoco frente al doctor se quita las gafas, prefiere no revelar su mirada, sobre todo la que trae hoy. Acaso también para tener el valor de contar hablando o imaginándose solo, como en casa. Carga con muchas preocupaciones. Mucho antes de que la puerta de ascensor se cerrara había bosquejado la secuencia de su monólogo. Sin embargo, y pese a no haberlo incluido, la imagen del diario de su hermano se movía de un lado a otro en sus pensamientos. El teléfono, el anónimo bajo la puerta, un mensaje que sugería hallar aquel tomo finamente encuadernado, donde se relataban episodios de un día a día, hasta antes de la desaparición de Hernando. Se recuerda a sí mismo, bien temprano, salir volando de la cama e ingresar, haciendo a un lado sus reparos, al despacho; buscar entre archivos, cajones, y estantes el inconfundible diario. Lo primero que leyó le resultó incomprensible: “Prometo que algún día te contaré la verdad sobre aquello que te suelto iracundo, reconfortándome de las peleas que me ganas. La historia verdadera en la que no sólo murieron cuatro pájaros de un solo tiro, sino, la parte más interesante: el episodio final, donde las cuatro almas y, principalmente el alma del primer pájaro, acaban con la vida de quien jaló del gatillo. Pero ahora, por favor, apaga la luz y cerciórate de que la alarma esté a las seis. Ya es tarde. 01-Set”. Cerró de un golpe el libro y abandonó el lugar. Repitió: pájaros, alma, final, gatillo. ¡¿Qué quieren que entienda con todo eso?!¡Demonios! Malditos anónimos, malditos mensajes, maldito día.
El doctor tiene un ejemplar de “Los Miserables” en su escritorio. El hombre puede ver la carátula, recostado en una especie de diván forrado en cuero, que abrevia su extensión con huecos, repujando botones parecidos a los de los abrigos sobretodo, mejor conocidos como gabardinas; entrelazando sus manos justo encima del remolino de sus cabellos. Desde que ingresó, el doctor se ha referido ha varias cosas: saludó, habló sobre el día lloviznoso, de la penosa pérdida de sensibilidad de la gente frente a la muerte del Cardenal, etc; sobreponiéndose, ha puesto la cara más amistosa que tiene y que el hombre contempla imaginando que oculta muchas máscaras con expresiones distintas, guardadas en su inmaculado y blanco traje, seleccionando la adecuada en el momento preciso. Miserable doctor de pacotilla, le ha dicho con tan sólo mirarlo; al segundo se ocupó de lo del diario. “Lo escucho” le dice, al fin.
El hombre cree conveniente explicarle que hoy lo nefasto se centra en el aumento incontenible de su neurosis. Es decir, que si bien la anterior cita convino en que este miércoles el tema serían sus odios, habría imperiosamente que relegarlo para una posterior. De este modo, tal vez, ocuparían la hora en hablar sobre el alma, el alma de los pájaros en concreto. Al final desiste y rompiendo de una vez por todas las ataduras de los miles de pensamientos que lo ofuscan, dice:
- Doctor, ¿ha notado que en su calva, a la misma altura en que tengo yo las manos en este instante, se traslucen un conjuntillo de venas azuladas que dan la impresión de ser una araña recorriéndole la cabeza siempre?
- Ciertamente, no -ha dicho el médico, sin saber que hacer ante tal pregunta, hizo una pausa obligatoria para pensar- ¿Por qué me lo pregunta? –agrega suavizando armoniosamente la voz.
- Porque odio las arañas y el color azul, sabe.
- ¡Ah! Veo que recuerda lo que nos reúne hoy.
El hombre mira la punta de sus zapatos, observa con detenimiento todo el consultorio. Las luces se reflejan como soles en sus gafas, brindando un aire tétrico a la escena. Parece convencerse de que se encuentra en el lugar equivocado. En el vértice del rincón, al lado de la ventana, cuelga un cuadro alusivo a la paz: una paloma en pleno vuelo, extiende las alas inmersa en un cielo como el de Huaraz. “Paz, azul, paloma, alma, pájaro”. Está apunto de animarse a contarle que luego de salir del despacho berreó como nunca, sumergido en la tina, sufriendo por no comprender ni una pizca de lo que sucede a su alrededor. Decirle que, por extraño que parezca, los gritos son más fuertes y ensordecedores dentro del agua que fuera de ella, lo ha comprobado anoche en la piscina.
- Azul, paloma, alma, paz- menciona el hombre, olvidando o ignorando la presencia del doctor.
- Comprendo, odia también las aves- toma nota de las palabras mencionadas en una libreta muy fina.
- No, a la aves no. Me parecen seres libres, aunque no razonen acerca de su libertad. ¿Cómo odiar a quien es más libre que uno mismo?
¿El anónimo llegó junto con El Comercio, o fue antes? Se pregunta mientras su interlocutor lo mira creyendo entender lo que le ocurre al paciente, no obstante es sólo un espectador de lo que se permite exponer. “Devastación, respuestas, diario de Hernando”, le comunicaba la nota tras romper de prisa el sobre. Era la tercera vez que la recibía: mismo sobre, similar tamaño de papel, idéntica caligrafía. Ha transcurrido un mes, tiempo en que ha sido vano todo esfuerzo de recordar quien posee unos trazos similares.
- ¿Sinceramente cree que debe odiar?- toma la iniciativa el doctor para preguntar.
Silencio de tres minutos para pensar o tratar de traer de memoria lo que leyó en un libro a los veinte años. Finalmente lo logra:
- Odiar es querer sin amar. Querer es luchar por aquello que se desea y odiar es no poder alcanzar eso por lo que se lucha. Amar es desear todo, y aun así, seguir con el heroísmo de continuar amando. Andrés Caicedo.
Vaya inesperada respuesta con la que se estrelló. Hubiera querido que se la repitieran toda un par de veces para analizarla con detenimiento, pero quedaría en vergüenza de no estar presto a captar las ideas.
- Entonces, ¿debo suponer que no está en contra del amor?- repone.
- No creo en el amor, pero si en el querer y más aún en el deseo.
La última vez que vio a Hernando, éste se disponía a partir hacia el Caribe, Cuba o Puerto Rico, quien sabe, lo cierto y lo posterior que se supo es que, hecha la escala en Bogotá no volvió a subir al avión. Su aparente primer destino era San Juan, mencionó la secretaria personal de su hermano, en la Corporación que manejaba. Lamentado el suceso, a la fecha se cuentan dos años, la soledad en la que se sumió el hermano menor y las investigaciones inconclusas. El hombre quiere saber qué fue lo que ocurrió. Necesita de vuelta a su hermano, pues su esposa se aprovecha del infortunio y hace añicos la fortuna que manejaba Hernando, en representación de los intereses particulares del hombre, también. ¿Qué quiso decir con explicar la verdad, qué simbolismo envuelve el gatillo en todo esto?, se pregunta una vez más. Miserable mujer, maldita nunca lo quisiste. Derrocha cuanto puedas, el dinero no lo es todo…
- ¿Ha querido a alguien profundamente? –interrumpen sus diatribas.
- Más que a mi hermano a nadie –responde con toda seguridad.
- ¿Ha deseado a alguien profundamente?- insiste el médico.
- No tanto, ni a nadie como a Marcela –baja las manos de su cabeza y hunde los dedos en los agujeros del mueble-. Pero nunca me comprendió.
- ¿Qué me dice de los objetos, guardan significado para usted, les tiene afecto?
“Quién se lo imaginaria, el retoño, a sus casi treinta aún conserva el anillo que le devolviera Ivonne a sus precoses once años. Yo lo hubiera tirado a la basura”, había dicho Hernando en una cena, en presencia de Marcela que no paraba de sacudirse levemente por la risa, tapándose la boca elegantemente con la servilleta. Objetos –pensaba el hombre-, aparte de olvidar arrojar a la basura ese anillo, otra cosa no había sido digna de profesarle afecto. Recordaba la escopeta de perdigones recibida como obsequio una navidad, pero ni eso siquiera: la echó a la basura al poco tiempo. Tal vez, las corbatas escogidas su padre para los tantos eventos de la Sociedad Nacional de Industrias a los que solía acompañarlo. Tampoco.
- Me irrita tener que esforzarme en ubicar alguna respuesta a su pregunta.
- Discúlpeme, no fue mi intención perturbar- se excusa el doctor.
- ¿Perturbar?, ha dicho ¿perturbar? –va a la carga el hombre.
- Sin duda lo he dicho- responde sin saber a dónde va el hombre con eso.
- Maldita palabra esa de perturbar, doctor. Me recuerda mis años en España, estaba culminando con éxito una especialización. Celebrábamos en una tasca en Barcelona, entre risas y brandy, cuatro compañeros y yo, todos de diferentes nacionalidades y cuando regresé para mi departamento un auto no dejó de perseguirme. A partir de esa noche, hasta la última en que me marché para reunirme con Marcela en Buenos Aires y volver a Lima, estuvo encima de mí, espiándome, siguiéndome, acosándome, siempre el mismo auto, con diferentes placas cada vez, pero indudablemente el mismo. Todo aquello devino aterrador. No pude soportarlo.
- ¿Qué pasó luego?
- Estando en Buenos Aires consulté un especialista y me dijo, en la cuarta sesión, precisamente eso: “Está usted perturbado por un delirio de persecución injustificado y un pánico desmedido a enfrentar situaciones de riesgo, o supuesto riesgo”. Maldito, como se atrevió a dudar de mí.
- ¿Considera que fue un diagnostico apresurado o desproporcionado del psicoanalista?
- ¡Por supuesto! Y después Marcela decidió irse de mi vida. Temía que pueda provocarle algún daño. La perdí.
- Pero el tiempo es un buen aliado para contrarrestar ese tipo de dificultades.
- Lo dudo, lo niego. Repruebo sus palabras, sabe.
El doctor guardó silencio, fue a dejar la libreta encima de la obra de Víctor Hugo. Otra vez se fija en las venas de la cima de su cabeza. Ha decidido sentarse a prescribir en algún recetario. Son cuatro pájaros –reflexiona el hombre- cuatro almas, devastación. Cuatro los ausentes en la familia: papá y mamá, Hernando y Ulises, muertos o desaparecidos es lo mismo. La clave puede estar por ahí. ¿Se referirá a ellos como pájaros? Aquel hombre odia los acertijos, odia pensar más de la cuenta, le ofusca el desorden, lo exaspera ver la cara del psiquiatra más de una hora a la semana, y esa araña que nunca decide bajar de su cabeza. Teme seguir leyendo el diario pues se altera su soledad y entonces la mansión se vuelve demasiado grande, ningún lugar es seguro para él, el cerco eléctrico no es una garantía. Que tal si descubrir el misterio del diario no le resulta soportable. Piensa y odia todo eso. Tener que regresar haciendo el camino de vuelta lo molesta también. El doctor se acerca.
- ¿De qué le gustaría hablar el próximo miércoles?
- De las almas- responde algo nervioso.
- ¿De almas?- señala el médico.
- Si, de eso, por favor.
- Entonces, así será.
El hombre maneja el auto pensando en la piscina, gritar le hará bien, seguro que si.
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Por: Carlos E. Vargas Mera.
Chiclayo, 27 de Abril de 2006.
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