Hubo una vez en China un chico de mirada dulce y sonrisa permanente, que pensaba que si hiciera un pozo muy profundo en la tierra, un día llegaría al otro lado del mundo y de esta manera podría atravesarlo y descubrir culturas lejanas y desconocidas. También armaba juguetes de papel que después quemaba, por esta razón lo llamaban “Huo Long” que significa en mandarín, “Dragón de Fuego”.
Al otro lado de la tierra en Argentina, había un chico con fuerte carácter y mal genio. Cuando se enojaba su voz sonaba como un gran trueno y su mirada fulminante tenía aspecto de relámpago, por lo que lo llamaban Nico “Tralken” que significaba en mapuche, “Trueno”.
Nico Tralken se relajaba haciendo figuras de papel, cosa que nadie le había enseñado. Otras veces le gustaba canalizar su energía, cavando con todas sus fuerzas hasta quedar extenuado.
Un día en que estaba furioso, descargó toda su ira en las arenas tibias de la playa donde sus padres solían ir a descansar. Cavó y cavó más allá de sus fuerzas y cuando estaba a punto de desfallecer, algo lo detuvo repentinamente y el pánico lo paralizó al ver que a sus pies, la tierra se movía, cobraba vida e intentaba atraparlo...
Huo Long había trabajado muy duro en su pozo, pero pensaba que faltaba mucho, cuando se introdujo en él y sintió que tocaba algo.
-¿Habría llegado al otro lado?
Sacó su mano llena de tierra y se aferró a algo que parecía una zapatilla. Un tremendo grito a dos voces inundó el túnel. Y afrontando el peligro, atravesó el boquete que lo separaba del monstruo en zapatillas. Sus asustados ojos rasgados se encontraron con otros ojos que desmesuradamente abiertos parecían mucho más redondos de los que Huo Long habría podido imaginar.
Pasó un largo tiempo donde sólo se sentía el golpeteo de los agitados corazones de ambos, hasta que por fin Huo Long se atrevió a hablar:
-Vengo de las tierras lejanas del Dragón Dorado. Yo soy Huo Long, Dragón de Fuego como lo indica mi nombre. ¿He llegado acaso al otro lado del mundo? –dijo con bastante claridad en español, que de mala gana había estudiado en la clase de idiomas en su escuela.
A lo que Nico Tralken, no saliendo de su asombro, le respondió:
-Llevo tanto tiempo cavando que deduzco que debemos estar justo en el centro de nuestro planeta.- A lo que Huo Long asintió convencido por el calor que allí se sentía.
Y haciendo cálculos, cada uno llegó a la conclusión que no era el único, que estaba haciendo lo mismo.
El destino había querido que ellos se encontraran en ese lugar, que no era, ni aquí, ni allá, pues ninguno estaba del otro lado del mundo. Era un lugar mágico, cálido y oscuro como un vientre materno... Donde poco a poco se irían contando sus mitos, leyendas e historias de héroes y semi-dioses.
A medida que entretejían las historias, se sentían más hermanos, al comprender cómo el hombre, a pesar de su desvalidez, había podido sobrevivir tanto tiempo en este gran universo.
Huo Long conoció Argentina y llevó a Nico Tralken a China y lo presentó a su familia. Luego hubo más viajes y ambas familias descubrieron la hermosura de las tierras de sus nuevos amigos y lo fantástico que había del otro lado del mundo.
Los chicos juntos crearon animales y monstruos mitológicos en papel, tan reales que parecía que en cualquier momento iban a cobrar vida y a salir volando o corriendo o a lanzar fuego por la boca.
Estaban las figuras tan bien logradas, que las expusieron en diferentes partes del mundo, para que las pudieran apreciar otros jóvenes que como ellos, quisieran transportarse a mundos lejanos en el tiempo y también en la distancia.
De las leyendas que en aquel encuentro de dos mundos se contaron, narraremos a continuación, algunas de las más hermosas que se convirtieron en las favoritas de los chicos.
Del libro “Leyendas de aquí y del otro lado del mundo” de María Mercedes Córdoba.
Próximo a editarse. |