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EL CAFÉ ROMA
(Relato)


Cada ciudad tiene lugares que al perdurar van adquiriendo la categoría de clásicos. Suelen ser desde restaurantes hasta boutiques, de farmacias hasta heladerías, panaderías o bares. Dentro de esta relación, está inmerso, cómo no solamente clásico sino también indestructible, el Roma. Un espacio que prefieren habitar turistas y, con mayor frecuencia, la gente que bordea los cincuenta, los sesenta, y quizá la razón de su prestigio radique precisamente en ello: formar parte de la exclusividad de personas que han forjado sus destinos y que, por las tardes o noches, logran encontrarse, sin proponérselo, con compañeros de estudios, socios, colegas, o partidarios políticos. Entonces, cuando uno pasa por la puerta del Roma no sólo respira un intenso aroma a café, sino que también puede percibir el sutil barullo que es producto de las múltiples charlas que se suscitan mesa a mesa, o la explosión de risas mesuradas, en pos de no molestar a los demás concurrentes. Ahora que he vuelto a Chiclayo, al recorrer con pausa y admiración la avenida Balta, parándome a propósito en las esquinas para observar con detenimiento los pocos cambios urbanísticos o en avance voraz del comercio que la ha convertido en un bastión de tiendas, farmacias, casinos, y empresas financieras, veo que al igual que en los años ochenta el Roma sigue en pie, en el mismo lugar, poblado de canos habitantes, con su letrero sucio, con la falsa imitación de pingüinos que son sus mozos; me decido entrar.

Nadie se percata de mi ingreso, todos parecen avocados en cuerpo y alma a sus conversaciones o discursos. Me dirijo y logro instalarme en una de las dos únicas mesas desocupadas. Elijo la de la ventana y la ocupo de espaldas a ella, para evitar las distracciones de la calle y, sobre todo, para poder ser un espectador privilegiado del mundo que acontece de puertas adentro. Se acerca un mozo, debe ser el de más avanzada edad, porque, aunque intenta moverse rápido, algo en él, tal vez un ligero arrastre en un pie, o el cansancio en los ojos, hacen que teñirse el cabello sea la única opción para pretender atenuar su entrada a la tercera edad. Me saluda con extrema cortesía, y es que ahora que reparo debo tener yo cierto estereotipo de turista, empezando por la apariencia: calvo, de bigotes, alto; vestido de traje casual, portando “Las Tradiciones Peruanas” que me he propuesto leer en la estancia chiclayana. Un café, un sándwich de pavo, no preciso más, le recalco.

De las paredes penden, en fila, cuadros que contienen a su vez hasta diez grandes fotografías en blanco y negro. Sucesos políticos, en su mayoría. Protestas memorables, escenas citadinas, descubrimientos arqueológicos del siglo pasado, son los que exhibe el Roma como prueba irrefutable de su trayectoria ininterrumpida. Llega el café; precavidamente le advierto al veterano mozo que no soy un turista, que soy alguien que regresa al tiempo, alguien que agradece que este lugar siga existiendo. Se alegra el buen hombre. Innecesariamente, inclina la cabeza y me dice bienvenido. Se marcha. Emprendo un poco de lectura desatenta con la verdadera intención de fijarme en las conversaciones que se van desarrollando alrededor.

A los pocos minutos, noto la insistencia de un toquido detrás de mí, en un vidrio de la ventana; me vuelvo y es una mujer con un niño en brazos, ambos impresentables, con el rostro descompuesto y los cabellos notoriamente faltos de aseo. Levanta ella una bolsa de confites, el niño me queda viendo, yo también los quedo viendo, y mis gestos han querido traducir que poco puedo hacer para colaborar con su propósito de venta, pues existe una barrera que nos divide. Me gasto un minuto en un juego de manos, sin lograr convencerla de que yo no puedo salir y ella no puede entrar. Al niño empiezan a caérsele los mocos, va desabrigado en este invierno prematuro de mayo. Pero ella insiste, no se rinde; en cambio, yo no encuentro cómo resolver esto. Le doy la espalda, con la esperanza de encontrarlos afuera, a mi salida del café. Ahora me explico por qué esta mesa estaba vacía.

De entre todos los presentes, hombres en su gran mayoría, no contemporáneos a mí, por cierto, a simple vista no reconozco a ninguno; soy yo quien es un completo extraño y, quizá, tenga poco de verdad aquello que mencioné antes: no soy un turista. Claro que lo soy. No puedo sino serlo, luego de 18 años de ausencia; donde por más alegre que me sienta, creo que no soy parte de lo que fui. Me resta saborear las sabrosas lonjas de pavo, siendo un inesperado invitado de esta alegre reunión en la cual todos departen y yo me dejo mirar como un desubicado, o un solitario incomprendido.

Al otro extremo creo identificar a alguien, y es que mucho no ha cambiado. Es alguien que conozco pero que en este instante no recuerdo su apellido. Consabido es que uno puede reconocer con mayor facilidad las caras mas no los nombres. El tipo parecer estar tomando notas, o sacando cuentas. Luce el mismo sombrío cerquillo que le cubría la cicatriz producto de un accidente en bicicleta cuando fue cachimbo. Vivía por acá, por el centro. ¿Futbolista él? No, su hermano sí. Ingeniería, Sociología, ¿de qué pabellón lo recuerdo? ¡López! Exacto, el zarco López, le decían. Siempre atento y saludador. Toma nota, o transcribe; siento deseo de interrumpirlo, pero no me atrevo a ir hasta su lado, quizá sea adecuado valerme del mozo para enviarle una nota escrita en servilleta. Así lo hago, escribo una frase, la firmo, pido al mozo el favor, lo cumple diligentemente y, a los cinco minutos, tengo parado frente a mí al zarco, a quien no me atrevo llamar “zarco”, ni tampoco “López”, sino amigo.
- Soy Francisco Núñez, debo pedir disculpas por interrumpirte, pero al reconocerte pensé que sería bueno conversar –mencioné al estrechar su mano.
- No es ninguna interrupción, Francisco, hombre, por más que hayas cambiado, yo no rechazaría la invitación de todo un personaje –respondió, sin manifestar alegría o sorpresa, sino simple trámite, o calma
- Gracias. ¿Pedimos algo?... –iba a sugerir, pero se adelanto, acertando mi elección
- Whisky, para mí.

El mozo partió retirando los trastos. Retornó al poco rato.
- ¿Cuánto tiempo? –me preguntó.
- Dieciocho años fuera, y ya mismo me regreso a Nueva York –comenté.
- Quien como tú, Francisco. ¡A tu salud!

Correspondí el brindis. Efectuado éste, ambos nos quedamos viendo, con una sonrisa que disimulaba la potencia del whisky invadiéndonos el cuerpo. La verdad, como pasó minutos antes, no sabía qué decir, cómo empezar la conversación. Venciendo la vergüenza y jugando un ardid, llegué a saber su nombre.
- ¿Cómo te ha tratado la vida, Marcial?
- La vida –musitó, agachando la cabeza-, la vida no te trata, te maltrata, querido amigo –levantó la mirada-. Ramón, mi nombre es Ramón –recobró la compostura y exhaló largamente-. La vida, ésa ladrona, ése tiempo fugaz en que la gente cree “vivir”, no es más que la oportunidad para demostrar diferencias. Unos disfrutan, otros esperan –buscó algo de entre su casaca-. ¿Fumas?
- No, gracias. Dejé de fumar hace mucho tiempo. Pero no me molesta, adelante.
- Y tú, ¿eres feliz?, ¿te ha tratado bien la vida de arquitecto famoso que llevas allá? –me preguntó, echando la primera bocanada.
- ¿Famoso, yo? –junté las palmas de mis manos enfatizando mi sorpresa.
- No niegues tu vida afortunada, no finjas falsa modestia, es lo peor que puedes hacer frente a los que luchan por un centavo –ahora su rostro cambió de expresión, parecía contrariado o molesto.
- No es para tanto –trataba de organizar mi respuesta, juzgando innecesario revelar intimidades-. Es cierto que no paso escasez económica, pero tampoco es verdad que mi vida esté plagada de dicha absoluta.
- Soy periodista, ¿sabías?

Un grupo de hombres abandonaba el salón, se despedían de otros con efusividad, desde lejos incluso; uno que otro gastaba la última broma o el compromiso de una nueva taza de café para el siguiente día. Negué con la cabeza. Empezaba a sentir que este inesperado encuentro con Ramón López corría el riesgo de echarse a perder por el tono de sus respuestas, y también por lo punzante de sus preguntas; sin embargo, preferí hacer a un lado los prejuicios y propuse un brindis:
- ¡Por el tiempo pasado, que visto desde aquí, sin duda fue mejor!
- ¡Salud, por el tiempo pasado, el intermedio, y el futuro en el que el Perú seguirá igual de jodido! –contrapuso su brindis e igualmente su vaso al mío.

Opté por apartarme del tema. Empecé por comentarle sobre los cambios en la ciudad, lo que yo notaba y lo que extrañaba ver; como las inexistentes palomas en la Plazuela Elías Aguirre, las antiguas panaderías, o el remodelado palacio municipal. Pero, al parecer, no logré el objetivo. Ramón parecía obstinado en hablar sobre política, pobreza, corrupción, narcotráfico. Me conversaba acerca de los últimos escándalos en el Congreso, en las Fuerzas Armadas, en el Poder Judicial. Sinceramente, me encontraba fuera de contexto y era poco lo que podía entender, más allá de oponerme al cáncer de la corrupción mucho no podía aunarme a su encarnizada crítica. Propuse otro brindis, como para terminar el trago:
- ¡Por la amistad, que el tiempo no es capaz de menguar, porque lo mejor de la vida es que te regala una segunda familia conformada por buenos amigos!
- ¿Por la amistad? Arquitecto Núñez, en el Perú no existe el concepto sublime que acabas de exultar. Acá lo que existe es una simbiosis feroz, para decirlo de algún modo. Y lo peor, somos cuna de una casta interminable de sanguijuelas que comúnmente conocemos como políticos –volvió a confrontar mi ánimo con su sorna malintencionada, que de a poco comenzaba a impacientarme.
- ¿Debo suponer que estás molesto con todo lo que ocurre? –vacilé al referir esto, pues, lo que realmente quería era abandonar la conversación o, al menos, cambiar la temática.

Ordené dos tragos más. El presto mozo, cada vez más sonriente, propuso acompañar el pedido con algún entremés. Ambos nos negamos. Ramón prendía el tercer cigarrillo y yo empezaba a incomodarme.
- Bien –dije, palmoteando la mesa y variando mi actitud a una más alegre-. ¿Tienes hijos, Ramón? ¿Esposa? Cuéntame de tu familia.
- Aunque está economía no da más que para mal comer, tengo dos hijos, que estudian oficios prácticos. No les puedo dar más. Y con la idea de emigrar rondándoles cada día, es lo mejor que pueden recibir de mí –respondió poniendo cara más humana, tomando distancia del hombre agrio que insistía en ser.
- Te felicito, debes tener un hogar sólido, una esposa comprensiva, qué bien por ti- palmotee su hombro al decir esto.
- ¡Puta madre! –espetó, causándome asombro- No hablemos de mi mujer, carajo. Para que te enteres –continuó nerviosamente, casi temblando de ira-: la muy desgraciada me dejó. Se fue, so pretexto de visitar a sus abuelos en la selva y de ahí partió con un viejo propietario de grifos –dio una calada interminable a su cigarrillo, fabricando enseguida una densa nube de humo sobre mi cabeza y prosiguió-. Me jodió. Así de simple, me-jo-dió.

Ante tamaña confesión no atiné respuesta, consuelo, ni conmiseración alguna. Bebí otro sorbo de whisky. Frente a nosotros, un grupo festejaba algo que nunca sabré que fue. Al costado dos ancianos se abrazaban. Más allá, dos gringos de pantalones caqui miraban como yo el panorama del Roma; seguramente sorprendidos de hallarse en medio de un bullir de conversaciones, de un sonido persistente de voces entremezcladas, un ruido parejo que permitía convertir en anónima cada confesión, incluida la que había soltado Ramón.
- ¿Tú qué te cuentas, cómo es tu vida en la gran manzana? –improvisó de pronto, Ramón.
- Mi vida es trabajar, de lunes a sábado, en diseño y remodelación de edificios corporativos –respondí siguiendo la nueva corriente de nuestra plática, y agregue-: Así me gano la vida.
- Ganar, perder; de eso mismo te hablaba. Acá pocos son ganadores. ¡Ganarse la vida! –se burló mi invitado- ¿Eres un campeón, entonces, con todos tus dólares? ¿Le ganaste a la pobreza?
- Por favor…
- Ganar, como si bastara existir para recibir un premio. No, compadre, acá por más que sudes, te empapes, te deshidrates, no consigues eso mismo que tú llamas…”ganarse la vida”. ¿O no has mirado la extrema pobreza de los pueblos jóvenes? Claro, no se ve desde los aviones. Ningún Presidente, ningún partido, te puede asegurar estabilidad en este país; pero seguimos teniendo el orgullo de ser peruanos. Lo seguro es la corrupción nuestra de cada día, patrimonio nacional.
- No es para tanto…
- ¿Cómo que no es para tanto? ¿Eres cojudo, acaso? Ustedes vienen creyéndose lo máximo, con su acento cambiado y sus billetes despuntando por los bolsillos del pantalón, y quieren darnos lecciones de vida, ¡a nosotros! ¡Imbéciles! –sentenció irascible.
- ¡Ya basta! –le increpé resuelto- ¿Cuál es tu problema? Te sientes incomprendido. ¡¿Crees que eres el único hombre con frustraciones en este maldito planeta?!

Me miró con ojos desorbitados, iba a encender otro cigarrillo y detuve su mano para encararlo enérgico:
- ¡Vengo después de muchos años, quiero tomarme una taza de café, encontrarme con gente de mis tiempos, te invito a mi mesa y te la pasas arruinándome el momento!
- Sólo te digo las verdades –repuso al zafarse de mi mano.
- ¡¿Y a quién demonios le interesa tus sucias verdades, miserable de mierda?!- grité perdiendo el control.

Al escuchar el pleito, el dinámico auditorio del Roma volcó en silencio. Reparé en mi error, y con gestos pedí disculpas a los presentes. Luego volví la mirada hacía Ramón que estaba gozando de la situación, hasta diría que pretendió reírse en mi cara. Por fin, incorporándose, dijo:
- Aún tienes huevos, Núñez, todavía pareces peruano.

La gente retomaba sus conversaciones como si nada hubiera sucedido. Todavía crispado, pedí al mozo me trajera un vaso de agua, el cual bebí de un solo trago antes de pagar la cuenta.

Al atravesar la puerta pensé en lo sucedido. Definitivamente, las cosas han cambiado en estos años de ausencia. La vida es diferente y dura, y está acabando con todos los antiguos entusiastas, con las personas que prometían un futuro distinto y, la verdad, la furia en su diario vivir es comprensible. Por lo pronto, me reconforto con que el Roma siga en pie; en que de alguna manera sea inmortal. Pienso que a un nuevo regreso puedo encontrar aún al viejo mozo del cabello azabache, y con buena suerte no me he topar con algún López que la economía, la corrupción, la política o la neurosis haya derrotado.


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© 17 de Mayo de 2007.
® Carlos Enrique Vargas Mera.

Texto agregado el 19-08-2008, y leído por 61 visitantes. (0 votos)


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